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El regreso de Laclau en el No Gobierno de Alberto

Ni Horacio Rodríguez Larreta ni María Eugenia Vidal se encuentran triunfales ante los comicios 2021. El triunfalismo va por el lado de Mauricio Macri y Patricia Bullrich. De todos modos, el No Gobierno de Alberto Fernández, advierten, tiene rumbo de crisis. Esto último se rescata del siguiente texto del profesor y consultor que firma con seudónimo.

En su profunda crisis sin fondo (económica, social, institucional, médica, política y etcétera), la Argentina navega, muchas veces, a tientas en medio de la niebla de su caída. El sol, en términos políticos, no aparece a menudo, lo que provoca el sinsentido de que, en ocasiones, hasta los analistas terminan calificando éxito al fracaso y poder a la exhibición de un anacrónico y descafeínado compadrito (o una lideresa decadente que captura de larga data una de las peores opiniones, según todas las encuestas).

Todo está trastocado. Pero, como todo en el kirchnerismo es tan precario, ignorante y hasta payasesco, es más sencillo de lo que parece encontrar algunas claves.

Como dicen basarse en la ideología populista del argentino Ernesto Laclau, el politólogo y filósofo ya fallecido (en 2014) que sirve de faro a algunos sectores intelectualizados del Instituto Patria y La Cámpora, corresponde indagar en su propuesta, que nada tiene de nuevo en la disputa decantada desde hace siglos entre liberalismo (Adam Smith), nacionalismo (Friedrich List) y socialismo (Carl Marx).

Podría mencionarse también la “Doctrina Social de la Iglesia” (católica), que en el siglo XIX surgió para oponerse al liberalismo y al socialismo. (Hay que recordar que Benito Mussolini tuvo el respaldo de la Iglesia).

Economía medieval

Un punto clave es que tanto el nacionalismo como el socialismo originan sus dogmas de la economía medieval, que era de suma cero, es decir, consideraban que en el planeta solo había una determinada cantidad de dinero y riquezas (lo que justificaba guerras sanguinarias durante décadas para apoderarse lo del otro), mientras el capitalismo explicó el concepto de creación de riqueza y de valor agregado.

De acuerdo con el Dr. Gonzalo Arenas, de Chile, los postulados laclaulianos, que básicamente apuntan a generar una alianza de la izquierda de origen marxista con el populismo de origen fascista (con el control final de éste, claro), serían:

Dado que es “imposible alcanzar acuerdos en una democracia liberal”, a menos que sea mediante el “ sometimiento del otro”, se impondría así la “ radicalización de la democracia”, estimulando la conflictividad social, las demandas al sistema en forma constante y agresiva, produciendo choques permanentes.

Para conseguirlo, se deben crear nuevos “sujetos políticos” que coordinen los distintos conflictos sociales y los diferentes colectivos (en esto dice diferir del marxismo que unificaba todo en una lucha de clases y en el proletariado como únicos actores de la puja).

Esos diversos “sujetos políticos” son unificados por el “populismo”, que -al igual que el marxismo- organiza a la sociedad en “amigos” y “enemigos”, en una antinomia “renovada” que desemboca en una emocional -no racional- “acción política común” para atacar al sistema liberal desde dentro.

Neoliberalismo

Para crear ese vínculo emocional, se apela a “significantes vacíos”, que no son otra cosa que muletillas sin fundamentos ni respaldo alguno pero que se presentan en un relato unificado como objetivos, por lo positivo o negativo, para ensalzar aspiraciones, sin planes para hacerlas realidad, o para asignar al “enemigo” todos los males contrapuestos a aquellas perspectivas benéficas de las que el populismo se apropia, discursivamente.

El propósito expresado es destruir el “neoliberalismo” (también un “significante vacío”) y a la “democracia liberal”, por lo que las ideas laclaulianas convergen en una “ideología totalitaria”, que es la que rechaza los consensos, las discusiones parlamentarias, la búsqueda de acuerdos, la equidistancia de la Justicia y demás órganos de control que conforman el Estado tal como lo conocemos.

El compendio de Laclau semeja

## una mescolanza de ideas del fracasado pragmatismo comunista del italiano Antonio Gramsci (ante la imposibilidad de derrotar al odiado liberalismo por medio de la violencia de ataques terroristas había postulado que el mejor modo de combatir y abatir al capitalismo era desde adentro de su cultura, corroyendo sus fundamentos, cuyas concepciones sedujeron a una parte de la Junta Coordinadora que agrupó a los jóvenes que siguieron en 1983 al entonces presidente Raúl Alfonsín);
## una reinterpretación del marxismo; y
## una actualización (“postmarxismo”) de las clásicas, oxidadas ideas autoritarias del fascismo.

De todos modos, el propósito “revolucionario” de las ideas de Laclau ignoran que la dialéctica del liberalismo, como organización socio-política y económica, resultó ser más plástica y dinámica que la del marxismo, lo que, con sus ajustes constantes, ha devenido en el modelo por antonomasia tras la caída del comunismo en 1989, reflejada en el derrumbe del Muro de Berlín.

