Pero el samurái no estaba entrenado para luchar contra la pobreza. El incremento en el costo de vida erosionó el valor del estipendio en arroz, que la mayoría de los samuráis convertía en dinero. Lentamente, la depreciada clase de los comerciantes comenzó a eclipsar a los samuráis en riqueza y poder.
El régimen Tokugawa cayó en 1853, cuando llegó una flota de buques de guerra de USA bajo el mando de Matthew Perry.
Al enfrentarse al poderío militar de estos buques, el shogun dominante disolvió la política de exclusión japonesa y comenzó a establecer pactos comerciales con otras naciones.
Algunos percibieron esto como un signo de debilidad y surgieron revueltas. Los guerreros rebeldes actuaron en nombre del emperador, eclipsado por el shogun, y derribaron a éste en 1860.
El gobierno Meiji integrado por muchos samuráis educados, llevó a Japón a la era moderna, se abolió el sistema de clases, disolvieron los estados feudales y prohibieron a los samuráis portar espadas.
Durante la década de 1870, las fuerzas del gobierno Meiji vencieron a sucesivas revueltas de los samuráis descontentos, algunos de los cuales se decidieron por el seppuku (harakiri) antes que rendirse.
Hoy, la nostalgia por el samurái idealizado no cesa y se deja ver en lugares como el templo Sengakuji, de Tokio. Los visitantes queman diariamente incienso sobre las tumbas de 47 ronin (samuráis que perdieron a su señor), famosos porque en 1703 desafiaron el poder del shogun, decapitaron al oficial responsable de la muerte de su líder, y luego se aplicaron el seppuku.
El samurái es una figura violenta, preservada en la historia, héroe trágico que surge para emocionantes tramas de películas de acción. Pero la realidad indica que él perdió