etc., etc. Todas precogniciones, todas prognosis.
La sana filosofía, esto es, aquella que se realiza reflexivamente, aconseja desde siempre que la filosofía “como el buho de Minerva, sale a volar al anochecer” (Hegel). Esto es, cuando la realidad se puso, cuando el fenómeno acabó, cuando está terminado. Y ello no ocurre con la pandemia del coronavirus, pues está en pleno desarrollo.
Ya Weber, Sombart y tantos otros grandes sociólogos aconsejaban que ante un fenómeno masivo como una peste o un acontecimiento mayúsculo es conveniente dejar que se desarrolle antes de ponerse a estudiarlo. Porque de lo contrario solo realizamos conjeturas y no ciencia.
Y esto es lo que les pasó a esto “filósofos europeos”, hablaron por hablar, hablaron al ñudo; fueron víctimas de uno de los rasgos de la existencia impropia de la que habla Heidegger en Ser y Tiempo: las habladurías.
Esto del buho de Minerva ya estaba en el mito de Prometeo cuando en la caja de Pandora queda encerrada la elpis, que los tontos de capirote tradujeron por esperanza cuando en realidad significa la espera o mejor aun la prognosis. Lo que enseña que: el hombre no puede conocer el futuro sino a lo máximo conjeturar sobre él.
De lo que no se puede hablar, hay que callar, aconseja Wittgenstein en la frase final de su 'Tractatus'. Y el viejo Sócrates decía: "tengo un daimon que me dice cuándo debo callar". ¿Cómo van a ser filósofos si no pueden cerrar el 'pico' y, además, les falta 'daimon' = voz interior, o algo parecido.
Ninguno de ellos esbozó hablar de las causas del coronavirus tal como puede ser la manipulación genética y cosas por el estilo, que se fueron de control a las 'ciencias duras'.
Cuando muchos de mis amigos me demandan a diario que escriba sobre el coronavirus les respondo que la filosofía no es horóscopo, no es adivinanza, es un saber reflexivo, que en algún momento se puede traducir en sabiduría existencial, pero ello supone un trabajo profundo en una ascética espiritual que no es para todos.