El especialista en fauna silvestre Víctor Fratto contó que recibe avisos de personas que salen a caminar temprano y alertan sobre la presencia de ejemplares muertos. A partir de esas notificaciones, se coordina la intervención de los equipos científicos y las autoridades municipales.
Sin embargo, encontrar los cuerpos en la playa no significa necesariamente que las ballenas hayan muerto allí: las corrientes, el viento y las mareas pueden desplazar los cadáveres hasta la costa.
En agosto, por ejemplo, seis crías aparecieron en distintos puntos de Puerto Madryn y los investigadores señalaron que podrían haber muerto en el mar antes de ser arrastradas hacia la orilla.
Investigan las muertes de las ballenas
La investigación sanitaria está a cargo del Programa de Monitoreo Sanitario de Ballena Franca Austral, liderado por la veterinaria Marcela Uhart, del Instituto One Health de la Universidad de California, Davis.
El operativo cuenta con la participación de especialistas de distintas instituciones, entre ellos Mariano Coscarella, investigador del CONICET e integrante del Laboratorio de Mamíferos Marinos del CENPAT, además de técnicos, veterinarios, autoridades ambientales y equipos de respuesta ante varamientos.
El trabajo incluye registrar cada ejemplar, examinar su estado, realizar necropsias cuando las condiciones lo permiten y recolectar muestras de piel, órganos y contenido estomacal. También se realizan análisis de laboratorio para identificar microorganismos y posibles toxinas.
En el caso de los ejemplares recientes, las muestras de contenido estomacal fueron enviadas a la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, en Trelew, para identificar organismos que podrían producir biotoxinas. Por otra parte, se enviaron tejidos al Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) para buscar esas sustancias en el organismo de las ballenas.
El objetivo es determinar si los fallecimientos responden a una causa común o si se trata de episodios diferentes. Los resultados no son inmediatos: el estado de conservación de los cuerpos puede limitar los análisis y algunos estudios de laboratorio pueden demorar varias semanas.
La bacteria detectada en los ballenatos
Una de las hipótesis se concentra en las crías que aparecieron muertas durante los meses previos. En muestras analizadas se detectó Erysipelothrix rhusiopathiae, una bacteria asociada a la erisipela y a cuadros de septicemia.
La infección puede manifestarse mediante lesiones cutáneas características o avanzar hasta provocar fallas en distintos órganos. En determinados casos, puede causar la muerte incluso cuando no hay lesiones externas evidentes.
Los científicos también estudian si las heridas producidas por los ataques de gaviotas cocineras podrían funcionar como una vía de entrada para microorganismos. Las crías son particularmente vulnerables porque todavía no desarrollaron las maniobras que utilizan los ejemplares adultos para reducir la exposición de sus lomos a los picotazos.
Hay un antecedente local: un estudio publicado en 2016 detectó esta bacteria en lesiones de dos ballenatos examinados durante la temporada de 2013. Sin embargo, ese trabajo no demostró que la infección hubiera provocado la muerte de aquellos animales ni estableció de forma concluyente cómo se habían contagiado.
Por eso, aunque la bacteria ya fue identificada en muestras de crías de esta temporada, los investigadores todavía necesitan establecer su papel en la mortandad actual y qué condiciones podrían haber favorecido su propagación o gravedad.
Marea roja: el antecedente de 2022 que vuelve a escena
Para los ejemplares adultos y juveniles hallados en los últimos días, una de las principales hipótesis es la intoxicación por biotoxinas asociadas a la llamada marea roja.
El fenómeno ocurre cuando ciertas microalgas proliferan en el agua y algunas producen sustancias tóxicas que pueden ingresar en la cadena alimentaria. Si las ballenas consumen organismos contaminados, pueden quedar expuestas a esas toxinas.
La hipótesis tiene un antecedente concreto en Península Valdés. En 2022, los estudios científicos permitieron relacionar la muerte de 30 ballenas francas australes, 26 adultas y cuatro juveniles, en el Golfo Nuevo con una floración algal nociva ocurrida entre fines de septiembre y principios de octubre. La investigación incluyó al Programa de Monitoreo Sanitario, el Instituto de Conservación de Ballenas, el INIDEP, la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y las autoridades ambientales de Chubut.
También se registraron episodios de mortalidad asociados a biotoxinas en 2024. El antecedente explica por qué los científicos vuelven a analizar esta posibilidad.
Sin embargo, el último informe oficial de Chubut señaló que los ejemplares adultos encontrados recientemente no presentan, por ahora, signos preliminares que permitan asociarlos al mismo cuadro bacteriano detectado en las crías. La posible intoxicación sigue bajo investigación y requiere resultados de laboratorio.
El récord de 2012 y una temporada que todavía no terminó
La preocupación por las muertes actuales se suma a otro dato: la elevada mortalidad de ballenatos registrada durante 2026.
Según el Instituto de Conservación de Ballenas, en 2012 se documentaron 113 crías muertas, la cifra más alta registrada hasta entonces para esta población. Los registros preliminares de la temporada actual sugieren que el fenómeno podría alcanzar una escala mayor, aunque todavía es necesario consolidar los datos y compararlos con la cantidad de nacimientos para dimensionar el impacto real.
El programa de monitoreo también documentó 81 ballenas muertas en 2024, entre crías, juveniles y adultos. Estos números muestran que la mortalidad varía entre temporadas y que el análisis debe distinguir entre las distintas edades y posibles causas de muerte.
La temporada de ballenas continúa hasta noviembre, por lo que aún no hay un balance definitivo de 2026. La prioridad científica es establecer cuántos ejemplares murieron, cuáles fueron las causas y si existe un factor ambiental que explique la magnitud del episodio.
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