Se pone como un támpax y ya hay 52 aspirantes a madres dispuestas a embarazarse con el tampón musical, partituras que recorren la vagina a 54 decibelios, el equivalente a una conversación en tono bajo.
El periodista Paco Rego describió: "(...) El método que había preñado a la catalana María conduciría a un invento reproductor nuevo, el que hoy nos trae aquí, tan llamativo como extraordinario: un tampón con música para embarazar a mujeres con dificultades de fecundación. El primero en el mundo. En vez de sonar en una panza artificial (la incubadora), Queen, Mozart o Nirvana entrarán directamente en el útero de la propia madre. Música por la vagina. Como suena. Hasta alcanzar ese lugar del vientre, hermético y oscuro, donde las células sexuales se aparean para crear una nueva vida, un embrión.
Fue en vacas catalanas, antes que en mujeres, donde germinó el tampón primitivo. Era un manojo de gasas y plástico unidos a un altavoz al que la música llegaba por un cable. Ginecólogos y veterinarios mano a mano. Una veintena de reses a prueba. Cada ocho horas, 60 minutos de melodías a través del tampón. Entre otras, piezas de Vivaldi. Ahora los científicos quieren saber si las reses dan más leche y de mejor calidad.
Un ingeniero informático, Luis Pallarés, modificó un vibrador femenino (de los que se usan como juguete sexual), le colocó un altavoz en la punta y lo conectó a un emisor de sonido. El propósito final era conseguir uno de un tamaño mucho menor -la futura madre deberá utilizarlo varias veces al día, incluso fuera de casa- y con un aspecto más suave.
Pallarés dio con el modelo definitivo: un artilugio en forma de pera invertida, del tamaño de una nuez y sumamente fino al tacto, deslizante. Y lo recubrió con materiales biocompatibles, de uso médico, cuyo valor es evitar el rechazo. BabyPod, se llama, es un tampón con discoteca.
Pero hay algo más...
La investigación que ha llevado hasta el tampón musical ha revelado que el feto, en contra de lo que se creía, puede oír desde la semana 16 de gestación, no a partir de la 26 ó 28.
Una de las piezas clásicas más utilizadas entre las gestantes, junto con algunas de Mozart, lleva la firma de Johann Sebastian Bach, Partita in A minor for solo flute-BWV 1013, escrita para flauta alrededor de 1718.
Se dice que el feto oye principalmente los tonos graves, y esto se debe a que los agudos -como los de la voz de la madre- quedan más amortiguados. Al vivir en un ambiente insonorizado, los sonidos llegan al feto de forma distorsionada. Algo similar ocurre con la música.
La única manera de que el feto la oiga como nosotros es emitiéndola desde la vagina. Si surge del exterior y le llega mediante unos auriculares sobre la barriga (práctica común entre los futuros padres), la criatura no la percibe igual. Oye susurros. Tras finalizar el estudio con la partitura para flauta de Bach, se está investigando con otros tipos de sonidos como tambores y música electrónica.
Que el feto responda a la música no significa necesariamente que no sea sordo, ya que, si bien las personas con sordera son incapaces de oír música, sí pueden oír vibraciones. Si ocurre al contrario y el feto no responde, tampoco tiene por qué ser sordo. La reacción depende en buena medida de la actividad de sus neuronas en ese momento.
De ahí que médicos y científicos se pregunten qué partes concretas del cerebro del feto se activan con la música emitida a través de la vagina.
El estudio está pilotado por el Instituto Marqués, que también ha desarrollado una aplicación móvil que permite a las embarazadas observar desde su propia casa y en cualquier momento del día cómo se están desarrollando sus embriones.
La ventana es el Embryoscope, una incubadora de última generación dotada de una cámara de video que permite seguir el interior de la vagina durante las 24 horas del día.
A la investigación se han sumado otros dos centros punteros en Europa: la cátedra de neuroanatomía del Hospital Clínico de Barcelona y el servicio de radiología del San Rafaele de Milán.