El secreto de Salomé, una joya de la ciencia
NAIROBI, KENYA. (Especial de Crónica, El Mundo) El habitáculo que Salomé Simon llama hogar es una choza destartalada, pintada de verde menta y con el techo de lata, debajo del cual comparten el mínimo espacio dos camas, de comodidad sorprendentemente distinta. Una de ellas es un modelo casi al estilo recargado de Barbara Cartland (la Corín Tellado británica); la otra es baja, sencilla y dura, y ahí es donde Salomé lleva a cabo su trabajo como prostituta keniata por menos de un euro el servicio.
Los clientes locales no son los únicos interesados en sus favores.Para los científicos occidentales y los investigadores médicos, Salomé es un espécimen humano de un valor potencialmente incalculable.A pesar de ejercer su oficio durante más de dos décadas en un país azotado por el sida, esta mujer no ha contraído todavía el VIH, y todos los estudios creíbles de su caso apuntan hacia una posible inmunidad. Si pudiera identificarse el secreto de su inmunidad y sus ingredientes lograran ser reproducidos en un laboratorio, el mundo podría acercarse vertiginosamente al desarrollo de una vacuna eficaz contra el mal.
Pero el cuerpo de Salomé ha elegido no desvelar sus misterios con tanta facilidad.El doctor Larry Gelmon, coordinador de un equipo de investigación canadiense, al cargo de su caso y del de otras tantas prostitutas de Kenia que parecen resistirse a la infección del sida, habla en estos términos de las incógnitas del caso Salomé: «Resulta desconcertante, tentador y desesperante, pero estamos seguros de que la respuesta se encuentra oculta en algún lugar».
El índice del contagio de sida en Kenia es el más elevado de todo el mundo. En los últimos años, la cifra ha llegado a superar el 25% de la población general, aunque se calcula que ahora se encuentra en un 15%. Entre las mujeres que venden su cuerpo, los niveles de infección alcanzan el 80%. Lo que acentúa, si cabe, el aura de protegida de Salomé, quien ha visto cómo decenas de compañeras de profesión han ido quedándose en el camino.
Vestida con una bata de estampados luminosos y zapatillas deportivas negras, Salomé, de 45 años, no parece muy diferente a las miles de otras mujeres de los abarrotados suburbios de Majengo, a las afueras de Nairobi. Esta palabra significa ciudad de chabolas en suajili, y el nombre le queda que ni pintado; las calles sin pavimentar son estrechas y peligrosas, las pequeñas cabañas están destartaladas, el aire apesta y la atmósfera, al menos para los de afuera, es de lo más amenazante.
Desde hace más de 20 años, Salomé trabaja aquí por unos precios de miseria. Al día consigue una media de cinco o seis clientes.Los días con suerte, hasta 10. En el transcurso de su carrera, calcula que habrá mantenido relaciones sexuales con más de 50.000 hombres. Los encuentros son básicos, de una duración de unos dos minutos, pero le proporcionan unos 7.000 chelines keniatas al mes (108 euros), algo que, en este vecindario, es un salario decente.
«No me gusta mi profesión, pero soy una mujer de negocios», me explica, sazonando sus palabras con una carcajada desbordante, «y tengo que pensar en el dinero. Probé a trabajar en un tenderete, pero era mucho peor».
El interés de los científicos por ella parece divertirla. Dice que, si se hiciera famosa, le gustaría irse de Majengo y comprar una casa en algún otro sitio. Las primeras pruebas del fenómeno de su inmunidad aparecieron por vez primera a finales de los años 80, cuando un equipo de investigadores médicos canadienses que estudiaban las infecciones de transmisión sexual en Nairobi se dieron cuenta de que un pequeño número de prostitutas locales, a pesar de parecer susceptibles a otras enfermedades venéreas, como la sífilis y la gonorrea, no contraían el virus de inmunodeficiencia adquirida.
Por aquel entonces el virus comenzaba a barrer el Africa subsahariana, cambiando la percepción del mundo sobre esta enfermedad y dándola a conocer como la plaga gay que acababa con millones de personas a su paso.
La prostitución en Kenia es un negocio improvisado, principalmente practicado en las zonas rurales donde estacionan los camiones y en las chabolas más pobres, como la de Salomé. Las nociones educadas y desarrolladas del sexo seguro tardaron mucho en llegar hasta allí. «En Kenia nadie utilizaba el preservativo», explica la doctora Elizabeth Ngugi, especialista en sanidad comunitaria de la Universidad de Nairobi. «Los keniatas practican el sexo nyama kwa nyama, cuerpo a cuerpo, e incluso cuando este anticonceptivo hizo su aparición, preferían pagar más para no utilizarlo. Así que la mayoría de las mujeres mantenían relaciones sexuales desprotegidas, y el virus se extendió como la lava».
