La justicia social no es un robo, como se proclama desde la Casa de Gobierno, sino que está inspirada en la doctrina social de la Iglesia, que adquiere hoy mayor relevancia política en vísperas de la visita a la Argentina de León XIV. No puede confundirse con los modelos asistencialistas que terminan aumentando la pobreza y la marginalidad social.
La estabilidad monetaria y el equilibrio macroeconómico son condiciones necesarias, pero no suficientes. Es necesario un nuevo modelo económico que implique desarrollo, producción y trabajo. La reivindicación de la economía de mercado, que no puede prescindir de la función del Estado como regulador y dinamizador de la actividad productiva, no implica aceptar la “sociedad de mercado”.
La Revolución
En un mundo globalizado la competitividad es sistémica. No compiten solamente las empresas, sino también los países, es decir modelo integrados de organización y decisión. No importa lo que ocurre en las fábricas “puertas adentro”. Importa más aun lo que sucede “puertas afuera”. Esto implica la ineludible necesidad del mejoramiento de los bienes públicos: educación, salud pública, seguridad social, seguridad ciudadana, la preservación del medio ambiente y la administración de justicia.
No se trata de pasar de un aislacionismo suicida a un aperturismo indiscriminado, cuyas consecuencias ya hemos padecido antes y volvemos a padecer hoy los argentinos. Es necesaria una estrategia que posibilite a las empresas pequeñas y medianas encarar su inserción en el mercado mundial.
Precisamos un Estado inteligente, con un rol activo en el desarrollo de la innovación científica y tecnológica y munido de facultades de control para evitar la concentración monopólica y oligopólica, garantizando los derechos de los consumidores y los usuarios de los servicios, y concentrado en el cumplimiento cabal de sus misiones esenciales.
Corresponde también avanzar una descentralización política que permita la recreación de una auténtica Argentina Federal, fundada en el desarrollo armónico de las economías regionales.
En esta nueva sociedad del conocimiento que emerge a escala global, signada por el cambio permanente, la educación es la principal herramienta en el camino hacia la justicia social. El imperativo es una verdadera Revolución de la Educación y del Trabajo. Sin una mayor inversión en la educación pública no hay porvenir posible para la Argentina. El ajuste presupuestario de la educación pública es un crimen de Estado.
El mundo atraviesa una etapa caracterizada por el fin del unipolarismo estadounidense, el ascenso los países asiáticos, encabezados por China y la India. La estrategia de desarrollo está indisolublemente vinculada con la inserción de la Argentina en ese nuevo escenario a través de una política exterior que articule una férrea defensa del interés nacional con una cultura de la asociación, como demanda la época, sin alineamientos automáticos ni ideologismos anacrónicos de cualquier signo.
El Mercosur como eje
En el plano global la Argentina tiene que asumir una activa cooperación en la lucha por la afirmación de los derechos humanos y la defensa del medio ambiente. En el marco regional el interés nacional exige el fortalecimiento y la reformulación del Mercosur como eje y punto de partida para la integración latinoamericana
La sociedad demanda la recuperación moral y ética de la acción política. La corrupción, verdadero cáncer de la democracia, tiene hoy un carácter sistémico. Detrás de cada funcionario o dirigente corrupto hay un empresario que paga. El mayor incentivo a la corrupción es la impunidad, cuya existencia es responsabilidad de los magistrados. Es impostergable una reforma a fondo del sistema judicial.
Ninguno de los problemas estructurales de la Argentina puede resolverse en el plazo de una gestión gubernamental. Requieren respuestas de mediano y largo plazo. Las circunstancias exigen una amplia convocatoria nacional para construir una alternativa superadora que inspire credibilidad y confianza. Sólo una concertación política y social permitirá guiar el destino nacional más allá de los gobiernos de turno.
El punto de partida para esas coincidencias es promover un clima de diálogo y respeto recíproco, fundado en el fortalecimiento de la democracia y del Estado de Derecho. Sólo así será posible avanzar en el arduo camino de forjar una nueva síntesis histórica que conjugue las dos grandes aspiraciones que recorren toda la historia argentina: la libertad y la justicia social. Hoy más que nunca tiene vigencia aquel axioma de que “para un argentino no puede haber nada mejor que otro argentino”.
El debate constructivo para la formulación de nuevas ideas en un marco de convivencia democrática, una nueva generación de dirigentes y la construcción de acuerdos básicos que nos comprometan a todos en su implementación, es el desafío que nos convoca y al que tenemos que convocar a todos los argentinos que, como nosotros, entendemos que la política sólo está al servicio del pueblo cuando es una herramienta útil para la transformación de la realidad y la construcción del bien común.
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