Desde lo estrictamente boxístico, Maravilla estuvo ausente del cuadrilátero. Por lo menos el Maravilla que le ganó a Chávez Jr. En ningún round penetró la guardia pétrea del británico. Tampoco fue capaz de aplicarle un solo golpe que conmoviera a su rival, quien nunca modificó su plan de pelea y fue al frente durante las doce vueltas. Maravilla pretendió dar una exhibición con la guardia baja, pero luego al recibir una contundente serie de precisos derechazos, optó por recuperar la ortodoxia para evitar un papelón mayor. En el octavo, el Murray lo volteó y esa diferencia de dos puntos no pudo descontarla, por más que en los últimos dos rounds se abalanzara sobre Murray con más fervor que golpes, alentado por un público desesperado que gritaba “Argentina, Argentina” como si el país estuviera al borde de una invasión extranjera.
El espectáculo estuvo armado en sintonía con el relato oficial que pretendía vender el gobierno kirchnerista. Un campeón argentino versus un retador británico. Otra vez la Patria contra el pirata inglés. La jugada propagandística buscó instalar en el imaginario colectivo la guerra de Malvinas. Maravilla nos iba a permitir -aunque sea por unos minutos- reconquistar lo perdido, tomarnos revancha como cuando Maradona les hizo el gol con la mano a los ingleses en el Mundial de 1986. De ahí el discurso patriotero de los periodistas que instaban a forzar la coloratura de la pelea que no era más que eso: una pelea de boxeo, pero esta vez mezclada con la política por obra y gracia de un gobierno interesado en entretener a las mayorías. Pan y circo para todos. Y todas.
Nada estuvo librado al azar en Vélez. Maravilla subió al cuadrilátero acompañado por el cantante René Pérez del grupo portorriqueño Calle 13, al ritmo de una canción cuya letra reivindica la ideología de los regímenes populistas del continente. Y el Himno Nacional fue interpretado por Bajo Fondo liderado por Gustavo Santaolalla, un ultracristinista que insiste con la re-reelección de la actual Presidenta, aunque ello implique un atropello a la Constitución.
En ese contexto se desarrolló la pelea que ganó Murray en el cuadrilátero y perdió en las tarjetas. Maravilla deberá replantear su carrera. Con 38 años y un físico que muestra preocupantes señales de agotamiento, no le queda demasiado margen para espectáculos organizados a su conveniencia y a la medida del relato oficial. Esgrimir la quebradura de su mano izquierda, suena a escusa tendiente a disimular el resultado adverso. La pelea mostró a Maravilla lejos de la solvencia que las circunstancias exigían. Y eso es lo que debe evaluarse. Si se quebró y eso influyó, es harina de otro costal. El resultado final es el que vale y las tarjetas no lo tuvieron en cuenta.
En síntesis, el kirchnerismo sigue siendo un relato, la cara de Maravilla Martínez después de la pelea.
LA SOLANO LIMA