Sentada en un taburete de madera a la puerta de su chabola (señal de que está disponible), Salomé ha visto a muchas de sus compañeras prostitutas enfermar y morir. «Sabía que estaba ocurriendo algo malo, perdí a amigos y vecinos. A veces me preguntaba por qué no me pasaba a mí». El mismo interrogante que se planteó el equipo de la Universidad de Manitoba, que ha establecido una pequeña base para estudios de grupo en Majengo. El director del proyecto, Frank Plummer, ahora eminente director del Centro de Prevención y Control de Enfermedades Infecciosas en Ottawa, se quedó asombrado ante los descubrimientos. «Se veía muy claro que cierto número de mujeres resultaban básicamente inmunes al virus del sida, algo que quedaba fuera de las posibilidades estadísticas que se tratase de buena suerte, sin más. Su exposición ha sido a gran escala, pero hay algo en sus sistemas capaz de reconocer y destruir al virus».
#Sida entre barracones
¿De qué se trata? ¿Cómo actúa? ¿Por qué si la prueba de la inmunidad humana al sida se encuentra en los barracones destartalados de la ruinosa Majengo le ha costado al mundo tanto tiempo despertar a este hecho? La urgencia y el ritmo de las investigaciones en Nairobi no se empezó a acelerar hasta hace tan sólo unos años.La fundación caritativa de Bill Gates otorgó el año pasado una donación multimillonaria en libras, y otras cuantas organizaciones de todo el mundo han actuado de manera similar, incluyendo el Wellcome Trust británico, la fundación más rica en el campo de la medicina.
En la Universidad de Nairobi se han creado nuevos laboratorios dedicados a este estudio, pero aún así los inconvenientes son numerosos. El VIH, el virus causante del sida, ha demostrado ser un enemigo desalmado, adaptable y astuto, y la certeza inicial de que la ciencia encontraría un remedio parece haberse evaporado.Las mujeres, casi todas analfabetas y atrapadas en una cultura que las minusvalora, no son la muestra de estudio más sencilla.La mayoría de ellas están consideradas como testigos no fiables de sus propias vidas, y con frecuencia terminan por abandonar el proyecto y marchar a otras ciudades. No obstante, sí se han podido descubrir algunas pistas.
Parece, por ejemplo, que la mayoría de las mujeres inmunes mantienen un vínculo genético, pero estos lazos no producen un patrón definitivo ni la garantía de que la inmunidad pueda heredarse. Una de las hijas de Salomé falleció hace poco a causa del sida. También resulta extraño que la inmunidad se desvanezca si se detiene la actividad sexual. Las pruebas sanguíneas han demostrado que las mujeres que han tomado un descanso en su trabajo, como suele ocurrir con las prostitutas de Nairobi -cada año regresan a sus aldeas-, sufren un acusado descenso de su respuesta inmune.
Algunas han contraído el virus al regresar al trabajo. «La conclusión es que se encuentran más protegidas cuando sus sistemas se encuentran bajo amenaza constante», explica el doctor Plumier. «Cuando sus defensas no tienen contra lo que luchar, disminuyen». Y la inmunidad de la mujer no es absoluta. Cuando se introduce el VIH en sus muestras de sangre, se contagia como ocurriría en situación normal.
Tal vez lo más sorprendente del caso de las prostitutas de Nairobi sea que parecen estar protegidas al contagio del VIH sólo a través del sexo. «Esto nos hace pensar que la clave de la inmunidad puede encontrarse en sus tractos genitales», añade Richard Lester, especialista de enfermedades infecciosas unido al equipo. «El virus entra en los cuerpos, pero antes de llegar a la corriente sanguínea es identificado y eliminado. En inmunología, el primer lugar donde suelen buscarse respuestas es en la sangre, y tal vez éste haya sido el error. Nos hemos centrado durante demasiado tiempo en algo equivocado. No hay nada extraño en la sangre de estas mujeres, pero tal vez tenga algo que ver con sus vaginas».
Una explicación posible es que el tracto genial femenino de estas mujeres keniatas, estimulado por el exceso de actividad sexual, haya desarrollado unos anticuerpos poderosos capaces de destruir el VIH. Y si el exceso de actividad sexual es lo que los científicos esperan estudiar, no hay lugar mejor donde fijarse que en los microburdeles de una ciudad de chabolas en cualquier ciudad africana.
