El problema es que las nuevas revelaciones le dan otro valor a lo que ya conocíamos, que no encaja para nada con la visión idílica de Donald Trump que algunos de sus entusiastas quieren mostrar, de que él habla para confundir, que es un hábil negociador y que de entrada tiene todo tan claro que no logramos entender. Al final, el animal que caminaba como un pato, era un pato; y el confundido parece ser el propio Trump.
Ahora bien, frente a esto, sus defensores esgrimen con razón que la economía estadounidense se encuentra en un momento brillante. Las cifras de desempleo se encuentran en un piso histórico. En agosto se mantuvo en el 3,9%, creándose 200.000 puestos de trabajo en el mes y los salarios promedio se incrementaron, según el indicador, en US$ 0,10 la hora en el mismo período. Con eso se ubica en US$ 27,16 y acumula un incremento del 2,9% en el año. (La inflación interanual a julio alcanzó a 2,3%).
Si esto es pura magia trumpista es algo que se podría discutir, pero es indudable que la reforma impositiva tiene muchísimo que ver con eso y que los rivales demócratas no se suben a esa victoria y la rivalizan.
Sin embargo, esa reforma impositiva era la gran causa común del Partido Republicano antes de que Trump llegara a la política a sorprenderla, mientras que sus obsesiones como el muro en la frontera con México, las deportaciones de inmigrantes no autorizados y las barreras comerciales, están en mayor medida en el terreno de las amenazas. Esa es la ecuación que hay que comparar con los resultados.
Todo eso lleva a un año electoral donde la política va para un lado y la economía para el otro. A su vez, los candidatos demócratas para las elecciones, teniendo el campo despejado para ubicarse en el centro y cosechar todo el descontento que las actitudes de Trump generan, se tiran cada vez más a la izquierda y se animan a pronunciar una palabra que asusta en los Estados Unidos: socialismo.
No es que no sea un país permeable a la planificación centralizada de la economía, porque el propio Trump representa eso y aún así se lo considera muy tirado a la derecha; es que la palabra en sí mismo el término que ahora muchos demócratas llevan con orgullo es un Rubicón y su uso coloca a la discusión ideológica en un plano muy literal que agita los ánimos.
Todavía le queda al Presidente el problema con 'la trama Rusa', de la que no hay más que pinceladas por ahora insuficientes de parte de la investigación del fiscal Robert Mueller. De nuevo, otro terreno en que Trump, con sus reacciones, abona más la imaginación de los estadounidenses que los hechos conocidos.
Hay un fantasma dando vueltas por ahí, un equivalente al macrista “círculo rojo”, que es el “deep state”, el Estado profundo. Lo que sin ánimo conspirativo llamaríamos la burocracia, cuyo poder fue tan bien descripto una vez por Jonathan Lynn en el libro “Sí Ministro”, pero que en términos de relato trumpista es un gran conglomerado de agentes que no quieren que Trump lleve a cabo el “drenaje del pantano”, del que todavía no vemos más que estas investigaciones y revelaciones que rodean al Presidente, que no parecen tener una conexión con una gran reforma amenazante para esa burocracia.
El resultado que este conflicto entre la economía y la política y también el periodismo, puesto en la picota como “opositor”, pueda tener en las elecciones de noviembre es totalmente incierto. Las predicciones hay que dejarlas para los astrólogos, aunque elijan llamarse “politólogos”, es preferible esperar y ver.