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¿Por qué no hay inversiones? Por la desKonfianza. ¿Y por qué no debería tener semejante temor el productor agropecuario?

por SUSANA MERLO
 
 
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Campo 2.0). Aunque intentar alguna forma de balance a esta altura del año resulte caer en un lugar común, es difícil abstraerse de un análisis aparentemente tan contradictorio.
 
¿Por qué hay tanto malestar en el sector agropecuario si los precios de los principales productos son relativamente altos y económicamente rentables en más de un caso?
 
Se pueden ensayar varias hipótesis aunque la más simple es la falta de  confianza que los productores tienen a esta altura en el Gobierno. Dicho de otra forma, después de 7,5 años de intervenciones, manoseos, destratos y, más de una vez, mentiras directas, la gente del campo no tiene ninguna confianza de que “el diablo no vuelva a meter la cola”.
 
Puesto en esos términos, es casi imposible disfrutar, por ejemplo, de los recompuestos precios ganaderos, artificialmente acotados durante más de 4 años, ya que se sospecha que en cualquier momento puede venir una nueva intervención comercial.
 
Otro elemento que aflora es la falta de transparencia de los mercados agrícolas, alterados desde el propio sector oficial, con cotizaciones recortadas, órdenes no escritas, oligopolios forzados, regulación/cierre de exportaciones vía no otorgamiento de permisos, etc. todo lo cual determina que, además de la disminución directa de ingresos que representan las retenciones, el campo esté percibiendo quitas adicionales en las cotizaciones que oscilan entre US$ 50 y US$ 100 por tonelada, dependiendo del producto y el momento.
 
Ese es el caso actual del trigo y también ya se perfila para el maíz. El girasol, acotado casi a su mínima expresión,  lo sufrió en otras campañas, mientras que la soja (que no tiene consumo interno y, aunque una buena parte se elabora localmente para aceite, este también es para exportación), es la única que “zafa”, ya que sólo se le descuenta el 35% de retenciones y luego la comercialización es relativamente libre.
 
Ahí también se entiende el porqué del avance avasallador del cultivo de esta oleaginosa en los últimos años, que desplazó alrededor de 10 millones de cabezas vacunas para el norte (además de los otros 8-10 millones que se perdieron en los últimos años), pero también a otros granos y rotaciones.
 
“La soja es lo más seguro”, se dice en el campo, y la alusión no se refiere a su resistencia al clima, a su rusticidad, o a su relativamente bajo costo de implantación, sino especialmente, a la baja tentación oficial por intervenir en su mercado.
 
Por supuesto que la “desconfianza” se agrega a los riesgos normales de la actividad como el de mercados, por el momento sin alertas a la vista, y el del clima que, contrariamente, ya tienen todas las luces amarillas prendidas.
 
Es que los pronósticos de “Niña”, es decir seca y calores excesivos, se comenzaron a cumplir desde noviembre y siguen acentuándose, lo que ya está provocando daños de distinta magnitud al punto que ya nadie habla, ni siquiera en el sector oficial, de los 100 millones de toneladas con que pensaban coronar la gestión Kirchner en el año de elecciones. 
 
Ahora los números ya son otros y los productores, mientras miran al cielo esperando lluvias que, además, calmen un poco los calores excesivos, comienzan a recalcular los ingresos que prevén menores a los esperados hasta hace apenas algunas semanas atrás.
 
Es decir, que la desconfianza, inestabilidad o inseguridad es a 2 puntas: por el lado climático, y por el lado del Gobierno, ya que sospechan que cualquier eventual achicamiento de la oferta va a disparar nuevas (aunque inútiles) intervenciones al comercio. Y hasta ni haría falta que se caiga la oferta ya que, por ejemplo, en el caso del trigo, cuya cosecha se espera superior a los cálculos iniciales, o sea, con excedentes de 8-9 millones de toneladas por sobre los requerimientos del mercado interno, igual el gobierno sigue digitando la plaza y provocando pérdidas millonarias a los productores.
 
Es que la cuotificación impuesta casi de hecho, al restringirse los permisos de exportación, determina que haya desaparecido la competencia pues nadie siente la necesidad de asegurarse la mercadería. Esta cartelización virtual del mercado, es como “cazar en el zoológico”, según se quejan los agricultores con bastante razón.

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