Salomé creció en Bukoba, un pequeño pueblo de la vecina Tanzania, donde se casó y tuvo tres hijos. Cuando su marido la abandonó, se trasladó a Nairobi en busca de trabajo. Cada año son docenas de miles de africanos pobres y rurales los que tienen la misma idea, por lo que la competencia en este trabajo es muy fuerte.«Yo tenía tres hijos que alimentar», explica Salomé sentada en la oficina, como ella llama jocosamente a su cama baja. «Necesitaba dinero, y este trabajo es lo mejor que pude conseguir».
Lúgubre y húmeda, su chabola es de una sola habitación, sin electricidad, agua corriente o mobiliario, aparte de las dos camas. Cocina en un pequeño hornillo de queroseno, y su único lujo es una radio portátil.
Hace 10 años intentó ganarse la vida en un puesto de zapatos en el mercado, pero sus ganancias alcanzaban apenas un cuarto de lo que la prostitución le proporcionaba, así que volvió a su antiguo oficio. Aún así, se considera toda una afortunada.De las 20 mujeres más o menos que se unieron al proyecto, se cree que ella es la única que queda con vida. Desde aquellos años, se han descubierto otros grupos de inmunidad al sida en el mundo. La incidencia en la población general podría elevarse hasta un cinco por ciento, pero ninguna de esas personas ofrece un potencial de estudio tan espectacular como las prostitutas keniatas. «Lo que resulta asombroso en estas mujeres es que se encuentran en exposición permanente al virus. Una persona con una vida normal en Canadá, Inglaterra o cualquier otro país puede mostrar la misma resistencia, pero es mucho menos probable que corra el riesgo de contraer la enfermedad. Aquí presenciamos la inmunidad en plena acción».
Mientras que la fascinación de los científicos resulta comprensible, la exposición continuada y extensa de estas mujeres al virus ha dado lugar a acusaciones de explotación. Entre las personas que expresan sus reservas al respecto se encuentra la doctora Ngugi. «El objetivo es luchar contra el sida, y podríamos empezar por sacar a estas mujeres de su trabajo de explotación sexual; hay que preguntarse qué beneficios obtienen». La respuesta del doctor Gelmon es directa: «Francamente, el beneficio es que se mantienen sanas y con vida. Les proporcionamos una asistencia médica que de otra forma no tendrían. No podemos sacarlas de la prostitución, no somos consejeros sobre la vida que deberían llevar, ni podemos decirles lo que deben hacer en sus casas.La realidad es que así es como eligen vivir muchas de ellas.Está claro que para nosotros existe un elemento de utilidad, pero se trata de una ventaja compartida». Lo que plantea la pregunta de adónde lleva tal utilidad.
# Vacuna experimental
Por todo el trabajo que han realizado, ni un solo miembro del equipo canadiense cree que la vacuna eficaz se encuentre a la vuelta de la esquina. Hace cinco años, un equipo de inmunólogos de la Universidad de Oxford creó una vacuna experimental basada en las investigaciones de Nairobi, pero los resultados fueron tan decepcionantes que terminó por abandonarse el proyecto.
«La esperanza es que podríamos crear una vacuna que imitara lo que el cuerpo de estas mujeres realiza por naturaleza propia», explica el profesor Andrew McMichael, director de investigación médica e inmunología humana de la universidad. «Pero es probable que se dé una mezcla de varios factores, incluyendo la configuración genética, y puede que incluso un elemento de suerte, por lo que es muy difícil crear una réplica de las condiciones.» Ya se han gastado millones de dólares en busca del secreto de Salomé, más dinero del que la totalidad de la andrajosa población de Majengo podría imaginar en su vida entre fétidos callejones. Aquí, el sida es una más de sus aflicciones, amontonada entre otras penalidades que muchos padecen. Si en este poco probable laboratorio humano hubiese una cura milagrosa, por desgracia ya sería demasiado tarde para miles de personas infectadas.
«Cada día me entero de que otras personas que conozco están infectadas», dice Salomé. «A veces me siento culpable de estar viva, así que me alegra mucho poder ayudar». Entretanto, la investigación sigue adelante. «Mi opinión personal», añade el doctor Plummer, «es que la investigación conducirá a una vacuna. No sé cuando. Como dicen algunos, es difícil realizar predicciones de este tipo, sobre todo futuras».