¿Por qué será que hasta ahora ningún espacio logró diseñar una propuesta atractiva para ese segmento? O quizás, una mejor pregunta sea: ¿Que será necesario para conquistar a ese casi 45% que busca terceras opciones?
Creo que cualquiera de esas dos preguntas tiene múltiples respuestas correctas, y para encontrarlas hay que pedir conceptos prestados a la sociología y a la psicología cognitiva, y analizar también los antecedentes más recientes de ingeniería electoral en nuestro país.
En el 2015, entre las primarias y la primera vuelta hubo un aumento de participación del 10%, más de 3 millones de argentinos que no habían votado en las PASO lo hicieron en las generales, lo que tuvo un impacto en el resultado electoral que creo que hasta el día de hoy no hemos terminado de dimensionar.
Como es esperable, la gran mayoría de ese volumen voto a Cambiemos, un 66% o casi 2 millones de votos, lo que permitió a esa fuerza política conquistar de forma sorpresiva la provincia de Buenos Aires, y forzar el ballotage con Daniel Scioli. Se trató de una de las ingenierías electorales más sofisticadas en la historia política argentina, montada sobre un quirúrgico trabajo de microsegmentación y uso de bases de datos, con mensajes direccionados de forma subterránea. Y que tuvieron impacto en la provincia de Buenos Aires, la provincia de Córdoba y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Creo que en ese tipo de experiencias se encuentra una de las posibles respuestas al dilema que enfrentamos. Conquistar al menos una porción de ese 45% solo puede hacerse mediante campañas del Siglo XXI, que generen la alquimia correcta entre tecnología, movilización y mensaje electoral. Cualquiera que aspire a cumplir este objetivo debe olvidarse por completo de las campañas tradicionales; ni los spots en los espacios gratuitos, ni los actos y movilizaciones, ni mucho menos los esquemas territoriales de la política tradicional podrán garantizar resultados en esta elección. Tal como lo hemos visto en las últimas elecciones en distintos países del mundo, hoy los procesos electorales se juegan en las esferas más íntimas de las personas, ahí donde solo se puede llegar con precisión estratégica.
Pero todo esto solo constituye una parte de la ecuación; la que se refiere al cómo transmitir adecuadamente nuestros mensajes. Que poner en esos mensajes es un tema completamente distinto, que requiere de aún más ingenio y capacidad de análisis.
Creo que tenemos que empezar analizando con más frialdad los intentos anteriores de crear un tercer espacio exitoso. La famosa “ancha avenida del medio” de Sergio Massa es quizás el ejemplo más icónico, del que considero que solo puede sacarse una conclusión correcta: cualquier intento de construir un tercer espacio desde el centrismo ideológico está destinado al fracaso. Quizás ese sea el desafío que Juan Manuel Urtubey intuyó para sí, cuando ratifico su candidatura presidencial esta semana.
Sobran estudios en la Ciencia Política al respecto. En escenarios de polarización política, la mayor parte de la población terminará siendo atraída por uno de los dos polos. Aquellos que conscientemente voten por una opción de “centro” suelen ser muy pocos.
La polarización se alimenta del alto contraste entre los polos, y las poderosas contradicciones políticas e ideológicas entre ellos. Creo, entonces, que cualquier intento de quebrar esa polarización no puede hacerse desde el centro, pero quizás sí pueda ser posible forzando alguno de los extremos.
Nos sorprendió en nuestra última encuesta de diciembre, ver un incipiente espacio creciendo “por derecha” a Cambiemos, capitalizado hasta ahora por dirigentes sin estructuras ni demasiada trayectoria política.
Seguramente esos espacios se alimentan de una disconformidad proveniente del núcleo duro de Cambiemos, y representan de alguna forma, un voto castigo a la coalición gobernante en las PASO y en la primera vuelta.
Sin embargo, la aparición de ese fenómeno demuestra que al forzar ideológicamente uno de los polos, puede que aparezcan terceros espacios con cierta potencia y campo fértil para crecer. Se trata sin dudas de un desafío político inmenso: forzar el crecimiento de nuevos espacios por izquierda o derecha, evitando que la pelea por el “voto útil” elimine por completo los esfuerzos que se puedan hacer.
Pero ahí, precisamente, es donde es necesaria una compleja ingeniería electoral, que permita alimentar nuevas percepciones, y evitar las distorsiones que genera la grieta. Principalmente, la de la necesidad de votar a uno de los dos polos para no ser cómplices con el polo contrario.
Cualquiera que quiera embarcarse en este desafío, debería empezar a trabajar cuanto antes. Es solo cuestión de tiempo para que ambos polos de la grieta desplieguen sus maquinarias electorales y fuercen la polarización en cada uno de los turnos electorales.