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Héctor Timerman: Del masserismo a la Ley de Medios

Manolo Giménez es un periodista mendocino que compara la historia presente con la reciente. En esta oportunidad puso un ojo sobre Héctor Timermen, el embajador argentino en USA y defensor del proyecto de la Ley de Medios gubernamental. Giménez recordó parte de la historia pública de Timerman en la época del derrocamiento de María Estela Martínez de Perón, y ese texto envió a Mendoza Online:

MENDOZA (MDZ). "Los que se oponen a la ley de medios no es solamente que están protegiendo intereses propios sino que, además, están dando una cierta respetabilidad a la dictadura".
Estas palabras forman parte de las declaraciones que, hace algunos días, realizó el actual embajador argentino ante los Estados Unidos, Héctor Timerman, para la agencia oficial Télam.
La frase no es ajena a la desmesurada argumentación del gobierno, que Timerman integra y representa. Pero en él, tales palabras son particularmente inapropiadas, si consideramos la actuación periodística del hoy diplomático, durante los primeros días de aquella misma dictadura del ‘76.
Eramos tan jóvenes
El joven Timerman, contaba con 22 años y se hizo cargo de la dirección del diario vespertino La Tarde, respondiendo a una directiva de su padre, el legendario Jacobo Timerman, por entonces director de La Opinión.
La Tarde publicó su primer número el 16 de marzo de 1976, apenas ocho días antes del golpe de Estado que derrocó a la presidente María Estela Martínez, viuda de Perón.
Aquel 24 de marzo, La Tarde estampó su primera plana con un título, en tipografía catástrofe, un tanto desbordado de parcialidad política. "Prestó juramento la Junta Militar para reorganizar la Nación", decía, sumando una foto de los Comandantes al contundente mensaje. (El día anterior se había apelado, abiertamente, a la destitución presidencial: "Se afirma que asumiría el poder un gobierno militar").
El enorme titular no sorprendió mucho a los lectores, ya que el viernes 19 de marzo la portada informaba: "Terrorismo: 41 muertos en una semana". Y un poco más abajo de la gruesa tipografía, podía leerse: "Las Fuerzas Armadas intensifican su acción urbana, preventiva del avance terrorista".
Sin improvisaciones
Aquellas primeras planas de La Tarde estaban diseñadas con un concepto visual netamente propagandístico, en el que la combinación de enormes títulos, fotos y breves copetes permitían una lectura rápida y unívoca. (Los que saben, dicen que su estilo estaba copiado del diario sensacionalista alemán Bild Zeitung). Colgadas de los kioscos, eran casi como afiches.
Un buen ejemplo es la edición del 22 de marzo de 1976, cuya portada reproducimos. La nota central está titulada "Terrorismo: sigue la escalada de crímenes"; y otra, un poco más abajo, lleva un título de fácil vinculación con el primero: "Fuerzas Armadas: analizan el desenlace de la crisis". En la parte inferior izquierda, una fotografía muestra a un grupo de guerrilleros luego de tomar las instalaciones del Holiday Inn de Beirut y, apenas un poco más arriba, se informa sobre la muerte del sindicalista de la FOTIA, Atilio Santillán (asesinado por el ERP).
Masserismo militante
La imagen de esta vieja portada ha sido extraida del libro Nadie Fue, del ex titular de la SIDE en el primer menemismo, Juan Bautista Yofre. Respecto al libro de Yofre —de engorrosa posición ideológica—, diremos, al pasar, que incluye un revelador testimono de oficiales navales, pertenecientes al entorno del almirante Emilio Massera, quienes afirman que La Tarde fue creado para "apantallar" el golpe de Estado de 1976.
Las siguientes publicaciones de La Tarde parecen refrendar la versión. Una de ellas, además, resulta estremecedora. En la página cuatro de la edición del jueves 8 de julio, un título a cuatro columnas ofrece una caracterización inadmisible: "Represión ajustada a las normas jurídicas", tomando las palabras del ministro del Interior, general Albano Harguindeguy. (Ya el 24 se "informaba" sobre la "vigencia de los derechos humanos" en el todo el país).
Tampoco faltaron las difamaciones a dirigentes del peronismo depuesto. Entre ellas, a Juan Manuel Abal Medina, acusado de dirigir una "célula terrorista", y al teniente coronel retirado Adolfo Phillipeaux —sobreviviente del levantamiento del general Juan José Valle en 1956—, a quien se señalaba fugándose a Chile con armas y dinero.
A La Tarde le llegó la noche
A la familia Timerman no le fue para nada bien en su aventura golpista (que no era la primera). La muerte del socio de Jacobo, David Graiver, el 7 de agosto de aquel 1976, destapó la conexión del financista con Montoneros.
A partir de entonces, la insaciable codicia de los jefes de la represión construyó una leyenda respecto al dinero de los Born, cobrado como rescate por la organización, cuyo control suponían en manos de un intangible "Grupo Graiver", al que pertenecerían los Timerman.
Esta hipótesis era sostenida, especialmente, por el jefe de la temida policía bonaerense, general Ramón Camps, a quien las circunstancias le permitían estimular su furibundo antisemitismo.
Las hostilidades fueron creciendo junto con el enfrentamiento entre el ejército y la marina. Primero, cerró La Tarde, en el mismo agosto en que murió Graiver. Luego fue secuestrado Jacobo Timerman (recién fue liberado en 1980 y se trasladó a Estados Unidos) y, finalmente, fue confiscado La Opinión.
La dura realidad condujo a Héctor Timerman a una activa militancia por la defensa de los derechos humanos, en los Estados Unidos donde se exilió en 1979.
Palabras
Tengo entendido que Timerman ha expresado su arrepentimiento por los días en que dirigía La Tarde. Sin embargo, las expresiones arriba citadas dejan algunas dudas.
Repasemos algunas de sus palabras: "...están protegiendo intereses propios...", "...están dando una cierta respetabilidad a la dictadura."
¿No fue suficientemente aleccionadora la experiencia de 1976 para retornar, ahora, al camino de las antinomias irreversibles y al prejuicio convertido en dogma? ¿Ha dejado de considerar la posibilidad del error que incuban las generalizaciones?
Defender intereses propios o darle respetabilidad a la dictadura son acusaciones que, en este caso se ajustan demasiado facilmente al propio acusador. Bastaría considerarlo, para que el embajador Timerman pueda recuperar, una vez mas, la sensatez perdida.

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