Así, aún en caso de que los propios administradores del Estado se avinieran a dejar afuera a amigos y acomodados que habían metido por las ventanas en mayor cantidad y mejores retribuciones que los simultáneamente exonerados para liberar sillas, los informes estadísticos venideros no se darían por enterados de tal “inmolación”.
Al modo de ver de quién define inversiones que trascienden el día a día, e inclusive el exagerado protagonismo en la vida cotidiana que, a nivel de opinión pública, se imprime a los períodos electorales, al igual que a lo que sucede detrás del mostrador oficial, seguir financiando los desarreglos e inequidades con maquinita y endeudamiento parecería que no da para más.
El “mercado” tomó la decisión de pivotear las especulaciones alrededor del valor del dólar: cuantas más divisas se importen por deuda más capitales se exportarán, o sea que la premisa del riesgo consiste en no convalidar mayor atraso cambiario que el actual, tras la recuperación (devaluación) de diciembre.
Mientras los crecientes intereses del endeudamiento que alimentan el saldo negativo de la cuenta corriente del balance de pagos ya adquirieron una dinámica propia, a la que la política monetaria de Estados Unidos suma incertidumbre por el aumento de la tasa internacional inmanente, la balanza comercial llega a representar un drenaje insostenible de divisas, que las acciones proteccionistas en el mundo tienden a agravar, a punto tal que los europeos volvieron a la carga con las trabas al biodiésel argentino, envalentonados por el bloqueo que los colegas norteamericanos le impusieron haciendo caso omiso, inclusive, al fallo favorable a nuestro país que hace poco había emitido la Organización Mundial del Comercio.
Malos presagios se ciernen sobre el déficit comercial también para 2018, dinámica que la consultora Ecolatina atribuye principalmente a la flexibilización del régimen de administración del comercio, un dólar barato -especialmente en la primera parte de 2017- y la recuperación del PBI.
El saldo negativo en la balanza comercial en 2017 respondió a un crecimiento interanual de 20% de las importaciones (US$66.899 millones) frente a un leve aumento de 1% de las exportaciones (US$58.428 millones).
El camino de reinserción a la economía global que encabeza el presidente, Mauricio Macri "sólo se está materializando por el lado comprador", pone de relieve, y señala que tiene lugar “a contramano, un mundo en donde avanza el proteccionismo -de tintes nacionalistas en Estados Unidos y Europa y de manera industrialista en China-, dificulta el despegue de los envíos al exterior. También impactó la anémica recuperación de la economía brasileña", consideró el informe.
Destaca Ecolatina que el avance de las importaciones estuvo motorizado por los bienes finales, cuya participación de las compras externas totales marcó el registro más alto desde 1994.
"En el último año, el déficit comercial de bienes rozó los u$s 8.500 millones, revirtiendo el superávit alcanzado en 2016, que alcanzaba los u$s 2.000 millones. En 2018, impulsado por el atraso cambiario y el crecimiento económico, el rojo de las cuentas externas se agravará, no sólo en términos nominales, sino también como porcentaje del PBI", pronosticó el informe de Ecolatina.
Radiografía del nomenclador arancelario
El director de Desarrollo de Negocios Internacionales (DNI), Marcelo Elizondo, metió el bisurí en los diversos capítulos del nomenclador arancelario en 2017, y extrajo como resultado que hubo 14 sectores deficitarios y 7 superavitarios.
La primera conclusión estriba en que los productos alimenticios brindaron el principal superávit: US$12.560 millones, seguidos por los vegetales (US$11.205 millones).
Bastante más lejos vendrían las grasas y aceites (US$4.840 millones) y productos del reino animal (US$4.402 millones).
En el desagregado por productos de esos capítulos, surge que los llamados residuos de la industria alimenticia (pellets de soja principalmente) obtienen el mayor superávit individual, con un resultado comercial positivo de US$9.850 millones.
Los cereales (al incluir ambos como en el rubro “vegetales”) dieron US$6.890 millones positivo.
Semillas y frutos oleaginosos (también dentro de vegetales) aportaron US$2.550 millones a favor.
Con bastante menos relevancia les siguen los pescados (con US$+1.850 millones) y las carnes (US$+1.650 millones). Ambos dentro del capítulo de productos del reino animal.
En un plano más estructural, Ecolatina subraya que, mientras las compras externas se recuperan, las ventas no repuntan. Y que esta dinámica no representaría en sí misma un aspecto negativo, sino que podría tratarse de “la contracara del proceso de recuperación de la actividad".
Explica que las importaciones están retornando a los niveles que habían mostrado años atrás, al ubicarse las compras externas del último año 10% por debajo de las de 2013.
Elizondo analiza que sobre el platillo negativo de la balanza importadora los bienes industriales aparecen ejerciendo la mayor presión como resultado global, con las máquinas y aparatos eléctricos y mecánicos a la cabeza (su déficit comercial sectorial es US$-17.120 millones). En orden de importancia le siguen el sector de material de transporte (-8.260 millones).
En cuanto a los productos específicos que los componen, el más deficitario fue el de máquinas mecánicas (US$-8.950 millones), seguido de máquinas eléctricas (-8.450 millones), ambos correspondientes al capítulo de máquinas y aparatos eléctricos y mecánicos.
Los automóviles constituye el tercer producto relevante de ese subrubro deficitario, con US$-7.350 millones en contra. Integra en el nomenclador el capítulo de ‘material de transporte’, que completa material de ferrocarril, de navegación aérea o marítima y fluvial.
Más atrás aparece el déficit del combustible (que llegó a US$-4.050 millones), rubro que se encuentra incluido en el capítulo de los minerales. Integrándole todos los componentes que acompañan al combustible daría US$-3.850 millones).