Mi primera experiencia profesional fue en el antiguo Banco Central Hispanoamericano como gestor más que junior de fondos. Por aquél entonces dirigía las inversiones Luis Abraira. Fue él quien me introdujo en la Teoría del Caos Creativo, su particular modo de enseñanza. Frente a la sistemática, la anarquía; contra el foco, la dispersión. Multiplicidad de inputs que dejan un sedimento esencial que ayuda a la toma de decisiones. De aquellos barros, vienen los lodos de mi falta de foco, de la ausencia de jerarquía en mi tratamiento de la información. Lo urgente mordiendo el culo a lo importante, a las fuentes seguras, a los pozos que siempre manan. Como The Economist.
Así, mientras mañana sale un nuevo número de la revista de referencia en el ámbito económico mundial, es ayer cuando descubro un artículo fundamental que pone negro sobre blanco la falacia a la que se aferra nuestro presidente del gobierno desde el inicio de la crisis. Su último asidero, el paraguas bajo el cual afirma que debe encuadrarse su programa de reformas, la condición necesaria y suficiente para su materialización, aquello que en su fuero íntimo cree que le permitirá ser recordado a futuro como el único gobernante patrio sin una huelga general: la cohesión social. Eco anglosajón que es de la denuncia que muchos hemos realizado ya durante meses.
De hecho, la pieza no deja títere con cabeza y se centra en argumentar los por qués del sinsentido de tal dircurso, por una parte, y en probar cómo tal obcecación política ha venido normalmente acompañada de efectos más indeseables de los que se quieren evitar, por otra. Basta con detenerse en el titular: La Crueldad de la Compasión. Pero no adelantemos acontecimientos.
Comienza el anónimo autor señalando que "es difícil oponerse a un valor como el de la cohesión social en su doble vertiente de ausencia de conflictos y minimización de las desigualdades". Sin embargo, "en boca de muchos políticos europeos, con independencia de su orientación política, la invocación a la misma no se sino una excusa para evitar las imprescindibles reformas". José Luis, que te han pillao con el carrito del helao, macho.
Tras una breve descripción del deplorable panorama que se atisba en Europa en relación con esta cuestión entra en el, a su juicio, fundamento de su existencia. Y da dos razones. A ver si les suenan. Una, la necesidad de algunos grupos sociales, a los que llama insiders y entre los que se encuentran los miembros de los sindicatos, de mantener su estatus actual, cosa que logran en detrimento de los outsiders, desempleados y trabajadores temporales, jóvenes e inmigrantes principalmente. Ande yo caliente, ríase la gente. Y dos, el miedo a abrir el melón de la función pública, cuál debe ser su dimensión óptima y cómo adecuar su particular idiosincrasia a una coyuntura económica de debilidad de ingresos públicos y gastos recurrentes.
Al final, concluye el análisis, aferrarse al argumento de la cohesión social provoca una dilación innecesaria, y probablemente más gravosa, que "acelera el declive, ahonda en las divisiones y amenaza la armonía que pretende preservar". Basta con mirar el ejemplo de Irlanda. Ha sido el riesgo de colapso el que ha provocado una abrupta ruptura de 30 años de paz social en el país, consecuencia de la aplicación de medidas draconianas de recorte de gasto que no han dejado títere con cabeza, pero que han alejado la economía de la isla del borde del precipicio al que se asomaba.
Y frente al estudiante poco aplicado que deja sus deberes para el último día, brilla para el autor con luz propia el ejemplo de Alemania, capaz de consensuar las reformas con los distintos agentes sociales y ponerlas en práctica de forma progresiva durante más de una década.
El resultado es de todos conocido hasta el punto de que, según afirma el siempre provocador Ambrose Evans-Pritchard en el Telegraph, tendría más sentido un abandono del euro por parte de la locomotora germana y su satélite holandés que la expulsión de un incumplidor.
Hasta ahí puedo leer. El artículo del The Economist no da para más. Sin embargo, las consecuencias de la actuación de cualquier estado aparentemente paternalista, que da pero que no exige, son al final siempre las mismas: muerte de la iniciativa privada, aumento de la dependencia del subsidio estatal, arbitrariedad de las actuaciones públicas, polarización de la sociedad entre privilegiados y agraviados, muerte de la clase media y deterioro tanto de la situación interna como de la percepción exterior. Efecto boomerang.
Nos encontramos aún lejos de llegar a este punto, siendo la pertenencia a la Unión una garantía de que tal amenaza no terminará de consumarse. Sin embargo, frente a la incompetencia, diligencia. Es hora de actuar antes de que sea demasiado tarde. En las pensiones, en el mercado de trabajo, en la función pública. Y es momento de hacerlo contemplando España como un proyecto global y no de un solo partido. ¿Será mucho pedir?