Cadáveres políticos que empujan al suicidio colectivo 

¿Y si el paisaje de estos días es solo una ficción alocada de la imaginación de Nicolás Maquiavelo, Benjamín Disraeli o Winston Churchill en la que la sociedad argenta le atribuye una excéntrica y bizarra perdurabilidad a los “zombies” que pueblan el cementerio político criollo? El autor ya ha escrito en Urgente24 con este seudónimo ya que su desempeño empresarial y universitario le limitaría el contenido.
viernes, 8 de enero de 2021 · 18:54

Un sinnúmero de indicios, percepciones y evidencias confirman que la Argentina es, también en lo político, un país extraño, extravagante e insólito. Lo que, ante los ojos extranjeros, se revela como una incógnita o, acaso, un banco de pruebas de procesos clínicamente experimentales y los argentinos, cobayos de ese laboratorio. 

Y, en cualquier caso, para algunos de sus habitantes, eso explica la fragilidad institucional que es hoy idiosincrasia nacional.

El primer dato, elocuente, es que la Nación argenta exhibe, con bastante impudicia, que los dos políticos que más pugnan, se contraponen y tienen a todos los medios profesionalizados pendientes de sus actos y silencios son también los que peor percepción acumulan en la sociedad por sobre todos los demás, son los más detestados y denigrados.

A ese cuadrilátero se han trepado Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri. Aunque tienen una flagrante y obsesiva coincidencia: destruir al anacrónico y enmohecido peronismo. Pero que ambos lo necesitan por altruistas razones proselitistas: votos.

Aún más, CFK, a pesar de tener en distintas encuestas una reputación más negativa que positiva, pretende conservar un hipotético 33% de votos del padrón electoral (realmente se ubica en 25%), aunque en realidad sus seguidores más fanáticos son apenas un modesto pero bullicioso 8%, según un sondeo realizado hace un par de años.

Peor todavía: desde el indudable fracaso en la gestión del gobierno de los dos “gallos de riña” de CFK y MM, siendo que ninguno es ni de izquierda ni de derecha (una categorización anacrónica, surgida del antiguo Parlamento británico), ambos aún batallan en la arena política, posiblemente a expensas de la coartada de la polarización que se descerrajan simbióticamente entre sí. Y que alimentan con toda clase de pullas e insultos más o menos altisonantes.

En fin, el país sigue pendiente de dos cadáveres políticos.

Con la complicidad de la sociedad que continúa embriagada y absorta otorgándoles una centralidad que realmente han perdido, lo que por sí mismo es otro fenómeno sociológico-político. Administra el cementerio político y le asigna a esos muertos-vivos una sobreexistencia que desemboca en el ridículo del proceso social. Y ellos, los actores de la grieta, sobreactuando una obra teatral de la decadencia, la miseria y la anomia.

Otro capítulo del dislate argentino se escenifica con Alberto Fernández, procurando demostrar un poder presidencial que ostensiblemente ha cedido a CFK, mediante la táctica del discurso diario pero, como su credibilidad sigue hundiéndose como la moneda gaucha, ya comenzó a producirse el efecto búmeran: la sociedad desconfía cada vez más de su palabra, devaluada hasta el ridículo por sus contradicciones casi cotidianas. 

El sondeo de la Universidad de San Andrés publicado por Urgente24, realizado entre el 15 y el 28 de diciembre de 2020, estableció que la insatisfacción con la marcha del país es del 76% y que la desaprobación conla gestión de AF trepaal 65%. La imagen de Alberto Fernández ya se ubica en el 34%, muy lejos del 68% que supo ostentar en el comienzo de la pandemia. La percepción es contundente: su credibilidad cayó por debajo de la de Martín Lousteau.

Queda en exhibición entonces un holograma que proclama y postula afirmaciones que en cualquier momento modificará, con el mismo énfasis que enarboló todo lo contrario.

Un entretenimiento político, paulatinamente menos visitado, consistía en especular y conjeturar diversas teorías, algunas conspirativas, sobre cómo un autoproclamado socialdemócrata devino, de un día para el otro, en peronista de ocasión que se propone ejercer como presidente del Partido Justicialista, y que no vacila en citar a Juan Domingo Perón con la convicción del converso. 

Al fin de cuentas, AF se presenta como un rebajado saltimbanqui ideológico, empleado de la Vicepresidente, porque carece de respaldo estructurado político (ni gobernadores ni intendentes del Gran Buenos Aires ni la vetusta CGT nunca pudieron organizar ese tinglado).

