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Adorni: Historia de un derrumbe en cámara lenta

Manuel Adorni comenzó a escribir su propio “fin” hace más de 3 meses, cuando dijo que estaba “deslomándose” desde una lujosa habitación de un hotel en Nueva York.

Si alguna enseñanza dejó Vox Dei es que “todo concluye al fin”, pero sobre todo que “nada puede escapar”. Y Manuel Adorni no pudo escapar de su propio destino. De su propio “FIN”, el monosílabo con el que no sólo cerraba sus intervenciones en la red X sino que pretendía además clausurar cualquier discusión dándole fuerza de verdad incontrastable a sus palabras. Ese “FIN” comenzó a escribirse para Adorni hace más de 3 meses, desde el momento en el que llevó a su esposa de paseo por Nueva York a bordo del avión presidencial que pagan todos los argentinos. Desde los más acomodados hasta los que más sufren el ajuste del que Adorni se jactaba en sus apariciones públicas. “La motosierra es eterna”, llegó a regodearse sin reparar un segundo en sus efectos devastadores sobre las familias que no llegan a fin de mes, las empresas que tuvieron que cerrar o los trabajadores que fueron despedidos.

En algún momento Adorni se convirtió en una estrella fulgurante del firmamento político. A la par de la popularidad presidencial, el entonces vocero subía en la consideración pública, lo que rápidamente lo convirtió en material electoral. Ganó la elección legislativa porteña, con pocos votos pero los suficientes para mandar al reinante PRO al 3er lugar. Así comenzó a construirse la ilusión de un Adorni que podría competir 2 años después por la jefatura de Gobierno, incluso ganarla y jubilar al macrismo, el sueño de Karina Milei, principal promotora del ascenso del vocero.

El éxito que tuvo la hermana presidencial en la estrategia para las elecciones legislativas la puso en un lugar de poder casi absoluto que le permitió ubicar a Adorni al frente del Gabinete. Adorni era Milei, pero sobre todo era Karina. La secretaria general de la Presidencia avanzó casilleros en su disputa intestina con Santiago Caputo, el asesor todo terreno. Por eso la salida de Adorni es una derrota de la hermanísima, que lamenta el desenlace pero fue su principal artífice.

La buena estrella de Adorni inició su declive cuando dijo que estaba “deslomándose” desde una de las habitaciones más caras de un lujoso hotel de Nueva York. Lo acompañaba su esposa. Luego la justicia iba a determinar que no hubo delito en incluir a la madre de sus hijos en la comitiva presidencial. Pero el episodio iba a ser apenas una anécdota en comparación con lo que vino después. Viajes en aviones privados pagados por un empresario amigo. Vacaciones en Aruba. Compra de propiedades en condiciones llamativas. Jubiladas prestamistas. Una casa en un country a medio declarar. Gastos millonarios en refacciones y compras que no se podían justificar con un salario de funcionario público congelado. Muchos dólares en efectivo dando vueltas. Y lo principal: la mentira.

Adorni mintió una y otra vez cuando dijo que todos sus bienes estaban debidamente declarados. “No hubo ocultación”, dijo en el Congreso cuando ya estaba en marcha y avanzando con celeridad una causa por enriquecimiento ilícito. El escándalo nunca desescaló. Más bien todo lo contrario. No hubo Mundial, ni goles de Lionel Messi o videos de fajos de dólares en la casa que Martín Insaurralde compartía con Jésica Cirio que alcanzaran para desviar el foco de atención sobre el caso del jefe de Gabinete.

Fue el propio Adorni el que más contribuyó a la edificación de su propio “FIN”. Primero, al querer eludir cualquier tipo de explicación; y finalmente cuando confesó que tenía medio millón de dólares que nunca declaró producto de supuestas inversiones en bitcoin, aunque el archivo lo mostró como ajeno al mundo de esta criptomoneda en años posteriores a esas presuntas ganancias. Adorni además corrigió sus declaraciones juradas de bienes. Si no fue “ocultación”, se le pareció bastante.

Para cuando ensayó el cuento de hadas de las cripto, Adorni ya tenía su imagen destruida. La sucesión de revelaciones que ponían en duda -cuando no demolían- su honestidad lo convirtió, al decir de varios analistas, en un muerto político. Aunque no había aún un veredicto judicial sobre la cuestión, la opinión pública ya había bajado su martillo.

El Presidente lo bancó hasta último momento, y adjudicó todas las sospechas a “operaciones” con el único objetivo de dañar a su Gobierno. Lo arengó desde un palco en el Congreso cuando el ministro coordinador fue a dar su informe de gestióm. “Ni en pedo se va Adorni”, exclamó el Presidente luego de asegurar que su jefe de Gabinete tenía “todo listo” para presentar su declaración patrimonial ante la Oficina Anticorrupción y de esa forma dejar todo aclarado. Pero pasó más de un mes hasta que esa documentación finalmente se oficializó. Milei empezaba a pagar el costo de sostener a Adorni, lo que se reflejaba en sus propios índices de aprobación, que llegaron a tocar mínimos históricos.

La defensa de los hermanos Milei fue total hasta que la permanencia de Adorni comenzó a ser nociva para los propios intereses del Gobierno. El jefe de Gabinete dejó de ser un vocero eficaz toda vez que su situación judicial se imponía a la agenda oficial. Hubo que reemplazarlo para que la Casa Rosada recuperara la narrativa positiva de la baja de la inflación, la caída del Riesgo País y el crecimiento del PBI, todo eclipsado por los avatares del experiodista. Esa tarea quedó para el economista Adrián Ravier. Luego Fabián Fernández asumió en la secretaría de Prensa, otro dominio de Adorni vía el desplazado Javier Lanari. Comenzó así el desgajamiento del poder de Adorni.

Cuentan las crónicas que el jueves tanto Karina Milei como Santiago Caputo llegaron a la conclusión de que el tiempo de Adorni en el Gobierno se había terminado. ¿Qué fue lo que aceleró el derrumbe? Desde España, donde fue a hacer nada, Milei había ratificado el respaldo a su jefe de Gabinete, pero abrió una puerta hasta ahora vedada: la posibilidad de que se demuestre su culpabilidad. “Si lo consideraran culpable, lo vuelo, lo eyecto yo de una patada”, dijo en una entrevista.

El semigiro presidencial coincidió con un agravamiento de la situación judicial y política de Adorni. Nadie vaticina para el ahora exjefe de Gabinete otro destino que una indagatoria por sus inconsistencias patrimoniales. Por otro lado, en el Congreso la oposición lo acorraló con la posibilidad de su destitución, algo sobre lo que incluso se montó el PRO, aliado histórico de la Casa Rosada. Por esto Patricia Bullrich decidió vaciar la sesión del Senado que el mismo oficialismo había convocado para avanzar en su agenda. La jefa de los senadores de LLA fue la primera en despegarse del jefe de Gabinete cuando se supo que un contratista declaró en tribunales que había cobrado US$245 mil en efectivo y en negro por refacciones en la casa del country Indio Cuá. También había sido Bullrich la que apuró a Adorni para que anticipe la presentación de su declaración jurada. Y cuando recurrió a la historia de los bitcoins, la exministra lo fulminó por lo que consideró una “omisión ética”. Ahora Bullrich mandaba la señal a Balcarce 50: la situación de Adorni traba el tratamiento de proyectos en el Senado.

Con esa advertencia, la permanencia del jefe de Gabinete se volvió insostenible y su desplazamiento, impostergable. Milei lo entendió. El derrumbe en cámara lenta tenía que terminar. Y así fue: Adorni tuvo que renunciar. FIN.

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