Algo que ya había sido proclamado por Al Qaeda a principios de este siglo pero que no había logrado la fuerza política suficiente para su desarrollo. Una decidida campaña de reclutamiento entre las grandes minorías musulmanas de Europa y Asia, sometidas a fuertes regímenes discriminatorios, logró que miles de voluntarios se volcaran a los dominios iniciales del EI en Siria e Irak.
La decidida e imponente ayuda militar rusa, reclamada por Asad, volcó definitivamente la balanza del enfrentamiento con el EI. Un importante despliegue aéreo, la fuerte presencia de naves en el Mediterráneo oriental con un arsenal misilístico de alto impacto y la reorganización de las fuerzas militares sirias por instructores rusos fueron decisivos componentes de una victoria terminal contra el terrorismo.
La presencia militar de la “coalición internacional” liderada por los Estados Unidos no logró balancear este despliegue ruso. Además, porque el mismo fue acompañado por una acción política de Moscú que logró hacer coincidir a Irán, Turquía y Siria en una gestión conjunta del conflicto con el EI.
En cuanto a los cruentos enfrentamientos entre sectores de la oposición y el gobierno de Asad, fueron detenidos y convertidos en discusiones políticas en el marco de las conferencias de Ginebra y de Astaná (Kazajstán). Bajo la égida de estas cumbres en Siria se desarrolló un gran movimiento de desarme acompañado por la declaración de territorios “no beligerantes” a grandes extensiones del país.
Hoy, esta filigrana política trabajada desde el MID ruso (la Cancillería) ha tenido la correspondiente “kontsovka” (finalización) con la orden de retiro emitida por Putin y la reunión con Asad, donde se diagramaron los siguientes pasos de “renovación política” en Siria:
> nueva Constitución,
> nuevas elecciones,
> retorno de los exiliados, etc.
Los países vecinos de Siria o con fuertes intereses “adyacentes”: Turquía, Irak, Irán, Arabia Saudita, fueron incorporados activamente por esa política de compromisos que tejieron los representantes del palacio diplomático de Plaza Smolénskaia, en Moscú.
Hay algo, además, que los asocia con mayor fuerza inclusive que el conflicto sirio: el petróleo. La acción mancomunada de Moscú y El Riad, ampliamente acompañada por el resto, ha hecho que el mercado internacional del crudo no se desmorone, que el precio siga en un nivel estable entre US$ 50 y US$ 60 el barril, y que la “ofensiva” del shale norteamericano sobre el mercado mundial no avance más allá de sus problemas internos con costos, créditos y transporte.
Agreguemos a esto la evidente concomitancia en la acción política y humanitaria de Moscú y el Vaticano. Para el año próximo está planeada la visita del papa Francisco a Moscú. Será la primera visita de un Papa desde el Gran Cisma milenario. Tiene un marcado contenido vinculado con Siria: la preservación de las colectividades católica y ortodoxa, de importante presencia en ese país.
Los primeros lineamientos fueron trazados en sendas visitas de Putin al Vaticano en 2013 y 2015, y en la histórica reunión de Bergoglio con su par ortodoxo Kirill en febrero de 2016 en Cuba.
Última reflexión sobre la posición rusa en Siria: el Kremlin no se inmiscuirá en la disputa política interna. Respalda a Asad porque representa una institucionalidad que debe respaldar en tanto en Siria tiene sus únicas bases extranjeras, la naval en Tartus y la aérea en Jmeymin (aunque en ambos casos el Kremlin prefiere nombrarlas como “puntos de apoyo estratégico").
Porque en su remozada política mezooriental, Moscú necesita paz y tranquilidad para llevar adelante grandes proyectos energéticos como el “torrente azul” que cruza el Mar Negro hacia Turquía pero que desde allí se extenderá al sur europeo, “malgre” la oposición de la OTAN a esta realización estratégica que ancla la dependencia energética de Turquía, Grecia e Italia al abastecimiento de gas ruso.
En esa misma dirección se inscribe la visita a El Cairo. Además de anunciar el relanzamiento de los vuelos comerciales entre Rusia y Egipto (gran destino turístico para ambos países) que fueran interrumpidos luego de la explosión en 2015 del A321 de la rusa “Metrojet” sobre el Sinaí, se anunciaron grandes planes en proyectos energéticos como por ejemplo una central atómica y la reanudación del programa de reequipamiento militar egipcio, cuyas fuerzas armadas tienen una larga tradición en armamento ruso.
La reunión con el presidente egipcio, mariscal Abdul Fattah Said Husein Halid As-Sissi, restauró viejas imágenes cuando grandes delegaciones soviéticas visitaban El Cairo definiendo programas de cooperación económica y consolidando comunes plataformas en política internacional.
Lo curioso y, diríamos, admirable de esta milenaria diplomacia rusa es que Moscú se ha constituido en el único polo político mundial en consolidar lazos simultáneos con todos los factores de poder en Medio Oriente, incluyendo antagonismos virulentos como Arabia Saudita, Israel, Irán o Turquía.
Plaza Smolénskaya logró definir algunos puntos en común: petróleo, equilibrio estratégico, balance militar. No es poca cosa, mientras "el Rubio” de Washington DC se ocupa de proclamar una nueva capital israelí a despecho de toda la comunidad internacional.
Última puntada a este análisis primerizo: se viene una nueva presidencia de “VVP”. Putin lo acaba de anunciar en un simbólico acto “proletario” realizado en el gigante automotriz “GAZ”, de Nizhni Nóvgorod, una de las sedes donde la selección argentina jugará sus chances mundialistas.
Se descuenta su aplastante triunfo y, por ende, la firme continuidad de su conducta internacional dirigida a reforzar el liderazgo ruso en la política mundial. Su fiel compañero, el brillante jurista Dmitri Medviédiev, le asegura el frente interno al frente de un gobierno que logró superar las sanciones occidentales y preservar un moderado desarrollo económico.