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¿Y dónde está la piloto?

En lo que va de 2012, Cristina Fernández de Kirchner no ha dejado de perder porciones de su capital político. Ella está provocando interrogantes acerca de cómo recuperar la iniciativa perdida y hacia dónde marcha su administración.

 

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). Pasan los días y la reacción de Cristina Fernández de Kirchner no ocurre.
 
O la contraofensiva carece de fuerza. O de estrategia.
 
Pero es evidente que hay dificultades con la conducción de un gobierno que ella decidió fuese muy concentrado en su persona, muy dependiente de la Presidente.
 
Para algunos, hay confusión en Cristina y su breve círculo íntimo. Sigue existiendo mucho poder en su persona porque, además, el sistema institucional es presidencialista. Pero la pérdida de iniciativa y la acumulación de errores están pasando su cuenta onerosa.
 
Al respecto, 3 apuntes muy interesante:
 
Claudio M. Chiaruttini, en su editorial de Sin Saco y Sin Corbata, por Radio El Mundo:
 
"Durante toda la semana, Cristina Fernández intentó en 3 oportunidades, con igual cantidad de encendidos discursos, cambiar la agenda mediática, dado que los efectos de la catástrofe de Once, el fracaso en el traspaso de los subtes y el caso Ciccone, que mancha al vicepresidente de la Nación, Amado Boudou; son peligros potenciales para la imagen de la Presidente de la Nación y del relato que construye el oficialismo. (...)
 
Cristina Fernández, que ya no puede confiar en gobernadores peronistas, intendentes poderosos o sindicalista avarientos, sabe que las organizaciones de derechos humanos son importantes para legitimar su imagen, pero no tienen la fuerza institucional para defender el poder político que ostenta la Presidente de la Nación. Al contrario, son constantes críticos –puertas adentro- de la falta de “profundización” del “modelo”. (...)
 
La defensa presidencial de La Cámpora legitimó su condición de último 'aparato' propio que tiene a su alcance Cristina Fernández (pese a que no tiene poder de movilización), e indica que la organización juvenil tendrá preferencias sobre otros colectivos oficialistas (como se verificó en el armado de listas en la última elección) y que los ataques dirigidos a su contra son considerados ataques contra el corazón del poder presidencial. (...)
 
Desde su nacimiento, el kirchnerismo crea enemigos para ganar poder, divide las aguas para establecer límites entre el “nosotros” y el “ellos”. Sin embargo, las nuevas acometidas oficiales no definen nuevos enemigos, en todo caso, ratifica los anteriores, los mismos que trataron de ser licuados a través del reparto de pauta oficial y la Ley de Medios Audiovisuales. Entonces, ¿cuál es la meta en insistir sobre ellos?
 
Los especialistas de comunicación reconocen que Cristina Fernández no logra imponer su agenda desde la reelección. 
 
En el último mes, la Casa Rosada corre detrás de la realidad, es decir, reacciona y no acciona, como es su fuerte. Como demostró cien veces, el cristinismo es fuerte en el centro del ring, imponiendo el ritmo de la pelea y eligiendo oponentes; pero cuando le toca defender, aparecen muchas de sus debilidades estructurales. (...)
 
En un marco donde las ganancias de las empresas caen, según los balances publicados en la Bolsa de Comercio, hasta 20%, las inversiones se evaporan. ¿Qué hace el gobierno? Crea un sistema extorsivo en donde ante cada pedido de un sector o empresa obliga a realizar inversiones compulsivas para sentarse a negociar.
 
A eso hay que sumar problemas creados por la propia Casa Rosada que no sabe cómo solucionar, lo que congela inversiones. Por ejemplo, ante un bloqueo en el Mercado de Liniers por el cierre de frigoríficos, el gobierno le pide a las empresas que no despidan personal y promete impulsar las exportaciones, algo que evitó, puntillosamente, los últimos cuatro años y luego de haber creado las condiciones para que desaparecieran 12 millones de cabezas de ganado.
 
