Hachiko se transforma en una celebridad mundial
Los años seguían pasando y Hachiko continuaba visitando la estación, sin importar el largo trayecto que lo separaba ni las inclemencias del tiempo, con la esperanza de ver al profesor Ueno entre los viajeros. La perseverancia de este fiel animal llamó la atención de Saito Hirokichi, fundador de la Sociedad para la Preservación del Perro Japonés, que en 1932 (Hachiko llevaba esperando ya 7 años la vuelta de su amo) relató su historia en el periódico Asahi Shimbun, el segundo diario más popular del país.
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Hachiko llegó a los diarios de Japón, con un artículo titulado "Un dulce y viejo perro", y poco después su historia se hizo conocida alrededor del mundo. Por entonces, Hachi llevaba 7 años esperando a su dueño.
El artículo cautivó los corazones de miles de lectores, incluso más allá de las fronteras de Japón, y Hachiko no tardó en hacerse conocido a nivel mundial. La fama del can crecía y crecía, al punto que los transeúntes colaboraron para cuidarlo y alimentarlo a medida que Hachiko iba envejeciendo y se mostraba cada vez más cansado. El público japonés decidió que Hachiko merecía una estatua, así que colaboraron para que el animal tuviera su homenaje y, en 1934, una estatua de bronce de 162 centímetros de alto se erigió en la entrada de la estación frente a una multitud de personas, en una ceremonia donde hasta el propio Hachi estuvo presente.
Pero apenas un año después, enfermo de una infección parasitaria y de cáncer, la vida del fiel perro que había enamorado a todo Japón terminó a los 13 años, tras nueve años y nueve meses esperando a su dueño. La triste noticia sacudió a todo Japón y miles asistieron a su funeral, entre ellos Yae (la esposa del profesor Ueno) y empleados de la estación que vieron al animal esperar.
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Un año antes de su muerte, Hachiko recibió una estatua en la entrada de la estación donde esperaba a su dueño. La estatua fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial pero se la restauró poco después.
Hachiko fue sepultado junto a su dueño en el Cementerio Aoyama de Tokio, mientras que su estatua fue fundida durante la Segunda Guerra Mundial como refuerzo bélico (aunque fue restaurada tres años después). Hoy, podemos ver su imagen en dos puntos diferentes de Tokio: en la estación donde esperó incondicionalmente a su dueño, y en la Facultad de Agricultura donde trabajaba el profesor, en la que le da a su dueño aquel saludo tan ansiado por el que esperó 10 años.
Hachiko, salvando las distancias, nos sigue recordando a más de un siglo de su nacimiento que el lazo que formamos con nuestros amigos animales es tan inquebrantable como el que formamos con las personas. Y que así como ellos nos esperan impacientemente hasta que volvamos a casa, también nos esperan en la eternidad para reencontrarse con nosotros.
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Ueno y Hachiko se reencontraron finalmente en 1935 tras el fallecimiento del can. Y la estatua que se erigió en la Universidad de Tokio 80 años después ilustra ese abrazo adeudado.
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