Cuando no quiero lavarme, no te enojés y no me hagás avergonzar… recordá cuando tenía que correr detrás de vos, mientras inventabas mil excusas para no bañarte.
Cuando veas mi ignorancia en cuanto a las nuevas tecnologías, dame el tiempo necesario. No me mirés con una sonrisa irónica, recordá mi paciencia al enseñarte el abecedario.
Cuando a cierto punto no logro recordar o pierdo el hilo de la conversación… dame el tiempo necesario para recordar y si no lo logro, no te pongás nervioso… lo más importante no es lo que digo, sino la necesidad de estar con vos, sentirte cerca y ver que me escuchás.
Cuando mis piernas cansadas no me permiten seguir tu paso, no me tratés como si fuese un peso, acercate, ofreceme tus fuertes manos del mismo modo como yo lo hice una vez cuando dabas tus primeros pasos.
Cuando digo que quisiera morir… no te enojés, un día comprenderás qué es lo que me lleva a decirlo. Tratá de entender que a mi edad no ya no hay mucho que esperar y que algunas veces el cansancio, el dolor o la soledad te cambian la vida por la supervivencia.
Un día descubrirás que, a pesar de mis errores, siempre quise lo mejor para vos, que siempre intenté allanarte el camino.
Dame un poco de tu tiempo, dame un poco de tu paciencia, dame un hombro en donde apoyar la cabeza del mismo modo que yo lo hice por vos.
Ayudame a caminar, ayudame a terminar mis días sintiéndome amado… y en cambio te daré una sonrisa y todo el inmenso amor que siempre tuve por vos.
Te amo hijo mío,
Papá.