El trámite de desafuero del diputado De Vido fue una muestra de la República falsificada, como lo fueron antes los desafueros de Antonio Domingo Bussi y Luis Patti, revocados muy tardíamente por la Corte Suprema o, tal como fue la vana sentencia de la Corte para reponer a un Procurador en la Provincia de Santa Cruz (Eduardo Sosa, separado del cargo en 1995 por Néstor Kirchner, recién en 2009 ordenó reponerlo la Corte Suprema de Justicia de la Nación), o como los diversas modificaciones del número de sus jueces para lograr “mayorías automáticas” o el permanente uso del “desvío de poder” para lograr en nombre del bien común beneficios espurios.
También es cierto que ya varias generaciones nos hemos educado y vivido aceptando esta falsificación y no se puede culpar a una parte de la sociedad, tal como lo hizo Lilita Carrio, como responsables de estos vicios institucionales.
Diputada Carrió Elisa María Avelina - Sesión 26-07-2017
Diputado De Vido Julio - Sesión 26-07-2017
La responsabilidad es de nosotros como sociedad, porque si hay mayorías que, por fatalidad o conveniencia, consideran como válida la muestra falsificada -mal falsificada-, de la República democrática, alguna o muchas cosas hemos hecho mal.
En el caso de De Vido, la ciudadanía lo eligió legítimamente como diputado nacional, no le pesaba inhabilitación alguna. El voto le dio legitimación de origen, por tanto, como lo dijimos en este mismo portal, fue considerado integralmente idóneo, nos guste o no.
A partir de su juramento, solo la Cámara podía ponderar su legitimidad de ejercicio, tal como lo dispone la Constitución Nacional, pero las imputaciones políticas que se le hicieron, ninguna se refirió a su labor como diputado.
Vamos a un razonamiento contrafáctico.
Supongamos que en las pasadas elecciones de 2013 el ingeniero químico Juan José Aranguren, se hubiera presentado como candidato a diputado nacional; supongamos que hubiera sido elegido y supongamos que, por tener varios procesos penales en su contra, la Cámara de Diputados no lo hubiera aceptado por la causa de “indignidad”…
¿Qué hubiéramos dicho? ¿Qué no nos hubiéramos callado?
Más de uno quisiera morderme la yugular por este ejemplo, por considerar que, como personas, De Vido y Aranguren no son comparables, pero desde el punto de vista de la institucionalidad el ejemplo es válido.
No quiero caer en la vulgaridad de decir que unos procesos son reales y los otros fueron armados, porque el argumento políticamente se revierte fácilmente, tal como lo hizo el propio De Vido al considerarse perseguido político, máxime si aceptamos la falsificación de la República.
Políticamente la “dignidad” es un concepto muy equivoco, ya que mas allá de la presunción de inocencia, lo que se debería ponderar es el nivel o grado de sospecha del eventualmente “procesado” y, precisamente, el proceso tiene como finalidad determinar la veracidad de la sospecha. Tal como se ve, caeríamos en un círculo vicioso.
Por eso a los fines de este tema, se debe aceptar el veredicto de las urnas, según solemos decir con extrema solemnidad y mínima convicción.
Debemos comenzar a distinguir entre la falsificación y la institución verdadera, pero para ello debemos aprender a dialogar, a respetar al otro, a no usar el insulto o agravio como argumento y esencialmente aprender a conformar consensos, que no es tarea sencilla.
La decencia no se declama, se percibe; y en el debate legislativo creo que todos, hasta Sandra Mendoza en su extravagante discurso, declamaron sobre la propia decencia.
Diputada Mendoza Sandra Marcela - Sesión 26-07-2017
Lady Macbeth se debe haber regocijado… le rendimos un merecido homenaje, perdiendo políticamente un tiempo precioso por una mera falsificación de pésimo gusto.