Ferran Torres celebra con España durante el Mundial 2026, torneo en el que uno de sus goles anulados quedó bajo análisis por movimientos inusuales en las apuestas.
FOTO: AFP
Otro episodio señalado fue la expulsión de Themba Zwane a los 84 minutos del encuentro inaugural entre Sudáfrica y México. Sin embargo, el caso que más interrogantes provocó tuvo como protagonista a Folarin Balogun: el mismo día que el delantero estadounidense vio la tarjeta roja ante Bosnia y Herzegovina, Polymarket abrió una apuesta para pronosticar si estaría disponible contra Bélgica. Tres días después, la FIFA suspendió su sanción y le permitió jugar, algo que no sucedió con ninguno de los otros 14 expulsados del torneo. El Grupo de Copenhague pidió una explicación formal sobre la secuencia.
El crecimiento de estas plataformas cambió además la manera de apostar durante el Mundial. Ya no se jugó únicamente por un ganador o una cantidad de goles: también hubo mercados sobre tarjetas, decisiones del VAR, presencia de determinados futbolistas y otros acontecimientos puntuales que pueden depender de información conocida por muy pocas personas. El volumen total apostado durante el torneo fue estimado en US$ 240.000 millones, aproximadamente el doble que en Qatar 2022, un escenario que multiplicó el riesgo de operaciones con información privilegiada y convirtió cualquier movimiento atípico en motivo de investigación.
Las alertas amarillas no prueban que existiera manipulación, pero sí señalan que confluyeron varios indicios que necesitan una revisión más profunda, como cambios difíciles de explicar en las probabilidades, rumores o movimientos anormales de dinero. Por eso, la mayor polémica no consiste todavía en demostrar que hubo partidos arreglados, sino en entender cómo la FIFA declaró limpio un Mundial en el que uno de los organismos encargados de vigilarlo terminó registrando siete señales de riesgo.
Infantino, Argentina y la guerra cultural que manchó al Mundial
La Copa del Mundo ya venía cargado de sospechas mucho antes de que aparecieran las alertas sobre España. Gianni Infantino atravesó el torneo cuestionado por su cercanía con Donald Trump y por una decisión que golpeó directamente la credibilidad de la FIFA: la suspensión del castigo a Folarin Balogun después de que el presidente estadounidense lo llamara para pedir una revisión. El titular del organismo terminó incluso abucheado junto a Trump durante la premiación de la final, una imagen que resumió el desgaste político de una competencia en la que las reglas parecieron volverse negociables.
Argentina también quedó atrapada en ese clima. Tras la remontada ante Egipto, el técnico Hossam Hassan acusó públicamente a la FIFA de querer mantener a Lionel Messi y al campeón vigente dentro del torneo, mientras decisiones del VAR contra los africanos y luego frente a Suiza alimentaron teorías sobre supuestas ayudas arbitrales. Pierluigi Collina rechazó cualquier favoritismo y defendió la independencia de los jueces, pero para entonces la sospecha ya se había expandido por redes sociales, videos manipulados y campañas que llegaron a reunir millones de interacciones. Ahora España, después de levantar la Copa, también aparece dentro de esa maquinaria de desconfianza por las dos alertas vinculadas con sus partidos, aunque tampoco existe una prueba que comprometa a la Selección.
La final terminó de trasladar la discusión desde el fútbol hacia el racismo, la política y la identidad nacional. Samuel L. Jackson compartió una publicación que calificaba a Argentina como uno de los países más racistas del mundo; Pedro Pascal quedó señalado por darle “me gusta” a un video que celebraba la derrota argentina bajo ese mismo discurso, y Rosalía hizo lo propio con una publicación de Mia Khalifa antes de borrar su reacción y pedir disculpas. El debate encontró un enorme eco internacional, alimentado por antecedentes de cánticos racistas de hinchas y futbolistas argentinos, así como por los cuestionamientos a Messi por no haber condenado públicamente esos episodios.
Así, España ganó una Copa cuya conversación final quedó lejos de los goles. Las acusaciones contra Argentina, las sospechas que ahora alcanzan a la campeona, el poder político acumulado por Infantino y una guerra cultural amplificada por celebridades dejaron un torneo repleto de polémicas, donde cada decisión arbitral, publicación o apuesta terminó interpretada como una prueba de algo más grande. No hay evidencias que permitan afirmar que el Mundial estuvo arreglado, pero sí demasiadas grietas como para que el ente pueda presentarlo como una competencia completamente limpia.
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