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"Zafen a los Kirchner y Moyano": Festival de zonceras en Verbitsky & Anguita

"Zafen a los Kirchner" parece ser la consigna de los periodistas kirchneristas. Y lo intentan, pero no pueden. Horacio Verbitsky y Eduardo Anguita terminan haciendo el ridículo. Por suerte hay opiniones maduras sobre la tragedia y sus consecuencias.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). Pongamos algunas cuestiones en claro.
1. Los Kirchner negociaron con la Confederación General del Trabajo (CGT) y por eso le negaron la personería gremial a la CTA (Central de Trabajadores Argentinos).
2. La Unión Ferroviaria es un sindicato de la CGT, que apoya a Hugo Moyano, líder de los transportistas. Moyano utilizó los votos de la Unidad Ferroviaria para ser elegido y reelegido como secretario general de la CGT.
3. La Unión Ferroviaria ha gozado de un rol protagónico en el sistema de ferrocarriles concesionados que defienden los Kirchner.
4. Los Kirchner han rechazado todos los intentos que sí avaló, en parte, la Justicia, de libertad de agremiación. También, a través de la Secretaría de Transporte de la Nación y de la Unidad de Gestión Operativa Ferriaviaria de Emergencia (UGOFE) ha avalado la contratación tercerizada ahora bajo la lupa.
5. José Pedraza es un sindicalista que integra el universo de burócratas sindicales con cobertura del kirchnerismo. Y sus enfoques y métodos no son diferentes de los de otros sindicalistas peronistas.
6. Tal como lo sostiene el Partido Obrero, los Kirchner dicen que no reprimen pero, en verdad, han ocurrido hechos de represión parapolicial/policial contra el no kirchnerismo de izquierda.
7. Hay un discurso de agitación permanente de parte de los Kirchner.
8. Fue una mentira y un bochorno intentar culpar a Eduardo Duhalde por el asesinato de Mariano Ferreyra.
9. Fue una ridiculez insister en que Alberto Trezza se encuentra detrás del asesinato de Ferreyra.
10. El kirchnerismo está desencajado con los acontecimientos que no supo/no pudo/no quiso impedir. Hugo Moyano se encuentra en similar situación.
Ahora, a algunos recortes periodistísticos.
Horacio Verbitsky, columnista político Nº1 del kirchnerismo político y coprotagonista de la violencia política de los años '70, ahora en la defensa del burócrata sindical Hugo Moyano:
"(...) Atentos a esa sensibilidad colectiva, los gobiernos de Néstor Kirchner y CFK adoptaron como uno de los rasgos centrales de su identidad la decisión de no reprimir la protesta en el espacio público, que los diferencia de todas las administraciones precedentes y de las ofertas electorales de quienes aspiran a sustituirlos.
En 2004, incluso, Kirchner despidió al jefe de la Policía Federal, al secretario de Seguridad Interior y al ministro de Justicia y Seguridad porque resistieron la directiva de que el personal policial dejara de portar armas letales ante manifestaciones.
En ese contexto era inevitable que el crimen de Barracas, en el que debe analizarse por qué las policías federal y bonaerense no impidieron la agresión, pasara a ocupar el centro de la disputa política y sindical.
La tragedia sucedió apenas una semana después del imponente acto de River Plate, en el que Hugo Moyano comprometió su apoyo electoral a Néstor o Cristina y descalificó al gobernador bonaerense Daniel Scioli, y de la decisión de la Coordinadora Interpatronal de boicotear la ley reglamentaria del artículo 14 bis de la Constitución, que dispone la participación de los trabajadores "en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección".
La fiscal Cristina Caamaño tomó declaraciones durante toda la noche del jueves y el viernes la jueza Susana López ordenó allanamientos y detenciones que esclarecerían por completo lo sucedido.
La batalla por la interpretación
Con una coherencia admirable los diarios y los políticos opositores señalaron una presunta responsabilidad del gobierno, con títulos como "cosecha de sangre desde el poder" o "Instrucciones para armar un polvorín", y referencias a los "discursos incendiarios" de "los Kirchner" que "crisparon al país fomentando antagonismos", a "la alianza del kirchnerismo con la CGT de Hugo Moyano" y al país que cayó "en manos de la mafia sindical".
Tan ostensible mistificación sólo se sostiene desde el prejuicio clasista contra los feos, sucios y malos.
