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Las protestas tienen que equilibrar entre el medio y el mensaje: si el medio es más poderoso que el mensaje, el mensaje se pierde y queda el medio.
Algunos dirán que la intervención fue una manera de desafiar al poder, de romper con lo solemne en un país donde la protesta siempre tuvo algo de irreverencia. Otros, simplemente que fue una falta de respeto gratuita que le sacó seriedad a la convocatoria. Más allá de lo que pretendía el manifestante, lo cierto es que la imagen recorrió los medios, quedando como un reflejo de desorden más que como un reclamo legítimo.
Es una tensión que atraviesa muchas marchas y protestas: la necesidad de hacer ruido para ser escuchados, pero sin que el ruido ahogue el mensaje. Si la puesta en escena es más fuerte que la causa, la causa se diluye. No se trata de pedir que una manifestación sea pulcra y aséptica, sino de entender que la forma en la que se protesta también define cómo va a ser percibida.
Las luchas no se ganan únicamente en la calle, sino también en la construcción de sentido. Y cuando la imagen que queda en la memoria colectiva no es la de una consigna sino la de un par de glúteos al aire, el enemigo no necesita hacer mucho esfuerzo para deslegitimar la causa.
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Un ejercicio: piénsese en los ambientalistas que luchan contra el cambio climático. Es una causa justa. Ahora en su modo de hacerse oír: tirando sopa o pintura a una obra de arte. ¿De qué se va a terminar hablando, de la salsa o del reclamo? Bueno, en las marchas aplica lo mismo.
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