Aunque se trataba de un solo país, la Unión Soviética, los crimeos nunca renunciaron a su historia rusa. Algo que está presente en cada paso que se da en la península. Así lo siente su población de casi 2 millones de personas, incluyendo a los reivindicados tártaros, desterrados por Stalin como sospechosos de colaboracionistas con los nazis y regresados en los últimos decenios a sus lares natales. Sus principales lugares son emblemáticos para toda Rusia: la soleada Yalta, el espectacular balneario en el Mar Negro; Sebastópol, la ciudad héroe de tantas guerras, cuna de la flota rusa; Eupatoria y Feodosia, receptoras rusas de la herencia griega incluyendo el alfabeto cirílico…
En el referéndum de marzo de 2014 casi millón y medio de crimeos se pronunciaron, con el 97% de los votos, por la reunificación con Rusia. De inmediato, el gobierno ucraniano desató una campaña de aislamiento de la península, que comprendió el cese del aprovisionamiento de agua y electricidad, el corte de rutas y vías férreas y el establecimiento de un cordón fronterizo de tropas.
La reacción de Moscú, que ahora consideraba a Crimea como parte integrante de la Federación Rusa, fue rápida y eficiente: las especializadas tropas ferroviarias tendieron una nueva línea férrea eludiendo a Ucrania y privándola del cobro de aduanas y transportes. Las grandes energéticas rusas erigieron rápidamente centrales de ciclo combinado y líneas transmisoras de alta tensión. La flota rusa del Mar Negro volvió a su tradicional apostadero de Sebastópol. Además de diversos proyectos hídricos, que incluyen la desalinización de las aguas ribereñas de los mares Negro y Azov, en un plazo muy breve se construyó el enorme puente ferrovial que une el continente ruso con Crimea a través del estrecho de Kerch.
Este puente se ha convertido en principal arteria de unión entre el continente y la península y transformó al Mar de Azov en un mar interno ruso-ucraniano, donde el paso al mar Negro es controlado por las naves patrulleras rusas. No existe impedimento alguno para el transporte marítimo, pero como es de práctica, las naves de guerra deben informar sobre sus derroteros a las correspondientes autoridades fronterizas.
El incidente marítimo del pasado mes de noviembre fue generado cuando tres naves de guerra ucranianas desobedecieron órdenes de patrulleras rusas e intentaron navegar en aguas territoriales rusas, en el estrecho de Kerch. Fueron interceptadas y embestidas, de resultas de lo cual tres marineros ucranianos recibieron heridas. Naves y tripulación se encuentran detenidas en el puerto ruso de Kerch.
El presidente ucraniano Petró Poroshenko, un poderoso industrial de la alimentación, exigió la inmediata liberación de tripulantes y naves y declaró el estado de guerra por 90 días. En consonancia con esta declaración, Ucrania había denunciado el antiguo tratado de amistad con Rusia.
La situación se ha tornado crítica tras el anuncio ruso sobre el traslado de diez aviones interceptores Su-27CM y Su-30M2 desde la base “Krimsk” en la región lindera de Krasnodar, al aeródromo “Belbek” en Crimea, luego de que esté finalizada su reconstrucción, la que incluye una nueva pista de 4.500 metros.
Los Estados Unidos, por su parte, anunciaron nuevas ventas de armamento a Kíev y propusieron al gobierno de Poroshenko adquirir algunas fragatas retiradas del servicio. Además, se ha tornado frecuente la navegación de naves de guerra estadounidense por el Mar Negro.
Serguéi Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, prometió que “no habrá guerra con Ucrania”, pero advirtió que las provocaciones contra su país de parte de Kíev continuarán y afirmó que Rusia responderá a esas provocaciones. “Es nuestro país y nuestra frontera. No permitiremos que Poroshenko intente… violar los derechos que los crimeos defendieron en total correspondencia con el derecho internacional”.
Cuando a Vladímir Putin le pidieron en conferencia de prensa responder a esta escalada del conflicto, calificó al incidente en el estrecho de Kerch como una “provocación planeada de antemano” y la vinculó con “el bajo rating de Petró Poroshenko en la inminente campaña electoral” que debe ser inaugurada en pocas semanas, si el “estado de guerra” declarado por Kíev no prohíbe toda acción proselitista por los 90 días que tendrá de vigencia. Si así fuera, las elecciones no podrían realizarse en marzo, con lo que el alicaído Presidente ucraniano puede alentar esperanzas de remontar ese magro 10% de votos que le adjudican las encuestas.