La conclusión que saca la mayoría de los economistas es que la soga del INdEC ya no puede ser más estirada con los placeres de Aranguren por trasladar mejoras a los hasta no hace mucho colegas del negocio petrolero. Y no porque su N°2, José Luis Sureda, haya hecho público en su carta de renuncia que el ex Ceo de Shell se maneja internamente con autoritarismo.
Todo el gobierno pagó tributo en el primer año del desmanejo de Aranguren con el “sinceramiento tarifario”, cuyo intento de imposición provocó un rechazo social y judicial que le comió gran parte del capital político al macrismo.
Actualmente, en materia de tarifas, el ministro de Energía quedó como un gestor calificado de reajustes, pero el verdadero margen macroeconómico para mover la ecuación de los subsidios se desplazó al área de sus pares de gabinete: Nicolás Dujovne, en la fiscal, y Rogelio Frigerio, en la relación con las provincias.
La cuestión pasa por si el endeudamiento nacional puede seguir siendo el sostén de tantas tribulaciones, si traspasárselo a las provincias, como se propone el poder central, neutraliza las presiones por transferencias del fisco que esgrimen los gobernadores, y la respuesta es que se está ante una delgada línea roja: no se puede seguir con el placebo de los créditos, que hacen caer el tipo de cambio, subir las tasas e imprimir billetes que se reacomodan en el resto de los precios, distorsionando a toda la economía.
Tarifazo o endeudamiento sería para la política económica como el viejo cuento del dunga-dunga o muerte, disyuntiva que baja directamente a la población.
Basta con observar lo sucedido en todo el primer trimestre con el consumo. Después del 5,5% que cayó en febrero, en marzo CAME lo sitúa 4% abajo y los propios hípermercados acusaron una merma del 7%, mientras los precios del cálculo oficial se llevan devorado un tercio de la pauta anual.
Las tasas desbordantes
El presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, imaginaba que la mano venía complicada en marzo y se preparaba para lo peor en materia de ajuste monetario, pero se le cayó la estantería y quedó en el peor de los mundos. Su reacción fue aplicar la primera suba de tasa de referencia desde marzo del 2016.
Retrotraer el equilibrio monetario prácticamente al inicio de la gestión, cuando salida del cepo, devaluación, aquelarre en los precios relativos, quita de retenciones, anuncios de tarifazos, arreglo con los holdouts, peloteaban el índice de precios, significó algo así como un puñetazo en la mesa que situó a “Sturze” en la mira del gabinete y del empresariado por ahogar a todos con el torniquete monetario, las tasas y el planchado del dólar. Los comercios no venden, las industrias no exportan, ¿de dónde sale que hayan estado incorporando personal, como pregona el jefe de Gabinete, Marcos Peña?
El índice de inflación de marzo también contiene pelotazos estadísticos contra la vidriera electoral del gobierno, que la euforia por el éxito de la marcha #1A disimuló y pegan de lleno en la llamada canasta básica alimentaria, que subió 24,3%. Del panel de 50 productos para hacer seguimiento que había inventado el súper K Moreno, volteó Todesca y ahora repuso otra vez, resulta que hubo 41 subas y sólo 9 bajas.
Los desagregados en realidad agregan: de los 2,4 puntos que subió el índice general, casi la mitad se localiza en alimentos y bebidas, que con un 3% superó al promedio. De los 9 ítem que se evalúan, Sólo Educación, gracias a Baradel y compañía (5,6%), e Indumentaria, fruto del acuerdo antiimportador (4,8%), anduvieron por encima de la cuerda promedio, aunque por su peso en el consumo de las familias, la comida termina siendo el más influyente.
Es así como los que más aumentaron terminaron siendo los "alimentos para consumir en el hogar", con 3,4%; contra un 2,2% de "bebidas para consumir en el hogar"; y un 2,1% de "alimentos y bebidas para consumir fuera del hogar". Hilando más fino, el plato principal sufrió más las consecuencias porque las verduras subieron 7,7% y las carnes 5%. Sólo bajó la fruta -2,2%, lo cual invitaría a invertir el orden de la mesa: primero el postre, luego el plato principal y finalmente la sopa.
Hubo algunos que en sólo un mes subieron por arriba de los dos dígitos: el pollo entero (10,8% arriba, de $ 34,73 a $ 38,49 el kilo); la lechuga (10,2%, de $ 44,08 a $ 48,56); el tomate redondo (15,3%, de $ 22,36 a $ 25,77).
Como consuelo, bajaron fuerte el limón (-31%, de $ 55,02 a $ 37,99); la batata (-15,2%, de $ 26,73 a $ 22,66); y la manzana deliciosa (-12,6%, de $ 38,06 a $ 33,25).
La “neoliberal” consultora FIEL se les adelantó tanto al sostén intelectual de la “capucha”, como a la usina detractora kirchnerista y a los paritarios para advertir que con estos guarismos el lazo corredizo de la línea de pobreza para una familia tipo se trasladó a $12.709, dato que el investigador de la UCA, Agustín Salvia, ya debe haber cargado en su base de cómputos para medir la pobreza.