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La cultura del enojo

Enojo, disconformidad, frustración: unos respecto de Mauricio Macri, otros de los Kirchner, algunos arrastran la condena del 'corralón' de Eduardo Duhalde y otros el 'corralito' de Fernando De la Rúa, hay también para el deterioro sociolaboral con Carlos Menem o la hiperinflación de Raúl Alfonsín: la democracia representativa tiene que plantearse cómo le pagará sus deudas a los ciudadanos, y cómo deja de acumular un pasivo muy abultado que puede llevar a otro 'default' institucional si no hay prudencia, respeto, educación, inteligencia.

No cabe duda que vivimos en una sociedad enojada o si se prefiere disconforme.

Pierre Rosanvallon habla de la “soberanía de la obstrucción” y dice: “La soberanía efectiva del pueblo se afirma, en adelante, mucho más en la modalidad de una sucesión de rechazos puntuales que a través de la expresión de un proyecto coherente”.

Podríamos decir que vivimos en la filosofía del “anti” y la cosa es oponerse, hacer notar la disconformidad mediante la protesta y en casos extremos hasta justificar la violencia, como en cierto modo lo hizo el diputado Gioja cuando fue preguntado sobre los hechos ocurridos en las proximidades del Congreso.

Estos hechos fueron protagonizados por mercenarios de la violencia, debidamente organizados y resultó obvio que fueron “contratados” por la política partidaria con la clara intención de impedir el funcionamiento del Congreso de la Nacion. Los representantes políticos de esos sectores, a su vez interpusieron toda chicana posible al comienzo para lograr que la violencia externa diera sus frutos y la sesión se suspenda.

Alejandro Katz escribió en el diario La Nacion: ”…aparece el verdadero problema: la dificultad de la sociedad argentina para hacer política, es decir, para gestionar el conflicto -de intereses, de valores, de principios- atendiendo al bien común por sobre los intereses particulares”.

Cuando lo particular se fundamentaliza, como es la filosofía, mejor dicho la sofistica “K” y parte de nuestra izquierda, desaparece “lo común” y se pierde la noción de la diferencia, lo que impide “ponerse en la situación del otro”.

“El otro” nos molesta, nos perturba, nos causa enojo y genera el sentimiento de “ira”, se hace necesario suprimirlo lo que nos da el argumento necesario para justificar la violencia y lo que es más perverso equipararla a la protesta social.

Pasa que, en especial, en nuestra sociedad priva desde antaño el espíritu “obstruccionista” del que habló Rosanvallon.

Las últimas generaciones vivimos siendo “anti” y creo que esto explica la sucesión de fracasos del país.

La “obstrucción”, el “rechazo”, son expresiones negativas del hacer humano que reemplazan al “juicio crítico” y nos privan del buen humor necesario para gestionar la conflictividad. Es en definitiva el famosos juego de “suma cero” o directamente “resta”.

Pues bien estos males, patologías o vicios nos afectan a todos.

El gobierno bajo el nombre de esa frágil coalición que es “Cambiemos” pretende imponer los necesarios cambios para modificar nuestro rumbo hacia el futuro sin advertir o entender que todo cambio necesita de docencia previa y de consenso para elegir los medios pertinentes, fijar prioridades y plazos, distribuir los sacrificios y esfuerzos respetando el optimo de Pareto en lo posible.

El gobierno hace mérito de sus rectificaciones pero no advierte que cuando estas se repiten se afecta la calidad de su idoneidad.

El llamado gradualismo pretende hacer virtud de la política del parche, como dice Andrés Malamud, pero el “parche” solo sirve para cubrir emergencias.

En la década del 90 que pudo haber cambiado nuestra historia futura, uno de los errores fue el de no tener parches para los sectores más afectados por los cambios que se promovían y que quedaron a mitad de camino.

Es obvio que nuestra realidad exige que se usen “parches” para compensar a los sectores menos favorecidos de la sociedad y a la vez que se genere una realidad para que todos sin excepción tengan a su alcance las mismas oportunidades.

Para ello es necesario cambiar esta cultura del enojo que no deja de ser una cabal muestra de impotencia política.

No solo los “K” muestran su enojo, también el gobierno se enoja con propios y ajenos y en el fondo ambos tienen algo en común como lo tiene nuestra sociedad que llamaría impaciencia e intolerancia.

Mientras sigamos enojados más difícil será todo y para ello es necesario dejar la soberbia de lado por parte del gobierno.

Porque la responsabilidad es de quien gobierna.

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