En América Latina actúa por un esquema que ha sido probado hace tiempo: a través de las empresas estatales, lo que ayuda a presentar el asunto como un negocio habitual, en el que no hay política. El instrumento principal en el gran juego “cósmico” son compañías estatales del tipo de China Great Wall Industry Corporation. Ese gran juego comenzó en América latina hace más de 3 décadas. Ya en los años '80, del siglo pasado, con el fin de cooperar en la conquista del cosmos fue creado el programa China-Brazil Earth Resources Satellites (CBERS). Durante el tiempo transcurrido, CBERS creó 5 modelos de satélites de observación de la Tierra. El último resultado de esta actividad conjunta fue el satélite conjunto CBERS-4.
China y Brasil cooperan en la conquista del cosmos también en el marco del programa cósmico de los BRICS (N. de la R.: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). En julio de 2017 se firmó un convenio sobre la construcción conjunta por esta organización no formal de un grupo satelital.
La cooperación cósmica entre la RPCh y Venezuela comenzó en 2008, cuando se lanzó el satélite de comunicaciones Venesat-1. En 2012 fue lanzado el VRSS-1 y a finales de ese año el VRSS-2.
Caracas solventa parcialmente con petróleo el financiamiento chino en estos proyectos satelitales conjuntos con Venezuela.
Beijing ayuda a Bolivia y Nicaragua en este mismo sector. Con el agregado de que los chinos entrenan a especialistas técnicos para estos países, además de la elaboración, construcción y lanzamiento de satélites.
Todos los proyectos cósmicos conjuntos con América Latina se unifican en una cosa: son financiados por el gobierno chino, según advierte NI. Es suficiente decir que el 70% del financiamiento del CBERS es por cuenta de Beijing. Hay todavía otro ejemplo: la construcción del satélite boliviano Tupac Katari, con un costo de US$ 300 millones, fue financiado en lo fundamental por el China Development Bank. La agencia cósmica boliviana tuvo a su cargo sólo el respaldo organizativo del proyecto.
En este sentido, es válido recordar sobre el aporte de US$ 300 millones del Ejército Popular de Liberación de China (EPLCh) para la construcción de una base de seguimiento satelital en la Patagonia argentina. En Norteamérica temen, no sin fundamento, que con el tiempo la utilizarán con fines militares.
Una base de lanzamiento en el patio trasero
Por supuesto, en Washington DC nota cómo el 'Celeste Imperio' utiliza el cosmos para penetrar en su “patio trasero", tal como llaman con frecuencia a América Latina los propios norteamericanos. Los EE.UU. prefieren cooperar con los países latinoamericanos en este campo en el nivel de las agencias cósmicas. La NASA también tiene programas de construcción de satélite conjuntos, por ejemplo, con los mismos Brasil y Argentina. Por supuesto, también cooperan con los países de la región las compañías privadas norteamericanas. SpaceX, por ejemplo, en marzo de 2017 lanzó exitosamente por primera vez el misil Falcon 9 con un satélite de comunicaciones para América Latina, y la Boeing ayudó en 2015 a México a construir y lanzar el satélite Morelos-3.
El año pasado fue el año más exitoso para el programa cósmico chino, aunque Beijing cedió mínimamente a Washington el 1er. puesto en lanzamientos exitosos: 21 y 22, respectivamente. China planifica ya para 2020 terminar la creación del Sistema Satelital de Navegación Beydou, con 35 satélites, y confía en que no va a ser menos que los análogos estadounidense, europeo y ruso.
En no poca medida, con ayuda de China, los países latinoamericanos trabajan satisfactoriamente en sus propios programas cósmicos. La Argentina, por ejemplo, en los últimos años lanzó 2 satélites fabricados sin ayuda extranjera. Brasil confía en que, a finales de este decenio, lanzará sus propios satélites en portadores propios. Costa Rica, Ecuador, Perú y Uruguay también tienen sus propios programas cósmicos. El evidente interés de los países latinoamericanos hacia el cosmos en los últimos años permite a Beijing desarrollar aún más la cooperación con ellos en este ámbito y competir con éxito con la NASA y las empresas aeroespaciales privadas de Norteamérica.