Si Perón decidió "morir con las botas puestas" ¿cómo fue que no aceleró la Ley de Acefalía para permitirle a Ricardo Balbín asumir como su sucesor? ¿La imprevisibilidad gobernó su final? ¿La emergencia lo arrastró a la irresponsabilidad?
Dejar a María Estela en manos de José López Rega ¿no era someterla a una incertidumbre similar a la de Cámpora?
El final
En 1973 Perón había regresado al lugar del cual nunca se había ido. Su guarida, su ethos, su trinchera; el terruño que eligiera para sembrar y para sembrarse. Lo sabía y por eso regresaba haciéndose espacio donde reposar ese músculo cardíaco afectado; más afectado aún a cada retorno.
Pero lo esperaba el infierno, que era previsible, aún desde Madrid.
¿Todo fue por la hombría de demostrar que le daba el cuero? ¿Creyó realmente que que tenía un revestimiento interno como una cota de malla y un yelmo debajo de la piel rugosa? ¿No sabía que esaba perforada por todos los vientos de los 78 inviernos que cargaba en el lomo?
Es difícil imaginar qué se sentía siendo Perón. Sin embargo, la elección de María Estela como compañera de binomio también transmite la idea de una profunda soledad.
¿Será que el poder es proporcional a la desconfianza?
Pero él era el líder amado hasta el llanto. Es cierto. Pero también era el líder odiado hasta la sangre. El líder signado por la pérdida y la tragedia. Cuando se desatan las sogas de los vientos es difícil controlar las tempestades.
Perón no era el caballero típico que volvía de la guerra, sino el adalid de lengua filosa que la desata a cada palabra.
Así llegó hasta aquella 3ra. vez, pero Gaspar Campos no era Puerta de Hierro. Ni hablar la Quinta de Olivos. Le pasó como al amante que se fue por preservar su vida y de regreso advirtió que la había perdido.
Su mujer, su hembra –no María Estela-, la Argentina, llevaba un atavío dividido; chorreaba sangre adjudicada a la lucha por la ideología y hedía el pus de la traición en cada órgano partidario y sindical casi apolítico.
La división lo mató, no fue su corazón deshilachado pendiente del hilo del grosor del suspiro del pueblo.
El engaño y la soledad lo mataron.
Lo mató el héroe que llevaba dentro; apoderándose de su nombre, de su estirpe, de su memoria combativa.
Lo mató el estereotipo; esa pulsión antihumana que provoca la libido al triunfo, siempre; siempre al éxito; siempre a la gloria.
Lo mataron los laureles que había sabido conseguir…
La mortaja que lo cubrió transpiraba las últimas palabras que dijo en el balcón ante la Pplaza desbordada:
“Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que para mí es la palabra del pueblo argentino”.
¿Y ahora qué pasa? Vladímir Putin, que no es comunista, guarda respeto por Vladímir Lenin y hasta repuso las estatuas de Josef Stalin.
Xi Jinping no profana la memoria de Mao Zedong pese a que persiguió a su padre, Xi Zhongxun.
En USA, no todos los ex Presidente provocan el mito de John F. Kennedy pero hasta Richard Nixon recibió honores y reivindicación. Peron no. Permanece encerrado en San Vicente, con su cuerpo mutilado parcialmente.
Su memoria no es reivindicada por la mayoría de los líderes que gobiernan el país utilizando el Partido Justicialista, una porción del Movimiento Peronista que él creó.
Los supuestos herederos de Perón lo matan cada día un poco más.