Resulta que ninguno de los seis condenados quedaron satisfechos con la sentencia de la Audiencia Provincial y decidieron apelar.
Pedro J. espera una condena para Rafael Vera, a quien considera el instigador del "video sexual" "como venganza por la línea editorial de El Mundo y resaltará la necesidad de endurecer las condenas de los seis implicados.
Una vez expuestos los argumentos de cada una de las partes en el día de hoy, los cinco magistrados del Tribunal Supremo encargados del caso deberán dictar sentencia en 20 días, plazo que no suele cumplirse. Dicha sentencia no da lugar a un nuevo juicio, sino que en ella directamente se dice si la han admitido o no, y qué han decidido los magistrados al respecto.
# "La verdad" de Pedro J.
Siete años después de la grabación y difusión de imágenes de contenido sexual sobre su persona, Pedro J. Ramírez publicó un libro titulado "El Desquite" en el que relata su pormenorizada visión de los años 1996-2000 en España con el vídeo como hilo conductor.
A continuación, extractos de El Desquite publicados por Periodista Digital:
"Emilio [Rodríguez Menéndez] dice que hay un vídeo con una prostituta negra en el que apareces realizando todo tipo de prácticas sexuales. [Alfonso Rodrigo, director general del Ya, a Pedrojota, en la cafetería del Hotel Villamagna] (Pág. 203)
¡Un vídeo sexual! No podía creer lo que escuchaba. (…) En un instante traté de repasar mentalmente todas mis relaciones a lo largo de un montón de años. Yo no había estado nunca con una prostituta negra. Con alguna mujer de color, sí; incluso con una en particular no hacía muchos meses. Pero no tenía látigo… o al menos yo juraría que no lo tenía. Bueno, tal vez entre las bromas de aquel día, con la sorpresa del juego que me tenía preparado Emma… Por un lado intentaba centrar la hipótesis de que tal grabación pudiera existir; pero simplemente me parecía inverosímil. (Pág. 204)
Volví a casa sumido en una pesadilla. ¿Sería cierto o falso lo del vídeo? (Pág. 205)
–José María González Sánchez-Cantalejo (…) me enseña dos vídeos: uno en el que se ve a una persona con una señora de color (…). Me dice que él mismo lo ha grabado con una súper 8 desde dentro de un armario y me enseña el otro vídeo, que muestra cómo hicieron una agujeros con una taladradora y los taparon luego con una máscara africana a través de la que filmaron todo lo que ocurría en ese apartamento de Sor Ángela de la Cruz. [Rafael Navas, director de la revista Dinero, a Pedrojota en su despacho de El Mundo] (Pág. 206)
Las últimas dudas que yo tenía sobre lo que podía haber ocurrido se disiparon cuando escuché la dirección. Sor Ángela de la Cruz. ¡Maldita sea! Había caído en la trampa más infame y estúpida que pudiera imaginarme. Todo encajaba con una peripecia tonta y algo sórdida que hacía ya unos meses había borrado de mi memoria con la conciencia de que jamás sería un lance del que alardear, pero sin la menor sospecha de que durante varios años se enredaría muy desagradablemente en mi vida. (Pág. 207)
Tan pronto como toqué el timbre de su domicilio me di cuenta, sin embargo, de que se trataba de algo muy distinto. Lo que Emma –ataviada ya con una ropa interior muy agresiva en la que no faltaba algún detalle de cuero– pretendía enseñarme no tenía nada que ver con la política y estaba bastante a la vista. Bueno, sólo a medias, porque entre sus insunuaciones, sonrisas y balbuceos fui dándome cuenta de que lo que me proponía era una especie de juego de disfraces en el que se invirtieran los roles habituales de la guerra de los sexos. En cuanto me llevó a su dormitorio vi que el atrezzo, presidido por un pene de plástico de ciertas dimensiones, también estaba desplegado. Me sirvió una copa y yo la dejé hacer. Siempre he tenido una actitud liberal hacia las relaciones y variaciones sexuales. Si hubiera sabido lo que iba a proponerme, probablemente no hubiera acudido, pero una vez que estaba allí… Bien, ¿por qué no?;
Cuando ella empezó la ronda de lo que espíritus más pacatos catalogarían como perversiones, yo no sentí la menor incomodidad en participar. Tuve sensaciones extrañas –una mezcla de mareo y jaqueca– que se acentuaron al llegar a casa y se convirtieron en un extraño dolor de cabeza a la mañana siguiente. Desde luego no era para estar orgulloso de lo sucedido, pero como de vez en cuando decimos los varones con el más genuino tic machista, en fin, siempre puede alegarse que en peores garitas hemos hecho guardia. (Págs. 208-209)
Apenas comenzó la reproducción me di cuenta de que sí que me importaba. No ya que lo vieran mis amigos y compañeros, sino cualquier otra persona. Efectivamente, todo lo relacionado con el sexo era una "tontería", pero hasta los individuos más liberados y con menos prejuicios éramos rehenes de un código de valores, de una forma de mirar a la que habíamos sido acostumbrados desde nuestra infancia. Y lo que se veía ahí, empezando por el enorme trasero oscuro de Emma y siguiendo por el mío, a merced de unos rudimentarios juegos de sex-shop, no iba precisamente a mejorar mi prestigio socia.
Entre tanto el sonido iba llenándose de jadeos y expresiones estúpidas propias del juego sexual. (...) Buuuf, qué desagradable, qué vergonzoso, qué humillante resultaba aquello. Qué cuesta arriba se me iba a hacer explicarlo. (...) De todos los coítos ridículos que políticos, jueces, banqueros, militares o periodistas habíamos consumado alguna vez en la vida, esos desalmados habían tenido que ir a grabar precisamente el más estrambótico de los míos. (Págs. 227-228)
Cada hora que pasaba y alguien más decía que también a él le había llegado, mi preocupación y mi depresión crecían. Era inevitable ya que el mío se convirtiera en el trasero masculino más conocido de todos los tiempos por los españoles o por lo menos por las élites política y mediática. ¡Maldita sea! Veinte años escribiendo artículos todos los domingos, diecisiete años dirigiendo periódicos con éxito, tantas grandes exclusivas, tantas revelaciones trascendentales, tanto supuesto poder, tanta influencia y tanta vaina, para que al final lo que vaya a contar es que un día te dejaste hacer filigranas por una negra. Perdón, por una chica de color. (Pág. 233)"