Para colmo, la nómina de cambios brutales de opinión presidencial es abundante (caso Nisman, reforma judicial, reforma jubilatoria, intervención en la economía, áspera relación con el campo en quien dijo que no venía a confrontar porque había aprendido de la Resolución 125, etcétera, etcétera) pero la más reciente esclarece aún más subordinación de AF a CFK: la Vicepresidente dijo a fin de año que debía revisarse el sistema de salud y en los primeros días de enero AF, de buenas a primeras, retrotrae un ajuste de precios para las prepagas y, a modo de defensa, el Primer Magistrado afirmó que “nadie controla nada y (esas empresas) solo piden aumentos”.

Otro cadáver político.

Pero mientras tanto en ciudad Gótica la aspiración de CFK de que Máximo Kirchner se constituya en heredero de la dinastía familiar K, un emporio decadente y políticamente insustancial, se desvanece en las encuestas que también lo entronizan entre los más detestados por la sociedad, con rangos de rechazo semejantes a su madre, AF y Macri, lo que justifica que imponga con toda prepotencia (nadie habla de elecciones internas) su intento por conducir el PJ bonaerense, para procurar controlar y traicionar a los intendentes que lo denigran.

Pasó a la historia el ensayo literario de Sergio Massa por presentar al empresariado a MK como un reluciente y prometedor nuevo líder de la moderación y con neta vocación capitalista, desde el instante en que la fallida «esperanza blanca» impuso la solidaridad obligatoria al propiciar el denominado y presunto “impuesto a la riqueza” (probablemente se judicializará y nadie lo pagará) y conseguir sancionar una ley que considera que todos los propietarios de campos incendiados son «prima facie» culpables de generar las llamas y, por carácter transitivo, sujetos de aplicación de sanciones.

Se suma otro cadáver político con alguna aspiración de dudosa permanencia.

El cementerio de “muertos vivos” (algunos de viveza mayúscula) transmuta de drama en tragedia una vez que se escarbe, hasta ahora, en las dos orillas de la “grieta política” argentina a la que se aferran los náufragos y sus escasas si no nulas perspectivas de que puedan ganar en 2023, aunque alguno obtenga unos votos más en la elección de medio término de este año.

Por la trinchera del “cristinismo”, versión mediocre y más autoritaria del avejentado kirchnerismo (justamente al que alguna vez AF fantaseó con reanimar y revivir), la radicalización populista, con pinceladas menores de una izquierda setentista tan  marketinera que hace pensar que detrás está Marcos Peña, determina que adoptarán soluciones ya fracasadas de control (de precios e inflación, bloqueo de exportaciones, de tarifas y salarios, con emisión fabulosa y déficit fiscal elevado, con devaluación del peso). El desenlace de esta “novelita menor” tiene todos los condimentos, por tanto, para concluir del mismo modo que CFK al perder irremisiblemente las elecciones en 2015.

La partitura de la oposición semeja estos días a un concierto dodecafónico desafinado. En un intento desesperado por retener una porción del poder que creyó tener, MM ejerce la necedad de evitar los sondeos, que retratan su extendido y perdurable descrédito social. Y  comete errores políticos, como el de constituirse en buscador de nexos con los aparentes dirigentes espontáneos de los banderazos, como si él fuera un dechado de credibilidad, con lo que el acercamiento podría resultar en un callejón sin salida y sin vínculo con el resto de la oposición. Para un desarrollista como MM, el ingreso del flanco liberal en el PRO, con el notorio fichaje de Ricardo López Murphy, puede ser un trago amargo para los que confiaron en que el MID había vuelto.

Y los restantes se distancian (de Emilio Monzó) o formulan acuerdos tácticos (con Lilita Carrió y su gente, quienes convocan difusas reminiscencias del intransigente Oscar Alende) pero exhiben (Larreta, Vidal, etcétera) una aparente estrategia para esconder su estrategia, como cuando en público sostienen que desprecian al 17% de los protagonistas de los banderazos (que MM intenta seducir) y que van detrás del 40% del peronismo. Un malabarismo oscurantista porque sin los de los banderazos nadie gana solo con sus votos partidarios.

En resumidas cuentas, Montescos y Capuletos tienen tantas fracturas internas -aunque ante los micrófonos ponderan cada cual la unidad, que no tienen- y amontonan (salvo Larreta, Vidal, Fernán Quirós) un rechazo enorme. En el friso turbio al estilo Goya, la Argentina se enfrenta, en los próximos años, a que, como en la tragedia romántica de Shakespeare, la intrincada trama de los amantes de la “grieta política” concluya en suicidio. 

A menos que sean sustituidos y esa grieta se disipe como un mal recuerdo.

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