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Desde La Plata, el Indio Solari construyó junto a Los Redondos un fenómeno único. Independencia, misterio y canciones inolvidables transformaron una banda de culto en una multitudinaria religión popular. Foto: X
Mientras gran parte del rock argentino buscaba entrar en la lógica de las discográficas y la televisión, Los Redondos construyeron un camino paralelo. Independiente. Misterioso. Casi clandestino.
Su primer disco, "Gulp!", editado en 1985, fue el puntapié inicial de una construcción cultural que terminaría explotando en estadios repletos y rutas colapsadas por miles de seguidores. Las llamadas "misas ricoteras" se transformaron en un fenómeno sociológico estudiado incluso por académicos. Ninguna banda argentina logró convocar multitudes semejantes manteniendo semejante distancia de los medios tradicionales.
Algunos discos como "Oktubre", "Un baión para el ojo idiota", "Luzbelito" o "Bang! Bang!... Estás liquidado" siguen apareciendo en rankings de los mejores álbumes del rock nacional.
Como ya analizó Urgente24 en diversas oportunidades, Los Redondos trascendieron la música para convertirse en una identidad colectiva. Algo parecido a lo que ocurrió con Diego Maradona en el fútbol: una pertenencia emocional más que artística.
La enfermedad que apagó los escenarios pero no su influencia
En 2016 el propio Solari confirmó públicamente que padecía Parkinson. Lo hizo a su manera, con ironía y sin dramatismos. "El Parkinson me anda pisando los talones", dijo entonces.
La enfermedad avanzó lentamente durante la última década y terminó condicionando su presencia sobre los escenarios. El recital de Olavarría en 2017 quedó como su última gran aparición masiva.
A diferencia de muchas leyendas del rock que terminan convertidas en una caricatura de sí mismas, el Indio eligió otro camino. Se retiró cuando entendió que ya no podía ofrecer aquello que consideraba necesario para un recital. Y eso también explica parte de su enorme prestigio.
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El avance del Parkinson alejó al Indio de los recitales, pero nunca de su público. Su muerte deja un vacío cultural enorme y evidencia la falta de herederos generacionales. Foto: X
Mientras la industria musical produce artistas virales con fecha de vencimiento, Solari siguió representando una rareza absoluta: alguien capaz de mantenerse relevante sin exponerse constantemente. Ni TikTok. Ni realities. Ni escándalos televisivos. Su influencia sobrevivió únicamente gracias a las canciones.
Durante los últimos años continuó editando material, participando virtualmente junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y desarrollando proyectos literarios. Su figura seguía generando repercusión cada vez que aparecía una foto, una carta o una declaración.
La muerte del Indio también demuestra una realidad innegable para el rock argentino. No aparecen herederos naturales. No existe hoy una figura capaz de reunir generaciones tan distintas bajo una misma bandera cultural.
El fenómeno ricotero pertenece a una época donde todavía era posible construir una comunidad antes que los algoritmos. Y el Indio fue eso. Una comunidad. Una forma de entender la cultura. Una voz incómoda para el poder. Y también una anomalía irrepetible.
Con su muerte termina una historia que empezó en pequeños teatros platenses y terminó llenando estadios imposibles. Pero su obra seguirá circulando por las rutas argentinas, en los parlantes de los autos, en los bares de barrio y en las nuevas generaciones que seguirán preguntándose qué quiso decir realmente aquella letra.
Tal vez ahí esté la verdadera victoria de Solari: no haber sido comprendido del todo, sino seguir siendo necesario.
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