Rusia, que defendió el autogolpe de Maduro, y China, que mantuvo un llamativo silencio, van a quedarse con la estatal PDVSA y con los yacimientos de hidrocarburos de la Franja del Orinoco gracias a la corrupción de un régimen que está de salida y ya no puede garantizar su estabilidad hasta fines de 2018, cuando se debería votar al futuro titular del Palacio de Miraflores.
Resumiendo: los chavistas se van pero, al igual que hicieron los sandinistas cuando perdieron el poder en las urnas en 1990. van a jugar a “la gran piñata”, un entretenimiento que consiste en romper una bolsa y rapiñar rápidamente todos los dulces que caigan al piso.
Como se recordará, el Frente Sandinista de Liberación Nacional fue derrotado electoralmente a pesar de estar en el gobierno de Managua.
Antes de dejarle el palacio presidencial a Violeta Barrios, viuda de Pedro Joaquín Chamorro, se repartieron entre los altos mandos del FSLN, como en una verdadera piñata, todas las empresas públicas más relevantes del país.
Los ex jerarcas revolucionarios se transformaron en grandes capitalistas y desde el sector privado prepararon un regreso que terminó siendo “exitoso”. Al menos para ellos.
Si retornamos a Caracas, veremos que tras 2 días de crisis interna y de presión internacional, el TSJ emitió 2 nuevas sentencias para devolver competencias a la Asamblea Nacional.
Sin embargo, dejó claro que Nicolás Maduro y el chavismo podrán asociarse con petroleras rusas y chinas para “piñatear” lo que queda de riqueza venezolana, antes de entregar el poder.
Los cubanos, que asesoraron al nicaragüense Daniel Ortega hace más de un cuarto de siglo y ahora hacen lo propio con el impresentable Maduro, son los grandes arquitectos de esta movida. Como vimos, no es original.
Podríamos agregar otros 2 ejemplos:
- Los ex políticos y oficiales de las Fuerzas Armadas de la URSS hicieron lo propio con las fábricas y pozos de petróleo y gas del gigante en decadencia.
- Pasó algo similar en la misma épóca con los chinos. Fue tan alevoso que los jerarcas comunistas enajenaron los bienes públicos en beneficio propio que la explosión en la Plaza de Tianamen en 1989 fue una consecuencia lógica de este malestar.
Como hemos visto, todo cierra.
Las crisis de los sistemas socialistas-comunistas llevan a la “privatización” desesperada de los bienes fiscales comprados, robados o expropiados.
Esto es lo que se viene en Venezuela, una feroz rapiña.
¿Por qué nombramos en el comienzo de esta nota a la Nueva Yalta?
Porque Donald Trump y los Estados Unidos están dispuestos a entregar a sus históricos amigos y socios caribeños.
Ya no necesitan sus pozos.
Han logrado el autoabastecimiento energético gracias al shale oil (petróleo y gas no convencional obtenido con el método del fracking) y al cambio de matriz energética operado por Barack Obama a lo largo de ocho años. El moreno multiplicó por 100 los MW generados por las fuentes renovables.
En consecuencia, el “Imperio” puede prescindir ahora del patio trasero en materia de hidrocarburos y dejar contentos a sus amigos y socios super poderosos.
Donald Trump (que se saca fotos con Lilian Tintori y la oposción al chavismo) nada hace en la práctica por Caracas.
Es un hombre de negocios pragmático, relativista, sin moral.
Para él, las libertades en América Latina son casi un chiste menor. No tienen la menor relevancia.
El barco se hunde en Venezuela y las ratas rusas, chinas y chavistas quieren una gigantesca y repleta vasija para reventar a palazos.
Luego, en el piso, como cerdos, se van a repartir su dulce contenido.