Cristianizado en siglo I, Mónaco permaneció bajo dominio romano hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, en 476.
Luego lo ocuparon ligures, genoveses y gibelinos (enfrentados a Papa), quienes comandados por Fulco del Cassello construyeron, en 1215, una fortaleza en Mónaco, llamada La Roca, lla inicio de la historia moderna del Principado, punto estratégico para controlar la región frente a sus rivales en el Sacro Imperio Romano Germánico, los güelfos (pro Papa).
Para atraer a los habitantes de Génova y de las ciudades próximas, ofrecieron tierra y exoneraron de impuestos a los nuevos pobladores. Es otro dato relevante.
Pero el 8 de enero de 1297, el güelfo François Grimaldi anexionó la fortaleza por la fuerza. Los güelfos fueron más tarde derrotados y François expulsado de Mónaco por los genoveses, en 1301. La familia Grimaldi se alió entonces con el Rey de Francia.
Sin embargo, un primo de François, Rainiero I Grimaldi, al servicio de Felipe I el Hermoso, comandando una flota de galeras, venció a los holandeses en la Batalla de Zieriksee en 1304, fue nombrado almirante de Francia, y a través de su hijo, Carlos I Grimaldi, fundó una dinastía que serviría a la monarquía francesa durante los siglos siguientes.
Carlos I ocupó Génoca el 12 de septiembre de 1331 y se autoproclamó Señor de Mónaco en 1342. Pero en 1357 falleció durante el sitio del genovés Simón Boccanegra. La totalidad del principado pasó a Génova, a excepción del Señorío de Menton, defendido por Rainiero II, el hijo de Carlos.
Los hijos de Rainiero II, Ambrosio, Antonio y Juan, retomaron La Roca y se convirtieron todos en co-señores.
Juan conservó Mónaco y La Condamine. Su nieta, Claudina Grimaldi, fue desposada en 1465 por Lambert Grimaldi d'Antibes, quien en 1489 obtuvo el reconocimiento de su independencia por el rey de Francia y el duque de Saboya. Génova intentó un último sitio en 1509, pero terminó renunciando a Mónaco.
Pero La Roca siguió cambiando de manos, segun pasaron los siglos.
Hasta 1847, el principado de Mónaco ocupó una superficie total de 24 km2, sumando 3 comunas: Mónaco), Roquebrune (hoy Roquebrune-Cap-Marin) y Menton, la parte más vasta y rica del principado, con sus cultivos de cítricos y olivos.
Sin embargo, durante el movimiento revolucionario de 1848, Menton y Roquebrune se proclamaron "ciudades libres" bajo la protección del Reino de Cerdeña.
En negociaciones posteriores, Piamonte-Cerdeña cedió a Francia las ciudades de Niza, Menton y Roquebrune, acción ratificada por el Tratado Franco-Monegasco de 1861.
Mónaco quedó libre de toda protección de Francia o Italia.
El príncipe Carlos III tuvo la idea de crear el Casino de Montecarlo (el juego de azar era ilegal en Francia e Italia), cuyos dividendos permitieron al principado desarrollarse rápidamente.
En 1863 le otorgó el privilegio de explotar el Casino, los hoteles y el Teatro a François Blanc, fundador de la Sociedad de Baños de Mar del Círculo de Extranjeros.
En 1866, Carlos III renombró al antiguo barrio de Spélugues como Montecarlo en su propio honor.
La puesta en marcha del ferrocarril Niza-Ventimiglia en 1868 afianzó la prosperidad. El príncipe también fundó la Oficina de Correos, que comenzó a editar sus propias estampillas en 1865, y obtuvo de la Santa Sede la creación de un obispado.
En 1869, Carlos III eliminó los impuestos de bienes personales y mobiliarios, provocando una intensa actividad de construcción.
El primer Rally de Montecarlo tuvo lugar en 1911 y el primer Grand Prix automovilístico en 1929.
En 1911 la monarquía absoluta mutó en monarquía constitucional en Mónaco.
