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Tensa vigilia indígena contra Belo Monte y Dilma

Indígenas y pobladores tradicionales de la Amazonía reclaman al Parlamento brasileño contra la construcción de la gigantesca represa Belo Monte, impulsada por el gobierno y objetada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). La represa de Belo Monte es una central hidroeléctrica que se está construyendo en el río Xingú en el estado de Pará, Brasil. 

 
La capacidad instalada planeada para la represa será de 11.000 MW, la 2da. mayor hidroeléctrica brasileña (después de la gigantesca Itaipú de 14.000 MW), y la Nº3 del mundo detrás de Tres Gargantas (China), 11% de la potencia instalada de Brasil. 
La represa tiene un costo estimado de US$ 3.000 millones + US$ 2.500 millones la línea de transmisión de electricidad. 
 
Y es criticado por organizaciones ambientalistas, pues supone la inundación de 500 Km2 de terrenos agrícolas y bosques, impactando directamente el área indígena Paquiçamba, de la etnia Juruna. 

También se dice que para ser viable, la represa de Belo Monte necesitaría de otras represas aguas arriba para garantizar un año de flujo circulante de agua, lo que significaría la inundación de más bosques.
 
Por otra parte, se cree que el proyecto requerirá excavaciones equivalentes a la obra del canal de Panamá y que su construcción duplicará la población regional, con al menos 85.000 personas que llegarán buscando trabajo, originando más presión sobre la tierra, deforestación y demanda por servicios básicos, que ya son escasos.
 
Un primer proyecto de construcción de la represa de Belo Monte fue abandonada en la década de 1990, debido a protestas internacionales y nacionales.
 
Ahora, cientos de indios protestan en Brasilia, protestando contra proyectos del gobierno de Dilma Rousseff en la Amazonia que suponen graves dificultades para el habitat de los pueblos aborígenes.    
 
“No vamos a ceder, no dejaremos que construyan ninguna otra hidroeléctrica ni otros proyectos de infraestructura como grandes carreteras que violen la biodiversidad de nuestras tierras, eso es algo sagrado”, explicó el líder amazónico Marcos Aporina, representante de la Coordinación de Organizaciones Indígenas de la Amazonia Brasileña.    
 
Los indígenas de todo Brasil se reúnen desde hace ocho años en un campamento que imita una aldea tradicional, con carpas y barracas de plástico y ramas de palmera, en la principal avenida de la capital brasileña.       
 
Pese a las presiones, el gobierno de la presidente Dilma Rousseff ha reiterado que el proyecto no será paralizado ni revisado, pues es importante para garantizar la energía que requieren sus planes de desarrollo.    
 
En agosto de 2010 el entonces presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, había firmado la concesión pública para construir la polémica represa y ahora el gobierno de su sucesora, Rousseff, aprobó las obras previas.    
 
En tanto, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la Organización de Estados Americanos, informó a Brasil que el 01/04 tomó medidas cautelares a favor de comunidades indígenas que denunciaron al gobierno por la construcción de la usina de Belo Monte, en el Rio Xingú, estado amazónico de Pará.
 
La OEA fija entre las condiciones mínimas necesarias “realizar procesos de consulta, en cumplimiento de las obligaciones internacionales de Brasil, en el sentido de que la consulta sea previa, libre, informada, de buena fe, culturalmente adecuada, y con el objetivo de llegar a un acuerdo, en relación con cada una de las comunidades indígenas afectadas”.
 
El Gobierno brasileño respondió por medio de un comunicado de la Cancillería en el que tachó de "precipitada e injustificable" la orden de la CIDH, y sugirió que la OEA carece de competencia para opinar en este asunto.
 
"El Gobierno brasileño (...) recuerda que el carácter de tales sistemas (en referencia a la OEA y el CIDH) es subsidiario o complementario, razón por la cual su actuación solamente se legitima en la hipótesis de fallo de los recursos de la jurisdicción interna", afirmó el Ministerio de Relaciones Exteriores brasileño.
 
El proyecto es desarrollado por la compañía eléctrica estatal Eletronorte y gestionado por Gaia Energía, la división de renovables del Grupo Bertin. La minera Vale compró 9% en 2010.
 
"Los indígenas quieren que la presidenta, Dilma Rousseff, no venga con una obra de muerte. En la Amazonía está nuestra supervivencia, y ella está en la presidencia de Brasil para mantener a su pueblo vivo, no muerto", afirmó el líder indígena Josinei Arara, quien participó de una audiencia en la comisión de Derechos Humanos. "Vamos a luchar hasta el final contra esa obra", subrayó.
 
Antonia Melo, habitante del lugar donde será construida la hidroeléctrica, pidió al Parlamento garantizar "que el gobierno cumple el pedido de la -CIDH- de la OEA" de paralizar la obra hasta que los pueblos indígenas sean debidamente consultados.
 
"Estamos huérfanos de apoyo político y ustedes se dicen representantes del pueblo", dijo Melo, presidente de la organización Xingú Vivo.
 
