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VÍKTOR FRANKL

"Estoy aquí, estoy aquí, yo soy la vida, la vida eterna"

Jue, 21/02/2019 - 4:56pm
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Por Urgente24

Viktor Emil Frankl (1905-1997) fue un neurólogo y psiquiatra austriaco que nació en una familia judía. En 1944 él, su esposa, sus padres y su hermano fueron enviados a campos de concentración; cuando la guerra acabó, él era el único que seguía con vida. Frankl desarrolló su teoría y su terapia psicológicas a partir de sus experiencias como prisionero, si bien ya había empezado a crearlas con anterioridad. En 1959 publicó su libro clave, “El hombre en busca de sentido”, donde describió su modelo: la logoterapia. Según él, las personas siempre podemos dar un sentido a nuestras vidas, independientemente de las circunstancias en que nos encontremos; esta búsqueda de significado constituye la principal motivación vital. Además siempre tenemos un cierto grado de libertad, puesto que podemos decidir al menos qué actitud adoptamos ante la adversidad.

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Contenido

 

"El dolor y la tristeza son dos de los fenómenos más estudiados por la psicología, por una buena razón. Son muchos los senderos de la vida que parecen conducir hacia ellos, y cuando los experimentamos todo lo que sentimos y hacemos tiende a girar alrededor del hecho de que nos sentimos mal. En algunos casos, incluso, el desasosiego puede tener tanto poder sobre nosotros que nos impide disfrutar de la vida y puede jugar un importante papel en el suicidio. Es por eso que una vertiente de la psicología se ha volcado en el tratamiento de estos problemas, y se han ido desarrollando numerosas propuestas terapéuticas para paliar el sufrimiento.

Pero no todas estas terapias parten de unos supuestos filosóficos que pretendan abarcar todos los aspectos sobre cómo vivimos nuestra vida: algunas tienen como objetivo ser de utilidad en unos contextos muy concretos y no en otros y utilizan criterios de medición de resultados que pueden resultar demasiado rígidos. Es por eso que entre los partidarios de utilizar una psicología más basada en la filosofía que en las ciencias naturales se siente un gran respeto por Viktor Frankl, un psiquiatra vienés nacido a principios del siglo XX, construyó un enfoque terapéutico a partir de sus experiencias como superviviente en los campos de concentración del régimen nazi."
Adrián Triglia,
Psicología y Mente.
 

Aquí 2 fragmentos de “El hombre en busca de sentido”, de Víctor Frankl:

** El destino, un regalo

El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más difíciles— para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y ser poco más que un animal, tal como nos ha recordado la psicología del prisionero en un campo de concentración. Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si es merecedor de sus sufrimientos o no lo es.

No piensen que estas consideraciones son vanas o están muy alejadas de la vida real. Es verdad que sólo unas cuantas personas son capaces de alcanzar metas tan altas. De los prisioneros, solamente unos pocos conservaron su libertad sin menoscabo y consiguieron los méritos que les brindaba su sufrimiento, pero aunque sea sólo uno el ejemplo, es prueba suficiente de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarle por encima de su adverso sino. Y estos hombres no están únicamente en los campos de concentración. Por doquier, el hombre se enfrenta a su destino y tiene siempre oportunidad de conseguir algo por vía del sufrimiento. Piénsese en el destino de los enfermos, especialmente de los enfermos incurables. En una ocasión, leí la carta escrita por un joven inválido, en la que a un amigo le decía que acababa de saber que no viviría mucho tiempo y que ni siquiera una operación podría aliviarle su sufrimiento.

Continuaba su carta diciendo que se acordaba de haber visto una película sobre un hombre que esperaba su muerte con valor y dignidad. Aquel muchacho pensó entonces que era una gran victoria enfrentarse de este modo a la muerte y ahora —escribía— el destino le brindaba a él una oportunidad similar.

Los que hace unos años vimos la película Resurrección —según la novela de Tolstoi— no hubiéramos pensado nunca en un primer momento que en ella se daban cita grandes destinos y grandes hombres. En nuestro mundo no se daban tales situaciones por lo que no había nunca oportunidad de alcanzar tamaña grandeza...

Al salir del cine fuimos al café más próximo, y, junto a una taza de café y un bocadillo, nos olvidamos de los extraños pensamientos metafísicos que por un momento habían cruzado por nuestras mentes. Pero cuando también nosotros nos vimos confrontados con un destino más grande e hicimos frente a la decisión de superarlo con igual grandeza espiritual, habíamos olvidado ya nuestras resoluciones juveniles, tan lejanas, y no dimos la talla.

Quizás para algunos de nosotros llegue un día en que veamos otra vez aquella película u otra análoga. Pero para entonces otras muchas películas habrán pasado simultáneamente ante nuestros ojos del alma; visiones de gentes que alcanzaron en sus vidas metas más altas de las que puede mostrar una película sentimental. Algunos detalles, de una muy especial e íntima grandeza humana, acuden a mi mente; como la muerte de aquella joven de la que yo fui testigo en un campo de concentración. Es una historia sencilla; tiene poco que contar, y tal vez pueda parecer invención, pero a mí me suena como un poema.

Esta joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de ello, cuando yo hablé con ella estaba muy animada.

"Estoy muy satisfecha de que el destino se haya cebado en mí con tanta fuerza", me dijo. "En mi vida anterior yo era una niña malcriada y no cumplía en serio con mis deberes espirituales."

Señalando a la ventana del barracón me dijo: "Aquel árbol es el único amigo que tengo en esta soledad." A través de la ventana podía ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama había dos brotes de capullos. "Muchas veces hablo con el árbol", me dijo.

Yo estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras.

¿Deliraba? ¿Sufría alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el árbol le contestaba.

"Sí" ¿Y qué le decía? Respondió: "Me dice: 'Estoy aquí, estoy aquí, yo soy la vida, la vida eterna."

Resurrección (1ra. parte)

 

** La pregunta por el sentido de la vida

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida, difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo que resulta completamente imposible definir el significado de la vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos especiosos. "Vida" no significa algo vago, sino algo muy real y concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay más que una única respuesta correcta al problema que la situación plantea.

Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha de reconoces el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga.

En cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no eran especulaciones muy alejadas de la realidad, eran los únicos pensamientos capaces de ayudarnos, de liberarnos de la desesperación, aun cuando no se vislumbrara ninguna oportunidad de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos pasado por la etapa de pedir a la vida un sentido, tal como el de alcanzar alguna meta mediante la creación activa de algo valioso.

Para nosotros el significado de la vida abarcaba círculos más amplios, como son los de la vida y la muerte y por este sentido es por el que luchábamos.