Cuentas como @TTendenciaX, una parodia que imita a @porqueTTarg, ya habían mostrado el método durante la veda porteña de 2025: un Macri generado con IA supuestamente “bajando” a Lospennato. Clarín y Civic Compass midieron el alcance: 14 millones de usuarios. Para cuando X apareció con su cartelito de “contenido alterado”, el asunto ya había hecho lo importante: circular, indignar y juntar engagement.
Y hay más. Audios falsos con voces de dirigentes de Conmebol y FIFA “admitiendo” que un Mundial estaba arreglado, pegados sobre videos reales. El corte de Lisandro Martínez sin darle la mano a Donald Trump, recortado para que pareciera un gesto político actual. Cadenas de WhatsApp de 2022 y 2023 sobre supuestos virus durante los festejos argentinos, recicladas como alerta sanitaria en Instagram.
Y cada tanto vuelve el infaltable “viejo inimputable”, ese personaje que parece tener contrato fijo con internet y reaparece cada seis meses.
Videos de hinchadas peleándose que no son de este ciclo. Imágenes viejas presentadas como actuales. Fotos fuera de contexto. Todo sirve.
Porque en el feed hay una regla bastante sencilla: si genera bronca, funciona. Si además parece reciente, mejor.
Y afuera tampoco inventaron nada distinto. Durante la DANA en España circularon imágenes generadas con IA de Pedro Sánchez embarrado. El famoso Papa Francisco de fiesta, otro deepfake viejo, sigue apareciendo cada vez que alguien necesita un meme “actual”.
En Argentina se agregó una variante todavía más interesante: periodistas que directamente no existen. Manuel Godsin, Gabriel Di Taranto y otras firmas fantasma aparecieron publicando en sitios locales, según las investigaciones sobre la red rusa relevadas por FOPEA y medios de investigación.
La IA ya no solamente copia una cara.
Ahora también puede copiar una firma, inventar un periodista y ponerle nombre de señor que tranquilamente podría atender una ferretería.
El "lo vi en redes sociales" reemplazó a verificar la noticia
Acá aparece el problema que el periodismo profesional viene cargando bastante solo.
Las redes se llevan el clic, el medio pone el trabajo y la IA se come el cadáver.
Google Gemini llegó incluso a afirmar que Urgente24 estaba dirigido por Roberto Navarro y que no tenía dueño claro. Era falso y verificable. Se denunció en su momento porque el problema no es solamente que una IA se equivoque: es que puede presentar una burrada con tono de enciclopedia.
Y ahí aparece el chiste más oscuro de todos.
La máquina se alimenta de textos producidos por redacciones reales, utiliza ese contenido para responder preguntas y después las plataformas se quedan con buena parte de la audiencia que antes llegaba directamente a esos medios.
Es canibalismo, pero con API.
Un informe de Sherlock Communications señaló que más de la mitad de los argentinos había visto fake news en aplicaciones de Meta. Durante la semana del Mundial, un analista citado por La Nación calculó 23,7 millones de posteos sobre Argentina en X, un 49% más que sobre España, el campeón.
No hace falta imaginar una conspiración de película. Para fabricar ruido alcanza con algo mucho más sencillo: sembrar bronca y dejar que el algoritmo haga el resto.
Además, X monetiza el engagement de determinadas cuentas verificadas. Así que reciclar un video viejo, ponerle una descripción incendiaria y esperar las respuestas indignadas no es precisamente un modelo de negocio complicado.
El problema es que quien se informa solamente por redes pierde algo básico: el sentido del tiempo.
Ya no sabe si Bullrich está hablando como ministra en 2025 o como dirigente en 2026. No sabe si el video corresponde a ayer, a la semana pasada o a hace un año. Tampoco sabe si quien aparece en un Reel es un periodista de carne y hueso o un avatar con voz de locutor de supermercado.
NewsGuard documentó cómo sitios vinculados a la propaganda rusa llegaron a inyectar millones de artículos en el ecosistema informativo que alimenta a los chatbots. Según su relevamiento, seis de cada diez modelos principales terminaron reproduciendo información proveniente de ese universo.
El resultado es bastante absurdo: la IA se alimenta de los medios que después ayuda a desplazar, mientras también se nutre de redes sociales donde cualquier cosa puede convertirse en “información” con dos likes y una captura.
Y entonces pasa lo inevitable.
El usuario dice: “Esto ya lo vi en Twitter”.
No. Viste un recorte.
Quizás viste un video viejo. Quizás una publicación sin fecha. Quizás una imagen generada por IA. Quizás una noticia verdadera, pero contada sin contexto. Y quizás viste todo eso mezclado en el mismo feed, uno abajo del otro, como si tuvieran exactamente el mismo valor.
Por eso el criterio sigue siendo bastante más sencillo que cualquier algoritmo: abrir la nota original, mirar la fecha, revisar quién la publicó y preguntarse de dónde salió el video.
No es moralina. Es supervivencia informativa.
Porque las plataformas no venden contexto. Venden atención.
Los medios hacen el trabajo, verifican, llaman fuentes y ponen periodistas a cubrir lo que pasa. Las redes se quedan con buena parte de la audiencia. Y la IA aparece al final, muy educada, con una respuesta de tres párrafos que resume todo el quilombo como si fuera verdad.
Un negocio redondo.
Para todos, menos para el que quiere enterarse de qué pasó realmente.
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