Que el fútbol sirve para descargar impulsos agresivos y diluirlos en un juego es algo evidente y por ello constituye un bien, pero las cosas se complican cuando los más energúmenos se niegan (o son incapaces) de admitir el juego, se lo toman en serio y pasan a mayores.
Entonces, la metáfora desaparece, la representación decae y volvemos, tras un rodeo, a reproducir en todo su furor la agresividad a la que el juego pretendía engañar mediante la sustitución.
Un buen futbolista jamás da una patada al balón, al contrario, la pelota es acariciada y en la trayectoria que un futbolista de calidad le imprime está todo el talento necesario --que es muchísimo-- para calcular y dominar espacios, tiempos, movimientos.
Arte complejo, no cabe duda, cerebro y músculo, del que están dotados muy pocos. Sin embargo, el hincha, que pierde sus dotes reflexivas al serlo, sólo ve en todo aquello "patadas" y en la pelea reglada, en el contacto físico, agresión.
El forofo metido en uno de estos grupos, se llame Boixos Nois o Ultras Sur, siempre está dispuesto a romper la representación teatral, a tomar por real lo que es metáfora y ahí renace la guerra.
La guerra del fútbol que se produjo con bombas y muertos cuando se enfrentaron Honduras y El Salvador en la fase previa de un campeonato del mundo en los años 70 y que con maestría narró Kapucinsky.
Cuando tras el partido entre el Depor y el Compostela unos individuos (del Depor) golpeaban a un muchacho (del Compostela), otro aficionado, del bando deportivo de los agresores, se atrevió a recordarles una evidencia, la del juego, en ese instante se convirtió en traidor.
El peor delito que se puede cometer en una guerra. Por eso, sin juicio sumarísimo, lo mataron.
Cosa distinta, aunque con parecidas consecuencias, fue la del exaltado que en Castellón, oculto entre la multitud, arrojó contra el árbitro nada menos que su propio teléfono móvil.
Siempre pensé que el teléfono móvil traería malas consecuencias para la salud de los humanos, pero he de reconocer que jamás se me ocurrió que fuera a ser de esta guisa.
¿Cómo acabar con tanto disparate? Desde luego, persiguiendo a estos delincuentes, disolviendo sus organizaciones, plagadas de fascistas y, hasta hace poco, alimentadas por algunos directivos irresponsables.
Pero también exigiendo a quienes dirigen los clubs que, por mucho dinero que se jueguen en el envite, se atengan a las reglas del juego.
Del juego, pues de eso se trata, de recordar permanentemente que el espectáculo que estamos viendo o que vamos a ver es sólo eso: un juego.
Magnífico, por cierto. Y eso de calentar el ambiente que lo dejen para su erotismo particular, para la alcoba, donde se suele practicar el otro juego, generalmente en pelota picada.
¿Endurecer las penas? No soy capaz de pronunciarme, pero tiendo a pensar que las de prevención son más efectivas que el miedo al castigo.
Miedo que tiende a desaparecer en los momentos en que la agresividad se ha apoderado del cerebro que, se supone, es propiedad del violento.
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(*) Escritor español.
El Periódico, Barcelona, Catalunya, España, 2003.