Evita y el forzado exilio de un cadáver
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). El cadáver de Eva Duarte de Perón desapareció en noviembre de 1955 y permaneció oculto durante 16 años, siendo devuelta a Juan Domingo Perón el 3 de septiembre de 1971 durante su exilio en París.
Su desaparición se produjo como consecuencia de la teoría de la 'Revolución Libertadora' que conjeturaba que el cuerpo de la ex Primer Dama sería utilizada como bandera de la insurrección peronista.
La periodista María Seoane recontruyó la travesía del cadáver de la 'abanderada de los pobres' a través de "documentación rescatada de los archivos del Ejército argentino" en un artículo del diario Clarín del 23 de enero de 2005.
Los personajes y los hechos
Se sabe que Evita fue embalsamada por el español Pedro Ara apenas muerta —26 de julio de 1952— y trasladada a la CGT luego de una de las exequias más imponentes del siglo XX. Después del derrocamiento de Perón en setiembre de 1955, asumió la jefatura del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE) el coronel Eugenio de Moori Koenig, un militar ingresado al servicio en 1941, de un antiperonismo visceral. El SIE era, en ese momento, el lugar nuclear del régimen: la resistencia peronista era pacífica y violenta. Allí estaba cuando asumió la presidencia el general Pedro Eugenio Aramburu en noviembre del 55. Ese poder ilegítimo temió que la presencia de Evita fuera fuente de una resistencia sobrenatural, proporcional al amor que le profesaban millones de argentinos condenados a silenciar su pertenencia política. Aramburu encargó a Moori Koenig que hiciera desaparecer el cadáver de Evita de la CGT ese mismo mes.
La historia señala que Moori Koenig tuvo una desenfrenada pasión necrofílica por Eva. Por miedo a que fuera recuperado por la resistencia, se dijo que el cadáver circuló en furgones, las oficinas del SIE en Viamonte y Callao, la casa del mayor de inteligencia Eduardo Arandía, que mató a su mujer embarazada por error porque la confundió con un supuesto enemigo que venía por la muerta; detrás de la pantalla del cine Rialto, en el edificio de Obras Sanitarias y otros lugares que la mente calenturienta de los espías consideraban agujeros secretos. Aramburu ordenó echar a Moori Koenig, en junio de 1956. Pero esa brasa caliente debía salir del territorio argentino: ella no se corrompía, pero corrompía al régimen. La presión del jefe de la Casa Militar, el marino Francisco Manrique, por avalar al teniente coronel Gustavo Adolfo Ortiz, a la sazón subjefe del SIE —oficial de artillería—, al frente del espionaje militar no prosperó. Aramburu se decidió por el coronel de inteligencia Héctor Eduardo Cabanillas —del arma de Infantería— un cuadro militar de probada fidelidad antiperonista (ver Cabanillas..., pág. 31). Parecía el adecuado para hacer desaparecer a la muerta más temida, acto que se transformaría en el mayor secreto de Estado de la historia del siglo XX, superado sólo por el destino de los desaparecidos.
Aramburu decidió a instancias de su jefe de Granaderos, el entonces coronel Alejandro Agustín Lanusse —un antiperonista rabioso— realizar ante el sacerdote Francisco "Paco" Rotger —un catalán que pertenecía a la Compañía de San Pablo, de la orden del Cardenal Ferrari — los contactos con el Vaticano. Rotger había sido desde 1933 secretario del nuncio en la Argentina; en 1934, en ocasión del Congreso Eucarístico, había conocido estrechamente al delegado papal, Eugenio Paccelli, que luego se transformará en Pío XII. Rotger era íntimo amigo y confesor de los Lanusse. Casará a Alejandro con Illeana Bell. Desde la jefatura de Granaderos, Rotger asistió a Aramburu y fundó, bajo su orden, el Vicariato castrense. Según la versión que dará años más tarde Gustavo Adolfo Ortiz —su testimonio fue incluido en el libro "Evita", de Carlos De Nápoli, en 2003—, aconsejado por él y por Manrique, Aramburu decidió pedirle al Vaticano ayuda para "dar cristiana sepultura" al cadáver. Según Ortiz, el primer contacto fue realizado con monseñor Fermín Laffite, representante del Vaticano en Buenos Aires. Pero no hubo respuesta, por lo que hizo su aparición definitiva el sacerdote "Paco" Rotger.
A fines de 1956, Cabanillas eligió como brazo derecho de la "Operación Traslado" al mayor Hamilton Alberto Díaz, del arma de Caballería, de puntaje sobresaliente ("extremo", como se lo definía en el Ejército, con 100 de promedio absoluto). Lo secundaba, entonces, el suboficial de inteligencia Manuel Sorolla. A Ortiz— subjefe del SIE— Cabanillas le reservó una tarea no menos importante: la diplomacia del traslado y de la desinformación. Según indica el legajo militar de Ortiz, viajó por avión hacia España, Italia, Bélgica, Alemania y Suiza entre el 1º de febrero y el 8 de marzo de 1957. Su misión habría sido no sólo desinformar a quienes podían espiar estos movimientos sino conectarse con el superior de la Orden del Cardenal Ferrari, Giovanni Penco. Simultáneamente, con la venia de Pío XII, pero con la decisión de que fuera una obra no vinculada directamente al Vaticano quien ayudara en este traslado, Rotger viajó a Italia a entrevistarse con Penco. En ese viaje se definió con Penco lo siguiente: el cadáver de Evita viajaría a Italia bajo el nombre de María Maggi de Magistris, nacida en Dalmine, Bérgamo, y muerta en Rosario en 1951 en un accidente de auto; que Penco sería el encargado de recibir "la encomienda en Génova" a nombre de la Orden con destino a Milán. A mediados de marzo de 1957, según Ortiz, Cabanillas le encargó que, junto con el mayor Díaz prepararan los servicios de la funeraria y el transporte del cadáver. La funeraria elegida habría sido "Spallarosa".
Además del papa Pío XII —y los papas sucesivos, Juan XXIII y Paulo VI— y Penco, sólo tres personas conocerían en la Argentina cuál era la morada final de Evita: Cabanillas, Rotger y Hamilton Díaz. Aunque Aramburu, Lanusse y el superior de los paulinos en Buenos Aires, el padre Hércules Gallone, sí sabrían que estaba "en algún lugar de Italia" y quién era el "dueño del secreto". A las 16 horas del 23 de abril de 1957 el cajón con los restos partió rumbo a Génova en el "Conte Biancamano", acompañado por Hamilton Díaz, como el falso viudo Giorgio Magistris. Junto con él, y con su verdadera identidad, para "control" viajaba el suboficial Manuel Sorolla. El 13 de mayo de 1957, a las 15.40, el cuerpo de María Maggi de Magistris entró al cementerio Maggiore de Milán. Díaz debió permanecer junto al cuerpo de Eva en la cámara mortuoria durante dos días, velando por su seguridad, hasta que el ataúd pasó al tombino 41 del campo 86, un área abierta alrededor de una avenida arbolada. Hamilton Díaz regresó a Buenos Aires a los pocos días con "un papel rosa" con el número de tumba que le entregó a Cabanillas, quien lo guardó en una caja de seguridad en Uruguay. ¿Quién era ese hombre que supo con Cabanillas semejante secreto?
