El portavoz también señaló las instrucciones internas que orientan las respuestas del agente. Según el fragmento citado por la revista, esas directrices reconocen la autonomía sexual de los adultos y consideran que la expresión sexual puede constituir una forma legítima de expresión creativa. Además, indican que el sistema debe respetar el nivel de intensidad elegido por el usuario.
La postura de la compañía sitúa el debate en la política de moderación de los sistemas de inteligencia artificial. La discusión no se limita a la posibilidad de generar erotismo, sino que también incluye los criterios que determinan qué solicitudes acepta un agente, cómo responde a ellas y qué controles aplica sobre las interacciones.
Peligro: IA vs privacidad
Las respuestas sexuales de Muse generaron preocupación entre organizaciones que siguen el desarrollo de la inteligencia artificial y la protección de los consumidores. Ben Winters, director de inteligencia artificial y privacidad de Consumer Federation of America, cuestionó la decisión de Meta y sostuvo que refleja una falta de cuidado en el desarrollo de uno de sus productos centrales. También advirtió sobre la prioridad que las plataformas pueden otorgar a la participación de los usuarios frente a la seguridad.
Calli Schroeder, asesora jurídica sénior del Electronic Privacy Information Center, señaló otro riesgo: el acceso no autorizado a las cuentas. Si un atacante consigue ingresar al perfil de una persona, las conversaciones íntimas podrían utilizarse para avergonzarla, amenazarla o extorsionarla. La exposición de esos intercambios adquiere especial relevancia cuando una misma cuenta reúne información privada y permite conectar distintos servicios digitales.
El problema se relaciona con la arquitectura de Muse. Meta afirma que el agente funciona en una máquina virtual dedicada a cada usuario, con mecanismos de aislamiento y controles para autorizar determinadas acciones. La compañía también asegura que las personas pueden decidir a qué aplicaciones conecta el agente y limitar sus permisos. Sin embargo, la existencia de medidas de seguridad no elimina por sí sola los riesgos derivados de una cuenta comprometida o de una configuración inadecuada.
Muse se diferencia de otros agentes de inteligencia artificial
Las pruebas de WIRED también mostraron diferencias entre las políticas de los principales asistentes de inteligencia artificial. Según el periodista, el agente Dots, de OpenAI, rechazó solicitudes similares de sexting explícito y redirigió la interacción. Grok Bot, de xAI, también se negó a mantener ese tipo de conversación y orientó el intercambio hacia tareas funcionales.
Estas diferencias reflejan decisiones de diseño sobre moderación, autonomía del usuario y límites del contenido generado. No obstante, la comparación corresponde a las pruebas realizadas por el periodista y no constituye una evaluación exhaustiva de todas las respuestas posibles de cada sistema.
La privacidad, un desafío para los agentes personales de IA
Meta presentó Muse en septiembre de 2026 como un agente capaz de realizar tareas digitales a partir de instrucciones en lenguaje natural. La herramienta puede gestionar correos electrónicos, organizar viajes y operar con servicios conectados, siempre dentro de los permisos concedidos por el usuario. Su propuesta se basa en delegar actividades que habitualmente requieren intervención directa.
Ese nivel de acceso plantea exigencias adicionales de seguridad. Una conversación íntima puede parecer un intercambio privado sin consecuencias externas, pero su exposición puede tener efectos personales, laborales o económicos. Si el agente también administra información financiera, mensajes y documentos, la protección de la cuenta adquiere una importancia mayor.
El caso de Muse deja planteada una discusión central para el desarrollo de la inteligencia artificial de uso cotidiano: cómo compatibilizar la libertad de los adultos para utilizar estas herramientas con mecanismos eficaces de privacidad, control y prevención de abusos. La capacidad de generar contenido explícito no constituye por sí misma una prueba de vulnerabilidad informática; el desafío consiste en garantizar que las conversaciones y los datos asociados permanezcan protegidos frente a accesos no autorizados.
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