En julio de 1918, se firmó el Tratado de Versalles, acordando una protección limitada del principado por parte de Francia pero la política de Mónaco no podría oponerse a los intereses políticos, militares ni económicos de Francia.
En 1922, el principado perdió su monopolio de los juegos de la Costa Azul.
Adolf Hitler ordenó la invasión de Mónaco por el ejército alemán en septiembre de 1943. El gobierno fue colaboracionista con los nuevos ocupantes. Mónaco fue liberado por tropas de USA al final de la guerra.
Hoy día, los integrantes más destacados de la familia principesca son:
> Alberto II, príncipe soberano de Mónaco, hijo y sucesor de Rainiero III y de Grace Kelly de Mónaco.
> Charlene Wittstock, princesa consorte de Mónaco, tras contraer matrimonio con Alberto II de Mónaco el 1 de julio de 2011.
> Carolina de Mónaco, hermana mayor de Alberto.
> Estefanía de Mónaco, hermana menor de Alberto.
> Andrea Casiraghi, Carlota Casiraghi y Pierre Casiraghi, hijos de Carolina de Mónaco y de Stéfano Casiraghi.
> Es objeto de polémica el origen de Alexandre Coste y de Jazmín Grace Rotolo, hijos ilegítimos de Alberto II de Mónaco con sendas amantes, reconocidos recientemente.
En caso de que Alberto de Mónaco muera sin descendencia legítima, Carolina de Mónaco sería la sucesora.
Alberto II planificaba un boom inmobiliario con nuevas tierras ganadas al mar que harían el barrio Nº11 de la ciudad, bautizado Le Portier (El Portuario), que serían rematadas en 2014. Pero en su discurso de Año Nuevo en 2009 dijo que esos planes eran suspendidos a causa de la situación económica mundial.
Al anochecer de un día gélido de enero, dos Rolls Royce (uno matriculado en Bahamas, el otro en Mónaco) circulan por la plaza del casino de Montecarlo, barrida por el viento. Hay pocos transeúntes. Tres hombres con pinta de eslavos, uno de ellos enfundado en un abrigo de astracán, cruzan hacia el paseo que bordea el puerto. La plaza brilla iluminada por las luces del Hotel de París, el casino y el Café de París, con sus escaparates de tiendas lujosas.
Toda la magia de Montecarlo se concentra en estos pocos metros cuadrados: los que van del mar al hotel Hermitage, que se alza un poco más lejos. Este pedazo de Mónaco es casi la única seña de identidad en pie de los tiempos gloriosos del Principado. Cuando los ricos del mundo se dejaban caer por el casino, y probaban suerte en la ruleta, bajo las deslumbrantes arañas. Hoy la piqueta amenaza a algunos de los edificios art déco, porque el espacio vale aquí millones. Comprar un apartamento (con precios medios de 40.000 euros el metro cuadrado) es prohibitivo, pero también un negocio seguro.
El sector inmobiliario no decae, alimentado por el dinero de los superricos, incluidos antiguos dictadores, como el tunecino Ben Ali, que poseía un edificio entero en el Principado. Los rascacielos surgen entre las villas antiguas, con un cierto desorden, complicando un poco más el trazado enrevesado de la ciudad: un entramado de túneles y pasos subterráneos, de calles a distinto nivel unidas por escalinatas y ascensores.
“Somos una especie de Hong Kong mediterráneo, es cierto”, reconoce una monegasca. Un Estado de juguete, con apenas dos kilómetros cuadrados de superficie, donde viven, siquiera nominalmente, casi 36.000 personas. Mónaco es único. Una Babel con gente de más de 120 países, con el catolicismo como religión de Estado, sin conflictos de ningún tipo, porque el dinero engrasa las relaciones en este lugar con la mayor densidad de ricos del mundo.
Aquí el dinero se siente acompañado y seguro. Cualquier señora que coge el autobús lleva zapatos de Louboutin y un bolso de Prada colgado del brazo. “No todos somos ricos. Yo no lo soy, ni frecuento a los millonarios”, protesta Benito Pérez-Barbadillo, uno de los 284 residentes españoles en el Principado. Casi todos veteranos, porque la actual legislación obliga a tributar en España los cinco primeros años de residencia. Llegó hace 16 años, para trabajar en la Asociación de Tenis Profesional (ATP), y terminó montando su propia agencia de comunicación, Communications & Sport Marketing, con una cartera de clientes que incluye a Rafael Nadal.
