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Crónica de un secuestro con final feliz (gracias a un arrepentido) y con policías entre los delincuentes

Sin el aporte de un arrepentido, dificilmente se habría resuelto exitosamente el secuestro de Marcelo Dezotti. Los delincuentes escuchaban la frecuencia policial por lo que la guerra de telecomunicaciones fue clave para las detenciones en el Gran Buenos Aires.

No fue la nueva tecnología en comunicación utilizada por la Brigada Antisecuestros de Córdoba ni el aporte de la Secretaría de Inteligencia del Estado ni los agentes de la Policía Federal Argentina. La clave que permitió rescatar sano y salvo a Marcelo Dezotti, fue la aparición de un secuestrador arrepentido.

El diario cordobés La Voz del Interior afirmó que uno de los integrantes de la banda de secuestradores, conformada por delincuentes comunes y posiblemente uno o más policías, retirados o exonerados, entregó un listado de 10 direcciones utilizadas por la banda como domicilios o aguantaderos, donde podía estar Marcelo Dezotti. Así pudo rescatárselo sin pagar el rescate.

Desde el lunes, cinco policías (tres de Inteligencia Criminal y dos del grupo especial Eter) permanecían, en la Ciudad de Buenos Aires para dar con las personas que efectuaban los llamados extorsivos a la familia.

Los investigadores utilizaron un nuevo sistema de comunicación para no ser interceptados por la banda, cuyos integrantes contaban con un equipo base de handies con la que podían acceder a la red policial.

Dicen que resultó fundamental el aporte de la Secretaría de Inteligencia del Estado, a través de la Dirección de Observaciones Judiciales, y la Dirección de Contrainteligencia, para detectar los movimientos de la banda.

La Side actuó en respuesta a un pedido del gobernador de Córdoba, José Manuel De la Sota.

El día clave fue el jueves. Cuando los delincuentes realizaron el 3er. llamado a la familia Dezotti, desde un telecentro de Claypole, se determinó que iban en un automóvil marca Renault Twingo y que eran dos hombres y una mujer. También hicieron llamados desde Puerto Madero, Boulogne, Laferrere y Caseros.

Hasta ese momento habían burlado a los investigadores porque utilizaban tarjetas telefónicas inteligentes que les permitían simular que hablaban desde una central ubicada a 70 kilómetros del lugar desde donde efectivamente estaban llamando.

El error de los delincuentes fue hablar desde una cabina telefónica y así fueron detenidos, en Morón, Juan Nievas y Roberto Carlos Herrera. A ellos se les secuestraron teléfonos y agendas donde figuraban algunas de las direcciones aportadas por el secuestrador arrepentido.

Los datos obtenidos permitieron concretar 17 allanamientos. En todos participaron el Eter y miembros de Inteligencia Criminal.

A medida que se iban realizando los procedimientos aparecieron documentación, celulares, alhajas, armas, capuchas, handies, prendas policiales, proyectiles y otros elementos.

En la madrugada, cerca de las 3:00, los policías llegaron a la casa de calle Lola Mora 1332. En la vereda detuvieron a Rafael Aguirre, y 45 minutos después, decidieron entrar a la casa. Dezotti estaba solo en una cama de una plaza, esposado y vendado, tapado con un acolchado, comentó el comisario Juan Carlos Nievas, jefe de la Brigada Antisecuestros.

El dueño de la humilde morada, Iván Heredia, primo de Luzzi, jefe de una banda de secuestradores que tomó trascendencia con el caso de Fernando Ariente, pudo escabullirse por los techos y es intensamente buscado en Córdoba.

# El calvario

Marcelo se sentía condenado a muerte. Pensaba en su familia, su esposa Silvia y su pequeño Matías, de 5 años. La desesperación le había llevado a pedir a sus secuestradores, veneno, mezclado en un té.

Recostado en un colchón sucio, con las muñecas sujetas por un precinto plástico y la cabeza prácticamente envuelta en cinta de embalaje, trataba de dormir. Fue entonces que oyó una bomba de estruendo que explotaba en la casa. Creyó que soñaba. Pero los gritos y ruidos de puertas que se caían abajo lo convencieron que todo era real. Aterrorizado, a duras penas, se sacó parte del vendaje y alcanzó a ver a varios corpulentos hombres de negro que lo apuntaban con escopetas con linternas.

"No me maten, no me maten por favor", alcanzó cuando el grupo Eter lo rescató sano y salvo de la vivienda del barrio Colonia Lola.

Eran las 3:45. Marcelo tardó largos minutos en darse cuenta que quienes estaban frente a él no eran cómplices de la banda, sino policías. Recién se tranquilizó, cuando los comisarios Walter Cardozo y Eduardo Rodríguez se acercaron y lo abrazaron y le dijeron que estaba a salvo.

"Sabían quién era cada uno de mi familia. Pedían plata pero ahora me doy cuenta de que me querían a mí, en realidad. Desde un comienzo tuvieron en mente secuestrarme", le dijo al diario La Voz del Interior, de Córdoba.

El joven, con bastante más kilos que hace una semana, fue cargado en la parte trasera de su camioneta doble cabina en la que huyeron los delincuentes. Iba maniatado y bajo los pies de sus captores, quienes no dejaban de amenazarlo. Anduvieron un largo trecho por rutas y caminos de tierra. De repente, la pick up paró en seco. Marcelo fue a parar a un campo a los empujones. Creyó que le pegarían un balazo. Pero fue arrastrado a otro vehículo, en el que fue llevado a la vivienda donde lo encontró la policía.

Marcelo estuvo estuvo siempre vendado y con precintos plásticos que ajustaban sus muñecas. Dormía atado a una cama, donde pasaba gran parte del día. Tenía algodón sobre sus párpados y varias vueltas de cinta de embalaje en su cabeza, que lo hicieron vivir en la oscuridad permanente.

Nunca se dio una ducha. Nunca se lavó los dientes. Sí lo dejaban ir al baño. Pero acompañado y con dos bolsas de nylon en su cabeza, para que no viera la luz, y que casi le impedían respirar.

"Pero no me maltrataron físicamente, sólo psicológicamente. Decían que si mi familia no pagaba, mi hijo era boleta", comentó Marcelo.

El 1er. día de cautiverio, escuchó que por radio hablaban de él. Los demás días, en la casa sólo se oyó música y el sonido de celulares y la frecuencia policial que emanaba de los handies.

Lo cuidaban dos jóvenes que querían que comiera a toda costa. "Me hice casi amigos de ellos. Quería hablar con ellos pero hablaban como la gente de la villa y no les entendía", relató.

Recién el domingo, Marcelo dejó las galletitas y el té y comió un lomito, luego de que le pusieron una 9 milímetros en la cabeza. "No tenía ganas de nada", admitió. Así, de a poco, empezó a pedir pastillas tranquilizantes que lo hicieron olvidar la pesadilla de la que era víctima, de la que volvió poco despues de las 3:45 del viernes.

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