El disparate es moneda corriente

El surgimiento de ideas nacionalistas tras ese hecho histórico fue anticipada por el politólogo Francis Fukuyama en su polémico libro “El fin de la Historia y el último hombre” (1992), donde sintetizó que, tras la decantación mundial del sistema liberal como triunfante ante el comunismo autodesarticulado, todas las luchas se concentrarían en la economía y también en rebeliones nacionalistas desperdigadas en el mundo como reacción contra el vencedor de la batalla universal.

Con ese trasfondo, entonces, los saltos ornamentales de la política argentina de hoy resultan un reflejo lejano, en la que la sociedad rechaza ampliamente, según todos los sondeos, a los que propugnan esa revolución imprecisa de los CFK, AF, Axel Kicilloff, Máximo Kirchner y otros. Revolución confusa y contradictoria, con una gigantesca falta de coherencia en la gestión, en medio de una inflación que flagela a los mismos que teóricamente son sus seguidores “seguros”, etcétera.

El disparate es moneda corriente. Y no por los discursos sino por los hechos.

Se le adjudica al kirchnerismo un grado de eficiencia y éxito que nada tiene que ver con la realidad. Así como no pudo sacar algunas leyes, como la de los “superpoderes” delegados al Poder Ejecutivo con la excusa de la pandemia, pocos veedores políticos le asignan al Gobierno nacional y a Axel Kicilloff una derrota política sin precedentes a manos de la perseverancia de Horacio Rodriguez Larreta cuando aquellos ahora tuvieron que abrir la actividad económica pyme y la presencialidad escolar en medio de una pandemia aún más impiadosa que cuando hace unos meses nomás los índices epidemiológicos eran menos asfixiantes.

(Esto obviamente se debió al temor cierto de que la provincia de Buenos Aires se rebelara más violentamente contra la estrictez en el encierro recomendada por los médicos del Instituto Patria, Gollán y Kreplak).

La utopía

La escasa sustancia del populismo kirchnerista los empuja al autoaislamiento, a cometer errores políticos monumentales en contra de sus presuntos votantes (como, a su turno, hizo Mauricio Macri), que inevitablemente, ante la incapacidad de controlar la inflación, se encamina a una derrota electoral en las elecciones de medio término (hasta las encuestas propias lo explican).

El caos de la gestión ya no puede ser ocultada con el “relato” inventado, que es demolido instantáneamente en los múltiples medios de comunicación y por sectores de la población, con fundamentos incontrovertibles (también en redes sociales).

Lo que único que les queda es la perseverancia en cometer los mismos errores.

Una prueba elocuente de la debilidad del Gobierno se lee frecuentemente con transparencia cuando, tras ser una vez más derrotado en una batalla dialéctica-política, los funcionarios salen a atacar forzadamente a los dirigentes de la oposición solo porque tienen una alta consideración según las encuestas (el caso prototípico es Larreta, que no compite por ningún puesto en las listas ahora) o que buscan subir a la pelea a otros cuando no aspiran a ningún cargo (Macri).

Talón de Aquiles

En definitiva, la mejor vacuna contra los desopilantes impulsos “ revolucionarios” del kirchnerismo es el kirchnerismo, con su manifiesta incompetencia e infantilismo para lidiar siquiera con un Estado que heredó una crisis, a la que se le aderezó la pandemia. Sus reacciones y soluciones son anacrónicas, con 70 años o un siglo de retraso, con fórmulas que se han demostrado inconducentes para resolver lo que se proponen.

Son soluciones para una realidad que no existe más que en una utopía irrealizable.

Ejemplo de eso es la prohibición de exportar carne para hacer bajar su precio en el mercado interno: lograron que la carne aumentara un 6% en el terreno doméstico y se perdieran de ingresar por ventas al exterior más de U$S 75 millones.

Ése es el talón de Aquiles de los k: su radicalización siempre los lleva a profundizar en salidas fallidas, a búmerans económicos, y a provocar la reacción contraria de los “mansos”, los que definen también todas las elecciones.

Los números

Un sondeo de la consultora Acierto estableció que Juntos por el Cambio vencería al Frente de Todos en las próximas elecciones legislativas: 21,9% contra 20,5%. Sin embargo, lo notorio es que entre indecisos y no eligen a ninguno suman un excepcional 41,6%.

Todo lo cual esclarece la perseverancia desde la oposición en empujar al modelo autocrático hacia su destino tácito.

Para Hannah Arendt, “la fuerza de la ideología totalitaria se apoya en la capacidad de separar a las masas de la realidad”, lo que en una sociedad liberal, tapizada de distintas organizaciones, es más que difícil, si no imposible.

Ante la fragilidad constitutiva del kirchnerismo -en sus contradicciones e ineficacia reside su propio colapso, siempre-, es conveniente recordar la reflexión de Napoleón Bonaparte: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error.”

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