Según las estadísticas, todos los años mueren por lo menos 36.000 personas por armas de fuego, lo que significa que es mayor el peligro de ser asesinado por un pistolero en Brasil de lo que es en Irak. De reaccionar muchos ante el referéndum comprando armas a fin de defenderse contra los criminales, la cantidad de muertos no podrá sino aumentar todavía más.
Ya que hasta ahora sólo una minoría reducida de los brasileños posee armas de fuego, sorprendería que la publicidad dada al tema y la victoria aplastante de quienes en efecto insisten en que es mejor tenerlas en casa, no causaran un aumento casi inmediato de las ventas.
Por desgracia, no existen motivos para suponer que una sociedad en la que virtualmente todos están armados hasta los dientes es más pacífica que otra en que hay límites muy severos. Mientras que son poco frecuentes las muertes por armas de fuego en aquellos países como el Reino Unido y el Japón, en los que es difícil conseguirlas, en Estados Unidos y Brasil son incomparablemente más comunes.
Sin embargo, esta diferencia se debe no sólo a que en ciertos países los delincuentes prefieran no llevar armas de fuego por entender que en el caso de ser detenidos serían castigados con dureza por el mero hecho de poseerlas, sino también porque décadas de prohibición incidieron en la cultura cívica.
Huelga decir que aun cuando eventualmente fuera aprobada una medida destinada a ilegalizar las armas de este tipo, tendrían que transcurrir muchos años antes de que la sociedad brasileña cambiara de manera similar.
He aquí una razón del imprevisto vuelco que dio la opinión pública que semanas antes del referéndum estaba masivamente a favor de impedir la venta sin demasiados trámites de armas de fuego pero que el domingo, luego de escuchar las razones de quienes se oponían a la prohibición, decidió que sería mejor permitirla.
Como es natural, muchos brasileños pensaron más en lo que podría suceder en el corto plazo si sólo los delincuentes pudieran comprar armas que en la posibilidad de que, andando el tiempo, su país se pareciera un poco más al Japón, donde la venta está prohibida.
Aunque tal actitud puede entenderse, no brinda motivos para creer que esté por disminuir la violencia extrema que se ha hecho tan característica de Brasil.
Antes bien, parece destinada a agravarla aún más, ya que es notoria la propensión de quienes en otras circunstancias no soñarían con matar a nadie a dejarse tentar por la proximidad de un arma de fuego, además de provocar un sinfín de accidentes fatales atribuibles tanto al temor como a la curiosidad natural de los menores.