Bueno, los números son concretos: si Federico Sturzenegger no puede bajar la tasa de interés del BCRA sino que la sube es porque la inflación núcleo sigue resistiendo en días cuando, en teoría, la tasa de interés ya tendría que haber descendido.
La reflexión del editorial debe haber ocurrido después de leer el artículo que redactara el director del Centro de Estudios de la Productividad -ARKLEMS, investigador de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, Ariel Coremberg, “Argentina en su laberinto ¿esta vez es diferente?”, que prologa con la cita de “El 18 brumario de Luis Bonaparte: La historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa”, de Karl Marx. Pero en Argentina, varias veces como tragicomedia…”
Ahí pone de relieve “la incapacidad de la sociedad argentina de generar acuerdos y sostener decisiones estratégicas por más de una generación”.
Califica a la actual gestión como “de transición, de cambio de régimen macroeconómico; por lo tanto, deben ponderarse debidamente las magnitudes de la herencia recibida y realizarse una gestión integral y consistente de la política económica, con suma prudencia y sin crear falsas expectativas con respecto a los desafíos que tiene que asumir no ya solo el gobierno sino la sociedad argentina en su conjunto”.
De este modo, “la negociación y gestión de los conflictos distributivos que implica esta transición es clave no sólo en términos de reputación y credibilidad, sino también de fortaleza política del gobierno para que la sociedad argentina esté dispuesta a afrontar esta tarea de largo plazo”.
A esta instancia se arriba con el tipo de cambio multilateral real, ajustado por productividad ARKLEMS, más atrasado que en los mejores años de la Convertibilidad, con los consecuentes impactos en la producción industrial y de las economías regionales y con un déficit fiscal escala a casi 7% del PBI, si se incluyen la cada vez más abultada cuenta de intereses de la deuda pública, que en total ha escalado a niveles magnos, siendo sus principales tenedores los futuros jubilados, bancos e inversores argentinos, y con una creciente dolarización en su denominación.
Herencia p´a un hijo gaucho
La tendencia comienza en la administración Kirchner, aclara Coremberg -asesor de la Administración Macri-, que logró cambiar el origen pero no el stock de deuda pública, ya que la deuda externa se reemplazó con mayor emisión monetaria pagada con caída del salario real e ingentes emisiones de deuda interna absorbida por el Fondo de Garantía Sustentable –es decir, por los futuros jubilados–, herencia que deberá resolver la actual administración.
La generación de divisas a través del comercio exterior requiere de una diversificación de productos y destinos exportables, hoy insuficiente, que implicaría triplicar el crecimiento del volumen físico de las exportaciones, dado que su precio ha caído en más del 40% desde 2011 y no se espera mejora alguna del contexto internacional.
La apreciación del dólar y la recomposición de las tasas de interés real de la Reserva Federal (FED) auguran que el actual escenario de estancamiento del precio de las commodities persistiría por el resto de la década.
De este modo, al director del Centro de Estudios de la Productividad (CEP) le parece insoslayable generar importantes ganancias de productividad del sector agropecuario que permitan atender el sector externo sin afectar los precios internos, desafío que parece mayúsculo si no baja la presión tributaria (vrg. gasto público social inflexible a la baja), con costos laborales en máximos históricos, y no se incrementa notablemente el tipo de cambio real.
De acuerdo con los cálculos de Coremberg, para que la Argentina crezca como Australia “necesita invertir entre 24 y 25% del PBI durante varias décadas. Si tomamos en cuenta que actualmente la tasa de inversión es aproximadamente 15% (3 puntos por encima de 2002), la magnitud del esfuerzo de inversión es mayúscula. No obstante, si la reactivación dura más de 3 años es posible llegar a un 19-20%, simplemente por efecto acelerador, descontando el positivo efecto credibilidad postelectoral de octubre. La clave es generar 5% adicional al 20% de tasa de inversión, cifra cercana a la histórica”.
Señala que financiar la inversión necesaria para crecer implica mayúsculos desafíos, como “aumentar en forma permanente el ahorro interno y una moneda que permita sostener la capacidad adquisitiva de esos ahorros, logrando por fin un mercado de capitales profundo y sostenible; objetivo hasta ahora incumplido”.
