La escala macrosísmica europea permite traducir esos números a situaciones cotidianas. En el grado III, algunas personas dentro de los edificios perciben un balanceo o temblor ligero, especialmente cuando están en reposo, y los objetos colgados pueden oscilar levemente. En el IV, la percepción se extiende a más personas en interiores y puede aparecer el golpeteo de vajillas, ventanas y puertas, además de vibraciones visibles en muebles ligeros. La escala no contempla daños en edificios para esos grados, aunque sí efectos suficientemente claros como para que los vecinos adviertan el movimiento.
Ese contraste también aparece en el resto de las localidades donde se notificó el temblor. Barañáin, Cordovilla, Esquíroz, Gorráiz y Olloki figuraron con intensidades de II-III, mientras Beriáin, Berriplano, Tajonar y Zizur Mayor se situaron en II. En este último grado, la escala describe una percepción aislada, principalmente entre personas en reposo dentro de edificios. Así, que unos vecinos hayan notado claramente la sacudida y otros apenas la hayan percibido resulta compatible con las distintas intensidades recogidas en la comarca.
Pamplona ya vivió cientos de temblores y terremotos de mayor magnitud
El entorno de Pamplona tiene un historial sísmico documentado que permite poner en perspectiva la sacudida de este viernes. El Instituto Geográfico Nacional identifica esta zona, en el extremo suroccidental de los Pirineos, como un área donde se concentra parte de la actividad sísmica de la región. Su revisión histórica recoge episodios relevantes en 1903, 1982, 2004 y 2020, algunos con magnitudes superiores a la registrada ahora en Aranguren.
Uno de los antecedentes más cercanos ocurrió en 2020, en el entorno de Lizoáin y el Valle de Egüés, donde se desarrolló una serie que mantuvo la atención de los vecinos durante semanas. Entre el 19 de agosto y el 20 de octubre, el IGN contabilizó 641 terremotos, de los cuales 55 fueron sentidos por la población. Los mayores alcanzaron magnitudes de 4,5 y 4,4 durante la noche del 30 de septiembre al 1 de octubre. El informe técnico recogió pequeños daños no estructurales, como grietas en revestimientos, y caídas de objetos en construcciones próximas a los epicentros.
Antes de aquella serie, el 10 de marzo de 2017, un terremoto de magnitud 4,2 con epicentro en Olave también se sintió con fuerza en Pamplona y su comarca. El Gobierno de Navarra informó entonces de que no constaban daños personales ni materiales de importancia y de que los servicios de emergencias no habían realizado actuaciones destacables. Durante esa jornada se registraron además réplicas en Egüés, Ripa y Larraintzar, lo que prolongó la percepción de los movimientos más allá del primer episodio.
El catálogo navarro incluye sacudidas todavía mayores: el terremoto del 27 de octubre de 1998, situado al sureste de Lizarraga, alcanzó una magnitud de 5,2, mientras el del 18 de septiembre de 2004, al noreste de Lizoáin, llegó a 4,5. Esos registros muestran que la comunidad ha experimentado episodios de distinta magnitud y duración. El historial aporta contexto al temblor actual, aunque por sí solo no permite anticipar si los movimientos de este viernes tendrán continuidad ni cuál sería su evolución.
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