Pero la situación es mucho más compleja: en Montevideo, Uruguay, por ejemplo, Uber no ingresó pero la intendencia municipal forzó una reingeniería del servicio de taxis, para modernizarlo. En Ciudad de Buenos Aires, Rodríguez Larreta amenazó con cambios que luego no concretó.
El promedio del servicio de taxis porteños es de menor calidad que el promedio del servicio de Uber. Y a menudo la tarifa de Uber es menor.
¿Por qué el usuario o cliente es castigado, al no poder elegir, y es obligado a sufrir con un servicio de taxímetros que no se ha esforzado en modernizarse, capacitarse y abaratarse?
La verdad es que el servicio de taxis carece de competitividad ante el de Uber, pero el Estado decide otra vez más premiar a los enjuages corporativos y castigar a los consumidores.