En cuanto a la decisión estratégica de reorientar el perfil del crecimiento hacia la inversión y las exportaciones, aunque sin descuidar las fuentes de empleo e innovación productiva, recuerda Coremberg que “desde 1913 a la fecha Argentina no logró crecer en forma continua por más de 7 años seguidos, en tanto que su PBI per cápita creció a mitad del ritmo que lo hizo Australia, por ejemplo”.
Estimaciones del Centro de Estudios de la Productividad, con datos de la base ARKLEMS+LAND, muestran a la Argentina como el país que menor crecimiento de PBI y productividad tuvo en la región durante el pasado boom de commodities.
Para crecer como Australia durante décadas, la Argentina necesita aumentar la productividad, la tasa de inversión y el dinamismo de las exportaciones por encima de la media histórica y sostener ese nivel durante varias décadas.
La generación de productividad en todos los sectores de la economía resulta clave para ganar competitividad sin recurrir a devaluaciones.
De acuerdo con las series ARKLEMS+LAND, la productividad en Argentina se encuentra estancada en niveles similares a los de hace dos décadas (1998) e inclusive por debajo de 1974, previo al “Rodrigazo”. Este nulo desempeño histórico se explica en gran parte porque no se termina de lograr un crecimiento y competitividad persistentes y sostenidos más allá de las recuperaciones cíclicas.
Diversas políticas de desarrollo productivo se han planteado para afrontar estos ambiciosos objetivos mediante el incentivo a sectores de servicios basados en conocimiento, la sustentabilidad energética, el mejoramiento de la infraestructura económica y social, la innovación tecnológica y la generación de empleo de calidad.
El dinamismo de la productividad sólo tendrá efectos sobre la competitividad en la medida que la Argentina reduzca en forma permanente su tasa de inflación anual a un solo dígito.
Para ello, la resolución permanente de los desequilibrios de las cuentas públicas es la variable fundamental que permita reducir apreciablemente la presión tributaria y los costos laborales que afectan la competitividad de la industria.
Párrafo aparte, además de contabilizar los 12 ceros anulados en nuestra moneda como consecuencia de la inflación histórica desde comienzos del siglo XX a la actualidad, merece la cantidad y frecuencia de episodios de defaults, punciones de depósitos, corralitos y corridas bancarias que superan la decena en un siglo. Es decir una crisis estructural por década, mientras que en países desarrollados la frecuencia no llega a 1 por siglo.
Los períodos de estabilidad macroeconómica parecen hiatos en medio de un proceso histórico continuo de inestabilidad, alta inflación, crecimiento exiguo del PBI y dificultades para generar una moneda que permita incentivar el ahorro doméstico y, de esta manera, financiar la inversión y mejorar la productividad y competitividad genuina en forma sostenible.
La inestabilidad política y económica da por resultado el desaprovechamiento del potencial que presenta la Argentina para su pleno desarrollo económico y social. Pero no solo el autoritarismo en general y los golpes militares en particular han sido causa y consecuencia de la inestabilidad.
Un rasgo impresionante de esta inestabilidad ha sido la elevada frecuencia de cambios de presidente, ministros y presidentes del Banco Central, inédito en el mundo.
Desde 1900 hasta el presente, Argentina tuvo:
• 100 ministros de Economía de la Nación
• 59 presidentes del BCRA
• 42 presidentes de la Nación
Cuando el titular del Banco Central de Suecia visitó la Argentina se maravilló con los numerosos retratos de los presidentes del Banco Central colgados en nuestro Banco Central: “…así que ustedes tienen un banco central tan antiguo como el nuestro…”. Nada que ver: el Banco Central de Suecia es reconocido como el Banco Central más antiguo del mundo, fundado en 1668, mientras que nuestro BCRA fue fundado por Raúl Prebisch en 1935.
El desafío que tienen la dirigencia política y la sociedad argentina es demostrar que nuestro país genera un crecimiento robusto y sostenible, y por lo tanto no va a tener otra crisis dentro de 10 años que elimine de un plumazo los eventuales logros alcanzados, concluye Coremberg.