> Lo que ha estado errado es la misma concepción de partida. No hay tal diferencia entre gasto social y otro que no lo es por la sencilla razón que todo el gasto es social. No hay porción alguna de gasto en que su eliminación no afecte a gente que se beneficia de él directa o indirectamente.
> Los beneficiarios indirectos de los subsidios económicos eran millones de clientes de las empresas de energía y de transporte, que sufrieron y siguen sufriendo el golpe a los bolsillos que significó el final —por supuesto, necesario— de esa subvención.
> Esto significa, en última instancia, que no hay modo de poner fin a la exhuberancia del gasto sin incomodar en alguna medida a quienes son beneficiarios directos o indirectos de cada partida de gasto.
• Otro sofisma es la idea de que si toda la economía se formalizara, no habría desequilibrio.
> En primer lugar no hay razón para asumir que, si se ensanchara el universo de contribuyentes efectivos, no aumentaría también la apetencia por gastar. De hecho, los últimos 25 años así lo confirman.
> Por otro lado, se pierde de vista que eliminar la economía informal sería incluso contraproducente.
> La existencia de la economía informal no es casual ni es simple resultado de una vocación por no pagar.
> Tiene, más bien, directa relación con los niveles de carga fiscal, costo y productividad argentinos.
• Para ser concretos: a estos niveles de presión impositiva una multitud de actividades lícitas que componen la economía informal, si se formalizaran, se volverían literalmente inviables. Llegado ese punto, la actividad económica colapsaría; y con ella, el Estado.
> La adicción por gastar el dinero de los contribuyentes y el crónico desequilibrio fiscal constituyen el corazón de todos nuestros problemas (inflación, recesión, endeudamiento, atraso cambiario, etc); su solución requiere, necesariamente, abordar la integralidad del presupuesto estatal.
> No queda hoy renglón de gasto que no esté desbordado y que no deba ser puesto en caja.
• Para lograr una mejora real y sostenible debe encararse una reformulación del Estado, su estructura y la forma en que gasta, poniendo límites claros a la capacidad de aplicar impuestos.
> La metástasis estructural es la que llevó el gasto ordinario a escalar alturas nunca vistas.
> Y es el grueso del gasto ordinario el que resulta, precisamente, más inflexible a la baja y que tiene una tendencia natural a su crecimiento vegetativo.
• Las erogaciones que presentan mayor flexibilidad para ser recortadas componen apenas una quinta parte del gasto total; entre ellas se cuentan las obras de infraestructura y equipamiento, renglones muy atrasados que necesitan más bien crecer.