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Del país de adopción tiene pocas quejas. Si acaso, le molestan las prebendas de los monegascos, apenas 8.000 personas, que son por ley los primeros en las listas de contratación de personal. Casi todo lo demás le encanta. “El clima es agradable, y la seguridad, total”. Un servicio a coste cero porque en Mónaco no hay impuestos directos, ni están tasados los beneficios de las empresas, siempre que las tres cuartas partes de las ganancias se produzcan en el territorio. “Para mí eso no es lo importante”, dice Pérez-Barbadillo, que tenía entre sus clientes, hasta el año pasado, a Novak Djokovic, otro monegasco adoptivo.
La añorada Grace
La boda de Rainiero III con la actriz estadounidense Grace Kelly marca uno de los momentos álgidos en la historia del Principado de Mónaco. La estrella de Hollywood aportó grandes dosis de ‘glamour’ y, según las malas lenguas, dinero a las arcas algo maltrechas del país. La princesa se convirtió en un adalid de las causas caritativas, colocó en primer plano a la Cruz Roja monegasca, que estrenó en sus años una magnífica sede, y proyectó sobre el Principado una imagen exquisita de juventud, bondad y belleza. Los tres hijos de la pareja principesca, Carolina, Alberto y Estefanía, pusieron broche de oro al Mónaco de postal, que se ha quedado vieja.
El número uno del tenis mundial tiene en el Principado un confortable refugio donde vive con su novia, Jelena Ristic, y sus dos perritos. Aunque los premios de las competiciones están sujetos a la tasación fiscal del país donde se reciben, Novak disfruta del nulo peso impositivo del Principado sobre su considerable fortuna, y del olvido de los periodistas. Más o menos las mismas ventajas que han encontrado otros colegas de la raqueta como Caroline Wozniacki, ex número uno del tenis femenino; el croata Ivan Ljubičić, el checo Radek Štěpánek o el sueco Robin Söderling.
La patria monegasca es cálida, acogedora y productiva. Y después de todo, ellos viven en el avión. Igual que los británicos David y Frederick Barclay, dueños de un emporio de prensa en Reino Unido y de un conglomerado hotelero. Los hermanos gemelos Barclay, ya septuagenarios, tienen dirección postal en La Montagne, su hogar monegasco, aunque son dueños también de un gigantesco castillo de falso estilo gótico en una pequeña isla del canal de la Mancha. En Mónaco acaban de nombrarles embajadores itinerantes del país.
Alberto II, el actual soberano, que cumple el mes que viene 54 años, mima a los supermillonarios. El príncipe vive pendiente de las cumbres del clima y de los grandes eventos deportivos, como el Grand Prix de fórmula 1 o el centenario Master de Tenis, que son imagen de marca del Principado. Pero también está atento a los negocios. Supervisó personalmente el acuerdo que ha convertido al magnate ruso Dmitry Rybolovlev, residente en el Principado, en principal accionista del club de fútbol local, el AS Mónaco, en el que ha invertido 100 millones de euros.
Británicos, rusos y libaneses – como el inversor Toufic Aboukhater, comprador reciente de una serie de hoteles Intercontinental, entre ellos el de Madrid– han sentado sus reales en Mónaco. También la millonaria alemana Vanessa von Zitzewitz, tercera esposa de Juan Villalonga, expresidente de Telefónica, con la que se casó en Mónaco en 2010, que se dedica a la fotografía. Aquí ha ido envejeciendo tranquilo el actor británico Roger Moore, y aquí tenía su domicilio el tenor Luciano Pavarotti, aunque el fisco italiano lo persiguió con saña, convencido de que vivía en su mansión del lago de Garda y Mónaco era solo su dirección postal.