Otro caso. La cadena Eki entra en quiebra, hay amenaza de camioneros de bloqueo a centros distribuidores, el gobierno pide a Carrefour que se haga cargo de los locales luego de criticar las inversiones extranjeros durante largos años.
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Uno más: el gobierno ignora los pronósticos de crisis energética y, ahora, no sabe cómo responder ante el anuncio de las generadoras, distribuidoras y transmisoras de energía de que no realizarán el mantenimiento programado para el invierno, lo que pone en peligro de colapso todo el sistema.
 
Cristina Fernández volverá esta semana a intentar cambiar la agenda mediática. Los problemas que la acosaban, se mantienen. La cuestión es cómo reaccionará ante los problemas que aparezcan, dado que la realidad, no se puede detener, como el gobierno quisiera o nos quiere hacer creer."
 
 
Hugo E. Grimaldi en la agencia Diarios y Noticias:
 
"En medio de un efecto dominó que le ha hecho perder la iniciativa, el Gobierno ha decidido cerrarse, caiga quien caiga. Lo hace internamente a través de la conducción centralizada de una célula minúscula de tres o cuatro personas que lidera la presidenta de la Nación y lo ejecuta también en materia de política exterior, donde repercuten muchas de las decisiones que se toman puertas adentro. 
 
Lo que parece estar ocurriendo en lo más alto del poder es la aceptación de que es necesario un cambio, sin que se note que lo realizado hasta aquí no era una tan verdad revelada del progresismo, tal como se pregonó durante ocho años y en todo caso un pasaje necesario hacia la "sintonía fina", para llegar a tiempos mejores de la mano del "trasvasamiento generacional". 
 
El proceso se inició hace un año en la cancha de Huracán, cuando ese 11 de marzo la columna vertebral del peronismo viró en la cabeza presidencial del sindicalismo a La Cámpora. 
 
Hoy, es evidente que la "cristinización" del Gobierno está en apuros y no por motivos prácticos, sino ideológicos. No se trata de las dificultades en las que los hacen caer los viejos aliados Hugo Moyano o Alberto Fernández, quienes meten fichas sobre lo que pasaba en tiempos de Néstor Kirchner y lo comparan con lo que sucede actualmente. La cosa es mucho más profunda. 
 
Al tener un concepto tan acotado de la realidad por el lado del pensamiento y una verbalización tan rígida para relatar los hechos, la manera de encarar la cosa durante lo que va del segundo período de CFK se ha convertido en un cepo para las propias autoridades. 
 
Cada palabra que se dice, cada acción que se ejecuta, desata un proceso de reacciones en cadena que someten al pensamiento oficial a un notorio desgaste estratégico y no parece ser en este caso que, ante la ausencia de una oposición que se haga cargo, la prensa no alineada lo haya puesto contra la pared. 
 
Lo más probable es que los gobernantes han tomado conciencia de que la situación económica ha dado un vuelco tal que será muy difícil seguir sosteniendo el modelo de fiesta eterna. Sin caja en pesos ni en dólares, el camino se estrecha notablemente. El "ir por todo" actual se asemeja más a los manotazos de un ejército en retirada que a una convicción ideológica. (...)".
 
 
Eugenio Paillet, en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca:
 
"(...) La Presidenta, en un análisis que comparten hasta funcionarios críticos de su administración, ha dado nuevas muestras, en sus últimas apariciones, de que siente desde lo más profundo la ausencia del compañero de toda una vida. Pero en la práctica no está siendo fiel a ese sentimiento: pregona por izquierda, pero termina firmando por derecha, sería la versión más acertada para explicar lo que viene sucediendo.
 
