Es conveniente recordar, una vez más, que la política no soluciona problemas individuales, la política apunta a la sociedad como conjunto.
Pues bien: el gerenciamiento o administración de un país exige la condición de “idoneidad” para el ejercicio de un empleo público.
El riesgo de ese requisito es que se confunda la condición política del empleo público reduciéndola a una cualidad meramente tecnocrática, que es la cuestión que plantea Sergio Berensztein en la nota referida.
Podríamos decir, en todo caso, que la cualidad tecnocrática seria condición necesaria, pero insuficiente por sí misma, que parecería ser lo que le cuesta entender a Mauricio Macri, cuando reitera que su gobierno tiene "el mejor equipo de los últimos 50 años."
Está visto que esto no es cierto y se evidencia no sólo su mínima calidad política sino también su escasa eficacia técnica.
El gobierno se esconde en un supuesto gradualismo, pero nunca ha explicado hasta ahora cuál es el sustento cultural del supuesto gradualismo.
El gradualismo exige un plan de gobierno, previamente divulgado: es lo que se debió hacer en los primeros 100 días de gobierno, justamente con un diagnóstico de la realidad del país. El gradualismo político no significa fijar metas sino debido control del proceso que se debió haber puesto en marcha.
Hubiera sido necesario un programa para reducir el déficit fiscal y fijar las prioridades del gasto y el modo de financiación.
Se debió haber pergeñado un programa de administración de subsidios, eliminando lisa y llanamente los subsidios a la oferta indiscriminada y estableciendo un programa de subsidios a la demanda debidamente focalizado por el lapso necesario para que se fuera reduciendo la situación de pobreza, indigencia e informalidad.
No se debe confundir pobreza con una mera cuestión de un determinado ingreso mínimo, en todo caso ese es un parámetro, no el único.
Se debió haber propuesto un programa para producir una profunda reforma legislativa en materia fiscal y laboral que debió incluir nuevas formas de gestión y participación social.
Se debió haber propuesto un nuevo sistema de educación pública que debió fijar como objetivos llevar al mínimo la deserción escolar primaria y secundaria, una adecuada formulación de contenidos y de salidas laborales intermedias y, esencialmente, una recalificación del personal docente y la creación de una verdadera carrera de la docencia.
Creo que es obvio que todo programa se ejecuta gradualmente; ahoram, es imposible hablar de gradualismo sin plan por lo menos conocido. Es un gradualismo a tientas.
Esto explica que el gobierno haya consumido gran parte de su capital político y que la confianza de la gente continúe disminuyendo.
El indicador de la Universidad Di Tella nos dice que en la distribución por nivel de ingresos, la confianza del consumidor bajó 7,1% para el sector de los encuestados con mayores ingresos y cayó 10,1% para los encuestados con menores ingresos, siempre respecto al mes anterior.
Esta pérdida de capital político se debe esencialmente a los propios errores y a no haber tenido conciencia de sus propias limitaciones; lo grave para Macri es que parecería que comienza a arrastrar “Cuesta abajo” a la Mariu.
Como bien lo tiene dicho Ignacio Zuleta, el partido del balotaje fue una coalición muy endeble, prueba de ello es que ganó por mínima diferencia a un candidato de segundo nivel como lo fue Daniel Scioli, pero al final creyó que había sido un triunfo del PRO.
Recordemos que esa coalición tenía un solo objetivo: echar a Cristina.
El gobierno no puede ocultar su soberbia sin causa, su menosprecio por el resto de los integrantes de la coalición, lo que explica que, a la fecha, no haya intentado formar una verdadera alianza política sobre un programa concreto de ideas.
Esta coalición llamada sugestivamente “Cambiemos” parece más bien un encuentro entre “swingers”, en el que los intercambios ocurren para disfrutar el arrope que produce la cercanía al poder. Ello explica las naturales y mutuas cabronadas entre los participantes, lo que, paradójicamente, al final incrementa la sensualidad política que los sostiene.
Claro, si bien vivimos en una época de destape, no toda la ciudadanía admite este juego que pone de manifiesto, una vez más, los apetitos que despiertan las patéticas miserabilidades del poder, de don Hipólito Yrigoyen.
La oposición (peronismo) comienza a vislumbrar que la coalición de gobierno no es invencible, tal como Pierre Corneille le hace responder al personaje Rodrigo, de su obra El Cid, cuando se ve obligado a defender su honor: “Tu brazo no ha sido vencido, mas no es invencible”. (Ton bras est invaincu, mais non pas invincible).