En Mónaco residió Luciano Pavarotti y viven hoy Novak Djokovic, Roger Moore y varios millonarios rusos
“Nosotros desaconsejamos esa fórmula de residencia solo nominal. Entre otras cosas, porque queremos que los ricos vivan aquí y consuman”, protesta el consejero (ministro) de Finanzas y Economía del Principado, Marco Piccinini. El consejero, romano de casi 60 años, vive en Mónaco desde la adolescencia y ha tenido el honor, explica, de que el príncipe le concediera la nacionalidad monegasca. Piccinini, que usa gafas de hipermetropía y viste traje ligero en beis tostado, tiene una elocuencia persuasiva, digna de un monseñor vaticano.
Todo en su conducta parece ajustarse a un protocolo largamente estudiado. Desde el tiempo que hace esperar a la periodista hasta la interrupción, una vez comenzada la entrevista, para firmar una pila de documentos “urgentísimos”. Su despacho, amplio y un poco desordenado, está presidido por una fotografía de Alberto II y la bandera del Principado.
Antes de llegar a ministro, ha sido director deportivo de Ferrari y miembro del consejo de administración de la gran empresa nacional, la Société des Bains de Mer (SBM), que gestiona los principales establecimientos turísticos de lujo, incluido el casino, en la que el Estado monegasco, que es tanto como decir los Grimaldi, posee el 69% de las acciones.
La sociedad financia también instituciones culturales como los ballets de Montecarlo, la ópera local y la orquesta filarmónica. El edificio del Gobierno (hay cinco ministros en total) está en la Roca, el promontorio donde se alza el Mónaco viejo, y el palacio principesco, con un aire a parque temático que cautiva a los siempre deseados turistas.
La clave fue el casino
Aunque el país existe como tal desde el siglo XIII, cuando Francesco Grimaldi, alias ‘Malizia’, un bucanero derrotado por la familia Doria en Génova, tomó la ciudadela disfrazado de monje, el príncipe Carlo III fue el verdadero inventor, a finales del siglo XIX, del paraíso fiscal monegasco. El país había perdido gran parte de su territorio y había que encontrar alguna forma para salir adelante. Su idea estaba clara: convertir el Principado en un refugio selecto para los más ricos. Así surgió la Société des Bains de Mer (SBM) para gestionar las joyas que fueron surgiendo en el nuevo barrio de Montecarlo.
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En 1863 se inauguró el casino en el actual edificio (en la imagen), gestionado por dos franceses: los hermanos Blanc, y el Hotel de París, el colmo del lujo y del refinamiento. Más tarde, un modesto hotel, el Hermitage, fue transformado y convertido en un cinco estrellas, cerrando así el cuadrado de oro del Principado. Paralelamente comenzó el ‘boom’ del ladrillo, que no ha dejado de crecer pese a la angustiosa falta de terreno.
Un hábil empresario, Jean-Baptiste Pastor, monegasco de origen catalán, fue comprando las huertas y las casitas que había al borde del mar, dispuesto a levantar en su lugar grandes y lujosos edificios que permitieran a los más ricos instalarse en Mónaco o pasar en él unas vacaciones inolvidables.
El éxito del casino fue tal que el príncipe optó por liberar de cargas fiscales a los residentes. Así creció la fortuna de Mónaco. La SBM sigue siendo un puntal económico del Principado y, con 3.000 trabajadores a su cargo, el mayor empleador del país. Los Pastor se han convertido en un gigantesco clan que controla construcción, seguros, servicios inmobiliarios…
“Pero la fuerza de Mónaco está en una economía diversificada que se apoya en varias patas. Los servicios financieros, el casino, el turismo, el sector inmobiliario. Tenemos también un sector industrial que produce piezas de excelencia en componentes del automóvil”, explica el responsable de las finanzas. Los ricos son bienvenidos, claro que sí, pero no a cualquier precio.
“En Mónaco, uno no puede comprar una sociedad a través de Internet. No queremos sociedades que sean una mera dirección postal, queremos que haya actividad real. El dinero no viene a esconderse a Mónaco. Aquí el que quiere venir a residir lo hace abiertamente, notificándolo en su consulado”.
