Desde los kilómetros de distancia a los que estaba de ella (de una punta de la cancha de Vélez a la otra, porque con mi prima nos tocó al fondo, al fondo), percibí eso. Me acordé de un profesor mío que preguntó una vez para qué ir al teatro ahora que existe el cine. Yo también ayer me preguntaba, mientras observaba a Shakira a través de la pantalla -porque la Shakira verdadera se veía como una pequeñisima muñeca en otro continente-, qué estábamos haciendo anoche todas ahí. Por qué vamos a ver a nuestros artistas en vivo, qué tiene eso que lo hace tan especial. La respuesta, creo, se encuentra en el nombre mismo de la actividad: "en vivo". Hay algo en saber que uno está vivo y presente en el lugar donde su artista favorito está vivo y presente, en ese momento único en la historia de uno, del artista y de la humanidad, en que coincidieron en el mismo lugar, bajo la misma luna. ¿Cuáles son las probabilidades de que eso suceda? ¡Cuán aleatorio! Al igual que en el amor, es un azar que se siente como destino. Yo nací para este momento, fui creada para venir a escuchar hoy a Shakira. La experiencia del vivo -un recital, una obra de teatro o hasta un partido de fútbol- es única porque es, literalmente, irrepetible. Y tomar esa consciencia de momento único nos hace dar cuenta del tiempo, de la finitud. Y eso nos cambia.