Ahora bien, más allá de la clasificación, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué le está pasando al equipo de Lionel Scaloni?
¿Qué pasa con el equipo de Lionel Scaloni?
Da la sensación de que la Selección Argentina no está haciendo una buena Copa del Mundo desde lo futbolístico, y esa realidad puede explicarse desde diferentes aspectos.
El equipo de Lionel Scaloni acostumbró a destacarse por la tenencia de la pelota, la presión alta, el juego asociado por dentro y la intensidad para recuperar. Sin embargo, gran parte de esas virtudes no están apareciendo en este Mundial.
Lo llamativo es que la formación sigue estando pensada para desarrollar ese tipo de juego. Un mediocampo conformado por Enzo Fernández, Alexis Mac Allister, Rodrigo De Paul y Leandro Paredes deja en claro que la intención es dominar el balón. El problema es que, en la práctica, eso no está ocurriendo.
Ahí aparece una de las principales contradicciones. Si Argentina decide replegarse y ceder la iniciativa, resulta difícil sostener un equipo diseñado para controlar la posesión. En ese contexto, da la impresión de que falta un futbolista con mayor explosión para atacar los espacios, como Giuliano Simeone o Nicolás González, quien incluso cuando ingresa lo hace como lateral izquierdo.
A eso se le suma el bajo nivel de varios de sus intérpretes. Enzo Fernández, Mac Allister y De Paul están lejos de la versión que mostraron en otros torneos, y el funcionamiento colectivo termina resintiéndose.
Es cierto que, estando en una semifinal del mundo, parece difícil imaginar una modificación profunda por parte de Scaloni. Sin embargo, da la sensación de que algún ajuste será necesario.
Si el entrenador elige futbolistas para monopolizar la pelota, el equipo debe asumir ese protagonismo. Si, por el contrario, la idea es esperar y salir de contraataque, entonces el perfil de los intérpretes debería ser otro.
Porque, a priori, un equipo que apuesta al contragolpe con cuatro volantes centrales parece ir a contramano de la idea que construyó Scaloni durante su ciclo. Y esa contradicción explica, en parte, por qué una selección que volvió a meterse entre las cuatro mejores del mundo sigue dejando más preguntas que respuestas.
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