Y aspirantes a una dirección en Mónaco no faltan, porque, además de no recaudar impuestos, es un lugar seguro como una caja fuerte. Con cámaras de vídeo en cada esquina y más de medio millar de policías, en el Principado la cifra de delitos contra la propiedad es insignificante. Aquí pueden lucirse sin miedo diamantes y bolsos de pitón, o dejar abierto el deportivo en la calle.
Pero este paraíso del lujo parece haber dejado atrás sus mejores tiempos y lucha ahora por reinventarse como guarida de una nueva generación de fortunas surgidas del deporte, o llegadas de Oriente, que consumen de otra manera y no se sienten atraídas por la ruleta. Pensando en ellos se han abierto restaurantes asiáticos y cuatro casinos al estilo de Las Vegas, con moquetas llamativas y máquinas tragaperras. Pero la competencia es fuerte. El dinero tiene muchos sitios a los que emigrar. En Reino Unido, los millonarios pueden eludir al fisco inscribiéndose allí como residentes no domiciliados.
Una oferta especialmente tentadora para los franceses, porque vivir en Mónaco no les libra de pagar impuestos en Francia. Pese a ello, son mayoría en el Principado y tienen un papel relevante. Teóricamente, tras el cambio de la Constitución monegasca, en 2002, y la modificación de un par de tratados con Francia, ya no es obligatorio que el jefe del Gobierno sea francés, como en el pasado.
Aun así, el príncipe Alberto ha escogido para el cargo a Michel Roger, un antiguo asesor del ex primer ministro galo Jean-Pierre Raffarin. Son franceses también el ministro del Interior, el jefe de Policía, el fiscal general, un largo etcétera de jueces, además del director de los servicios fiscales. Francia, con la que existe unión aduanera, está detrás del Principado allá donde se mire. Mónaco no puede despegarse del poderoso vecino con el que comparte idioma y frontera, hasta el punto de parecer un peculiar añadido, un Estado un poco ficticio, pese a su pertenencia a las grandes instituciones internacionales.
Y poco importa que la mayor parte de la cúpula dirigente carezca de derecho al voto, reservado a los monegascos, que eligen cada cinco años al Consejo Nacional (parlamento unicameral). El verdadero poder lo ostenta Alberto II Grimaldi, que designa al Gobierno.
Como dice el ministro de Finanzas, “Mónaco existe porque existe el príncipe”. Y el príncipe parece una figura intocable. Al menos para la prensa local. Una tímida crítica a su alteza le costó el cargo, en 2006, a Didier Laurens, entonces director de Monaco Hebdo, principal periódico del país. Periodistas del semanario dicen que el despido se debió a desavenencias con el propietario, Antonio Caroli, uno de los grandes de la industria de la construcción monegasca.
Los Grimaldi inventaron la fórmula de éxito: lujo, casino, paraíso fiscal. Pero las cosas están cambiando. El juego genera hoy apenas el 3% de la riqueza.
Los Grimaldi son la historia de Mónaco. Los que mantuvieron su delicada independencia e inventaron la fórmula del éxito que ha funcionado hasta ahora: lujo, casino, paraíso fiscal. Pero las cosas están cambiando.
El juego genera hoy apenas el 3% de la riqueza, frente al 15% que aportan los servicios financieros. Un sector que gestiona unos 75.000 millones de euros y que ha levantado siempre muchas suspicacias. “Son estereotipos sobre Mónaco. Aquí está todo controlado, los bancos, las agencias inmobiliarias, los intermediarios financieros. Y tenemos muchos contactos con la banca de Francia”, subraya el ministro Piccinini.
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Un informe del Parlamento francés de 2000 desató la alarma sobre la escasez de controles del Principado a la hora de impedir el blanqueo de dinero. Y hubo que reforzar la vigilancia. Dos años después, dinero del caso Parmalat, un sonado escándalo financiero italiano, fue localizado en el Principado.