Hay, por supuesto, otros elementos que permiten consolidar aquella impresión según la cual los tiempos de Cristina Fernández no son los de su esposo. Que sus urgencias y sus circunstancias (y valdría señalar, también, que sus notorios errores) la estarían obligando a pegar semejante golpe de timón, casi un pecado imperdonable para los kirchneristas puros, que cada vez son menos en las estructuras de poder. En suma, cuanto menos sus acciones, como sus dichos, permiten confrontar en fina sintonía las diferencias entre un modelo y otro.
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La primera de ella, y tal vez la más contundente, puede hallarse en las entrañas mismas del "espacio": desde hace un buen tiempo, más precisamente desde 2007 en adelante, las diferencias entre "cristinismo" y "kirchnerismo" han sido más una realidad diferenciadora de dos modelos, de dos formas de hacer política que una sobreactuación de los medios, como suelen defenderse quienes permanecen fieles a la unidad de pensamiento y acción instaurada en 2003, cuando el matrimonio llegó al poder.
 
Pero hay más. La Presidenta se ha volcado, en los últimos tiempos, en los que ha sufrido una pérdida preocupante de porcentajes en las encuestas sobre imagen positiva, en los jóvenes de La Cámpora. Una agrupación que nació y creció bajo el ala de Néstor Kirchner, que no por nada le confió a su hijo Máximo, casi un outsider de la política en aquellos tiempos, el control y crecimiento de esos jóvenes ávidos de poder y de cargos jugosamente rentados. 
 
El ex Presidente nunca dejó que ese conglomerado de treintañeros se le fuera de las manos ni del férreo control que ejercía sobre cada cosa que se movía en su esquema de poder. Su viuda, por el contrario, les ha dado un protagonismo central en su gestión. Los escucha como a portadores de verdades bíblicas, en desmedro de veteranos de la política como ministros y secretarios, que apenas si pueden llegar, por estos días, hasta las oficinas de Oscar Parrilli, quien es el encargado de tramitar una audiencia o de recomendar que le dejen el tema en sus manos. 
 
Cristina Fernández ha ido más lejos: descalificó nada menos que a Carlos Zannini, a quien ahora define como "apenas mi abogado", y a Julio de Vido, a quien los jóvenes camporistas no terminan de hacerle zancadillas para desestabilizarlo del cargo. Kirchner construyó su vida política, y les permitió hasta meterse en su vida personal, con esos dos dirigentes. 
 
El ministro de Planificación reflejó, no hace mucho, con voz amarga, esos tiempos: "Yo lo conocí en calzoncillos", relató de su amistad con "El Ruso", como lo apodaba y lo sigue haciendo cuando habla de él.
 
Hay ministros que se quejan a diario porque la presidenta no los recibe, y, en cambio, convoca a su despacho a sus segundos o terceros, cargos que hoy regentea casi con exclusividad la agrupación de Máximo. 
 
En medio de sus vicisitudes actuales, Amado Boudou no ha dejado pasar por alto que, desde hace un tiempo, su presencia casi diaria en las mañanas de la residencia de Olivos fue reemplazada por la de Axel Kicillof. 
 
Otros han reparado en que, desde que decidió que La Cámpora sea su guardia vaticana, la presidenta habla menos con Jorge Domínguez o Agustín Rossi, con Miguel Pichetto o Aníbal Fernández, que con Andrés Larroque o Eduardo De Pedro, sus nuevos referentes para la cuestión parlamentaria. 
 
En todo caso, Beatriz Roijkes de Alperovich, por una cuestión de género, se salva de ese destrato. Apenas si Juan Manuel Abal Medina y Gabriel Mariotto pueden sentirse subsidiarios de ese nuevo esquema de poder.
 
Si hay un dato que marca a fuego esa suerte de "olvido de Néstor" que se estaría registrando en el gobierno, no desde el afecto, sino desde la gestión política y económica, hay que buscarlo en el final casi anunciado de la relación entre el gobierno y los sindicatos. 
 
Al menos de la relación según la concebía y la construyó Néstor Kirchner desde su arribo a la Casa Rosada. Y no son pocos, dentro del propio elenco gobernante, amén de las prevenciones que existen en la vereda opuesta, los que advierten que esa ruptura puede no ser gratuita, a medida que se acercan las peleas de poder por la conquista de bancas en el Parlamento, en las elecciones de medio tiempo del año que viene, o por la propia sucesión con la mira puesta en las presidenciales de 2015. (...)".

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