El foco está puesto en el brazo económico militar de la isla. GAESA no es una empresa turística más, sino una estructura controlada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias que administra divisas y participa en activos decisivos para el turismo, especialmente a través de Gaviota, el grupo estatal dueño de buena parte de la hotelería cubana. Por eso, cuando Washington apunta contra esa red, el impacto deja de ser solo diplomático: muchas empresas extranjeras quedan ante la duda de si pueden seguir operando hoteles, cobrar, pagar proveedores o sostener relaciones bancarias internacionales sin quedar expuestas a sanciones.
La lógica de la Casa Blanca es cortar recursos hacia el núcleo económico del poder cubano. El problema para la isla es que ese núcleo está mezclado con la maquinaria turística que sostiene la entrada de divisas. Reuters señaló que empresas como Blue Diamond e Iberostar ya cortaron vínculos con entidades asociadas a GAESA tras la escalada de sanciones, mientras que otras compañías revisan su exposición a la isla.
Ahí aparece el dilema para los operadores. Una cadena hotelera puede no querer involucrarse en política, pero si gestiona activos ligados a Gaviota, si depende de bancos internacionales, si necesita mover fondos o garantizar suministros dentro de Cuba, el riesgo legal, financiero y reputacional se vuelve difícil de sostener. Por eso el ultimátum estadounidense no solo presiona al Gobierno cubano. También obliga a las empresas turísticas a preguntarse si seguir en la isla vale el costo.
La caída de visitantes confirma el deterioro de Cuba
El golpe turístico de Cuba ya se ve en los números. Entre enero y abril de 2026, la isla recibió apenas 328.608 visitantes internacionales, una caída del 55,8% respecto del mismo período anterior. El dato pesa todavía más porque incluye buena parte de la temporada alta, el momento del año en el que el Caribe suele apoyarse para sumar divisas, llenar hoteles y sostener la cadena de servicios que vive del viajero extranjero.
No se trata de un mal arranque aislado. Cuba viene perdiendo competitividad frente a otros destinos de la región, con una oferta condicionada por apagones, escasez de combustible, problemas de abastecimiento, deterioro de infraestructura y menor conectividad aérea. En un mercado donde el turista compara playas, precio, servicios y estabilidad operativa, la isla empieza a quedar en desventaja incluso frente a países que antes competían desde una posición menos fuerte.
Cuba
Una postal de Cuba en medio de una crisis turística que combina menos visitantes, hoteles cerrados, caída de vuelos y crecientes problemas de abastecimiento.
FOTO: ADALBERTO ROQUE / AFP
El problema es que el turismo cubano necesita funcionar como una maquinaria completa. No alcanza con tener hoteles o paisaje si faltan vuelos, suministros, alimentos, bebidas, combustible, productos de limpieza y logística para sostener una experiencia razonable. Cuando esa cadena se vuelve irregular, las agencias y turoperadores empiezan a vender el destino con más cautela, y el deterioro deja de ser solo interno para convertirse en un problema de reputación internacional.
Por eso la caída de visitantes aparece como síntoma y consecuencia al mismo tiempo. Menos turistas implican menos ingresos, menos ocupación hotelera y más presión sobre operadores que ya trabajan en condiciones difíciles. Y si a ese escenario se suma el ultimátum estadounidense contra GAESA, la crisis deja de ser una mala temporada para convertirse en una amenaza estructural para el modelo turístico cubano.
Meliá, Iberostar y el efecto dominó en la hotelería
El caso de Meliá Hotels International muestra hasta qué punto la crisis turística cubana dejó de ser una advertencia y pasó a convertirse en una decisión empresarial concreta. Según informó 20 Minutos, la cadena, a través de su filial portuguesa Ilha Bela, dejó de operar una quincena de hoteles en Cuba y concluyó de inmediato la gestión, la comercialización y la cesión de uso de sus marcas en esos establecimientos.
La compañía explicó que la decisión responde a una combinación de circunstancias ajenas a su capacidad de gestión, con impacto en la operativa, la legalidad y la seguridad de los servicios. El propio grupo señaló que la mayoría de los hoteles afectados ya estaban cerrados o sin actividad por los problemas energéticos y la caída de la demanda que atraviesa la isla, un dato que ayuda a entender que la salida no aparece solo como una reacción jurídica al ultimátum de USA, sino como el resultado de un deterioro operativo que venía creciendo.
El movimiento de Meliá se suma al de Iberostar, que dejó de operar 12 hoteles vinculados a Gaviota, y al de otros grupos que también redujeron o abandonaron su actividad en el país. Minor Hotels ya había salido de sus establecimientos bajo la marca NH en La Habana, mientras que Royalton Hotels & Resorts, antes Blue Diamond Resorts, suspendió su actividad en Cuba, donde administraba 62 hoteles bajo distintas marcas.
Para Cuba, el problema no es únicamente perder habitaciones. Cuando salen operadores de ese tamaño, también se pierde comercialización internacional, estándares de servicio, confianza para agencias, capacidad de venta en mercados emisores y una parte de la reputación que sostenía al destino frente a otros países del Caribe. En una isla con menos vuelos, menos combustible y menos visitantes, la retirada de grandes cadenas termina de marcar el tamaño de la crisis.
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