En septiembre pasado, el exministro de Energía ruso, Evgeny Adamov, fue juzgado por un tribunal monegasco, acusado de haber colocado nueve millones de dólares extorsionados al Estado ruso y a los estadounidenses. Los jueces no hallaron pruebas para condenarle. “No somos perfectos”, dice el ministro de Finanzas. “Pero la justicia actúa, ya lo ve”.
El país que no ama los impuestos
En Mónaco no existe la menor conciencia de que no pagar impuestos sea algo anómalo. El ministro de Finanzas, Piccinini, tiene además a mano su propia argumentación. “Los impuestos se crearon en Europa y en Estados Unidos para financiar la Primera Guerra Mundial y las guerras coloniales. Lo cruel es que los ricos pagaban y los pobres combatían”.
Lo cierto es que en Mónaco se aplica el IVA. Y las tasas en el fabuloso negocio inmobiliario son esenciales en las cuentas del Principado. Mónaco figuró hasta 2009 entre los paraísos fiscales “no cooperadores”, según la OCDE.
Una lista negra de la que salió tras firmar 12 acuerdos de cooperación bilateral. “La mitad con países considerados paraísos fiscales también”, dice el portavoz de los inspectores de Hacienda españoles, Francisco de la Torre.
“Mónaco ha sido durante décadas un lugar opaco. Con el casino más importante de Europa, que permitía camuflar como ganancias del juego el dinero ‘negro’, y un país sin registro de sociedades, además. Lo que pasa es que han sabido darse una imagen distinta, con sus premios deportivos y sus princesas”.
Es cierto que el Principado no quiere problemas ni verse envuelto en asuntos feos. Robert Eringer, periodista, escritor y supuesto exespía estadounidense, en otro tiempo amigo personal del príncipe y hoy enemigo jurado, ha contado que Alberto requirió sus servicios para impedir que la mafia rusa se colara en Mónaco. ¿Verdad? ¿Mentira?
“Aquí todo es bastante opaco”, dice Henri Taddone, sentado muy digno ante la mesa de despacho en una de las salas de la Union de Syndicats de Monaco (USM), de cuya dirección colectiva, y rotatoria, forma parte. En la entrevista le acompaña otro colega de la dirección sindical, Jean-Paul Hamet, bretón, antiguo cocinero de la Société des Bains de Mer. Los dos se quejan de que el Mónaco opulento esconda algunas mezquindades.
“No hay escala salarial. Se cobra el salario mínimo francés, 9,22 euros la hora, más una bonificación del 5%, pero en Francia rigen las 35 horas y aquí se trabaja 39”. Y los mejores trabajos son para los nacionales del país, que copan casi los 6.000 puestos de funcionarios.
La sede sindical está en un extraño edificio sobre la estación subterránea de Mónaco, el lugar más concurrido del Principado a eso de las seis de la tarde, cuando los que hacen funcionar el país regresan a sus casas, en Menton, Niza o Ventimiglia.
El británico Matthew Stanton es uno de ellos, aunque no es un trabajador cualquiera, sino el responsable de la firma de yates Sunseeker Monaco, con oficina en Rue Grimaldi. Una firma que vende yates majestuosos, como uno de 34 metros de eslora, de 10 millones de euros. Dice Stanton que, pese a la crisis, siguen recibiendo pedidos, “de rusos, asiáticos y también de checos”.
Y es que la crisis no ha tocado a las firmas de lujo. “Pero ha dejado a trabajadores sin empleo. Lo que pasa es que aquí no hay parados, porque se inscriben en las oficinas de desempleo de Francia e Italia”, proclaman los dos sindicalistas de la USM. Algo así no pasaba en sus tiempos en la época de Rainiero III, conocido como el patrón.
“Una persona dictatorial, que trataba con mucha dureza a su hijo”, comentan.
Alberto II se enfrenta ahora al gran reto de mantener aquel éxito. Y aunque el negocio va viento en popa, el príncipe debería estar atento.
“A Mónaco puede pasarle como al jerez”, dice Pérez-Barbadillo. “Triunfaba en el mundo, hasta que llegó una generación que bebía otras cosas”.