El gobierno asegura por su parte que tiene en cuenta las cuestiones ambientales y sociales, y decidió avanzar en las obras, recientemente paralizadas por las lluvias.
 
El gobierno de Dilma Rousseff anunciaba que firmará dentro de poco la homologación (legalización) de 6 territorios indígenas, en un intento de convencer a los pueblos originarios.
 
A continuación reproducimos un artículo publicado en Americaeconomica.com:
 
Los movimientos indígenas de Brasil han elegido esta semana para mostrar su contrariedad con las políticas que llegan al Amazonas desde Brasilia. Su protesta no es injustificada. El pasado jueves 05/05 era el día elegido por el Parlamento brasileño para modificar el Código Forestal, una variación que, según los pueblos originarios, favorece la deforestación. El acuerdo no se produjo y el código, de momento, seguirá intacto. Sin embargo, las quejas van más allá. Reclaman la paralización de las grandes obras de infraestructuras que, como la central eléctrica de Belo Monte, buscan reducir el creciente déficit eléctrico del país.

El Código Forestal establece, desde 1965, las áreas protegidas en el país, principalmente la zona amazónica. La reforma, iniciativa del sector agropecuario, ansioso por ampliar la frontera agrícola, pone en juego el futuro equilibrio entre las selvas y la propia industria agraria. El proyecto, presentado por el diputado comunista Aldo Rebelo con el apoyo de la llamada “bancada ruralista”, un influyente sector político que protege los intereses de la industria agropecuaria, plantea la disminución de las áreas protegidas en beneficio del avance de las zonas cultivables.

Rebelo asegura que la ley actual hace inviable la masiva producción agrícola de Brasil, ya que obliga a los agricultores a proteger una cantidad extrema de bosques en sus propiedades: el 80% en el Amazonas y el 20% en el sur, además de márgenes de ríos y laderas montañosas. Es por esto que el diputado propone una flexibilización. Los beneficios económicos son estimables. El negocio agropecuario alcanzó exportaciones record en los últimos años, por unos US$ 80.000 millones en 2010.

Asimismo, Rebelo denuncia que más del 90% de las 5,2 millones de propiedades rurales del país incumplen el Código Forestal, ya que obliga a reforestar 62,5 millones de hectáreas a un costo de más de US$ 300.000 millones. Para los defensores de la reforma, ampliar el área cultivable es imprescindible en un momento histórico en que debe triplicarse la producción agrícola, y Brasil es uno de los principales graneros del planeta.

Los movimientos ecologistas están de acuerdo en que es necesario actualizar y mejorar la normativa, pero aseguran que para producir más alimentos no es necesario renunciar a la protección: bastaría con utilizar los 61 millones de hectáreas que, según las estimaciones de SOS Florestas, órgano que reúne a varias organizaciones ecologistas y de investigación ambiental, se destinan actualmente a la explotación ganadera de bajo rendimiento.

Según los científicos, la reforma no sólo tendría efectos ambientales, sino víctimas humanas: más cultivos y ocupaciones de los márgenes fluviales aumentarían la probabilidad de inundaciones, en un país donde este tipo de catástrofes se cobran la vida de centenares de personas cada año. Según el Ministerio de Medio Ambiente brasileño, más de un millón de personas fueron afectadas por algún tipo de desastre natural entre 2000 y 2007.

Y este argumento, el que incluye, además de la protección de la selva, el mantenimiento de unos modos ancestrales de vida, son los que han llevado a los indígenas del país a protestar esta semana contra otro de los males que, a su entender, les afecta, la construcción de grandes infraestructuras de utilidad para el común del país. El pasado jueves, ante el inicio de las discusiones de la reforma del código, los pobladores tradicionales hicieron un ruego al Parlamento brasileño.

Reclaman la paralización de la construcción de la gigantesca represa Belo Monte, impulsada por el gobierno y que ha cosechado las críticas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA. “Los indígenas quieren que la presidenta, Dilma Rousseff, no venga con una obra de muerte. En la Amazonía está nuestra supervivencia, y ella está en la presidencia de Brasil para mantener a su pueblo vivo, no muerto”, afirmó el líder indígena Josinei Arara, que participó de una audiencia en la comisión de Derechos Humanos.

Antonia Melo, habitante del lugar donde será construida la faraónica hidroeléctrica, en el rio Xingú del estado amazónico de Pará (noreste), pidió al Parlamento garantizar “que el gobierno cumple el pedido de la -CIDH- de la OEA” de paralizar la obra hasta que los pueblos indígenas sean debidamente consultados. “Estamos huérfanos de apoyo político y ustedes se dicen representantes del pueblo”, dijo Melo, presidente de la organización Xingú Vivo.

Con 11.200 MW de potencia (cerca de 11% de la capacidad instalada del país) y un costo de 11.000 millones de dólares, la represa está destinada a ser la tercera mayor del mundo. El gobierno asegura por su parte que tiene en cuenta las cuestiones ambientales y sociales, y ya dio señal verde al inicio de las obras, recientemente paralizadas por las lluvias. No parece sencillo que los indígenas logren paralizar un proyecto de tales dimensiones.

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