A diferencia de los modelos tradicionales,
- no se limita a responder preguntas,
- permite delegar objetivos completos a sistemas que actúan,
- deciden e interactúan entre sí.
“Ya no se trata de personas usando herramientas, sino de equipos que trabajan con agentes a los que se les delegan tareas completas”, explicó Antonio Macías, vicepresidente de servicios digitales de Softtek.
El impacto no es menor. Procesos que antes eran secuenciales, como pruebas o desarrollos, ahora pueden ejecutarse en paralelo, acelerando exponencialmente los resultados. Pero esa velocidad también obliga a repensar cómo se traduce en valor concreto para el negocio.
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“El algoritmo ya no es código, es un guionista invisible de la realidad”, planteó Joan Cwaik, especialista en tecnologías emergentes.
El error de fondo: empezar por la tecnología
En la carrera por no quedarse afuera, muchas organizaciones caen en una trampa recurrente, implementan inteligencia artificial pero sin una estrategia clara.
“El error es avanzar por FOMO" (Fear of Missing Out, o «temor a perderse algo»: ansiedad social por la necesidad compulsiva de estar conectado.)
"No todo se resuelve con IA; a veces, un dashboard alcanza”, advirtió Gonzalo Martín.
El problema se agrava en estructuras donde los datos están fragmentados o la cultura interna no acompaña.
Incluso proyectos técnicamente exitosos pueden fracasar al escalarse si encuentran resistencia dentro de la organización.
El verdadero desafío es cultural, no tecnológico
A nivel global, distintos relevamientos muestran que el 82% de la población nunca utilizó inteligencia artificial y que menos del 1% accede a herramientas profesionales.
En ese escenario, quienes hoy trabajan con estas tecnologías dentro de las organizaciones funcionan como “embajadores” de un cambio que todavía no terminó de permear.
La resistencia interna, el miedo al reemplazo y la falta de espacios para experimentar aparecen como barreras más difíciles de resolver que cualquier limitación técnica.
El perfil técnico evoluciona de ejecutores a orquestadores.
La incorporación de agentes inteligentes también redefine el rol de los profesionales.
En lugar de producir directamente, los equipos pasan a supervisar, validar y coordinar el trabajo de múltiples sistemas autónomos. Esto exige nuevas habilidades, desde el diseño de interacciones hasta la gestión de procesos complejos.
Al mismo tiempo, las organizaciones deben revisar sus modelos de gobernanza. Estructuras pensadas para procesos lentos y lineales pueden volverse un freno en entornos donde la velocidad y la iteración son clave.
De hacer más rápido a hacer mejor
En este nuevo escenario, el diferencial competitivo cambia de lugar.
“El foco tiene que estar en el impacto en el negocio”, sintetizó Martín. La clave, coinciden los especialistas, es invertir la lógica: empezar por el problema y el valor, no por la herramienta.
Una transformación que excede a las empresas
El impacto de la inteligencia artificial también redefine cómo las personas se informan, se vinculan y toman decisiones.
“El algoritmo ya no es código, es un guionista invisible de la realidad”, planteó Joan Cwaik, especialista en tecnologías emergentes, al advertir sobre el rol de los sistemas digitales en la construcción de percepciones y comportamientos.
En un entorno de hiperpersonalización y sobrecarga informativa, emerge un riesgo cognitivo: la delegación de decisiones en sistemas diseñados para confirmar nuestras propias ideas.
La inteligencia artificial ya está integrada en las organizaciones. La diferencia, de ahora en adelante, no la va a marcar quién la tenga, sino quién entienda cómo usarla para generar valor real sin perder el control humano del sistema.
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