En 2003, el sindicato de camioneros tenía 65.960 afiliados, hoy son l07.6l8. Esto no refleja sólo el crecimiento de la economía y del transporte por ruta, sino también el reencuadramiento de trabajadores que estaban afiliados a otros gremios, como la Federación de Comercio y Servicios.
El pase a Camioneros implicó una mejora salarial sustantiva: de $ 2.566 a $ 4.l35 mensuales en el gremio de los Moyano, con jubilación a los 55 años y semana laboral de 44 horas. Todo lo contrario ocurre con los tercerizados por las empresas ferroviarias, con la complicidad abierta de José Pedraza: las cooperativas truchas que los emplean, en varias de las cuales participan familiares de dirigentes del gremio, les pagan no más de $ 2.500 mensuales, cuando un ferroviario legal no cobra menos del doble.
La diferencia la paga el subsidio estatal y la embolsan los sindicalistas empresarios. Tampoco es pertinente la comparación del despeje de vías cortadas, que la Unión Ferroviaria admitió haber realizado en forma conjunta con la empresa y la policía, con las asambleas de camioneros en la puerta de los grandes diarios o siderúrgicas para reclamar que se terminara con la precarización laboral de parte de sus trabajadores.
Esos conflictos concluyeron en cuanto Clarín, La Nación y Siderar legalizaron la situación de esa parte del personal. ¿Es necesario precisar la diferencia entre una medida de fuerza sindical contra grandes empresas y el asesinato alevoso de trabajadores y/o militantes políticos que los acompañan? (...)".

Eduardo Anguita es otro sobreviviente de la violencia política de los años '70, hoy volcado, desde el periodismo a la defensa del kirchnerismo no peronista (Anguita comenzó en el periodismo en la agencia Télam, incorporado durante el menemismo, vale la pena recordarlo, y conociendo su pasado).
Anguita, desde el semanario que gerencia el kirchnerista Sergio Szpolski, Miradas Al Sur:
"(...) El principal sospechoso es Cristian Favale, alias el Tatuado, barrabrava de Defensa y Justicia, hombre reclutado por Alberto Trezza, quien fuera subsecretario de Transporte Ferroviario, Fluvial y Marítimo durante la presidencia de Eduardo Duhalde.
Favale, hasta el cierre de esta edición, se encontraba prófugo. Cabe aclarar que Favale forma parte de la llamada "Banda de Varela" que, en realidad, no sólo actúa para Defensa y Justicia –de Florencio Varela– sino también para Banfield, club en el que militan Trezza y Duhalde. La Banda de Varela estaba, originalmente, integrada por hinchas de Banfield que vivían en un barrio humilde cerca del cementerio y que luego fueron reubicados en Florencio Varela. Por relaciones del fútbol y la política, en esa localidad pudieron hacerse un lugar entre los barras de Defensa y Justicia. Cabe consignar que Carlos Portel, presidente de Banfield y miembro del entorno de Duhalde, es el protector de esa barra.
Varios medios se apresuraron a publicar fotos de Favale con, entre otros, los ministros de Economía, Amado Boudou, y de Educación, Alberto Sileoni, así como con la periodista Sandra Russo. Para desgracia de los medios que quieran escandalizar con ellas, vale la pena aclarar que fueron tomadas en el café La Puerto Rico, de Alsina y Defensa, el 9 de septiembre pasado durante una peña que se lleva a cabo todos los jueves y es de acceso público.
El presidente de Banfield Portel, el ex presidente Duhalde y su ex subsecretario de Transporte Ferroviario Trezza compraron el pase del futbolista Javier Zanetti del club Talleres de Remedios de Escalada para el Taladro hace dos décadas. Ahora, los tres aparecen vinculados a los autores materiales del crimen de Mariano. Curiosamente, Talleres surgió de los talleres ferroviarios de esa localidad.
Quienes trabajan en la investigación del caso se encuentran ante una cantidad de evidencias que revelan la sensación de impunidad de una trama que involucra tanto a Trezza como a los directivos de la Unión Ferroviaria –incluyendo a su secretario general, José Pedraza (ver nota de Pablo Galand)–, y a los directivos de la Ugofe en un asesinato destinado a escarmentar a trabajadores tercerizados que no cejaron en su protesta ante los despidos injustificados y un encuadre salarial desventajoso. Las desprolijidades del grupo asesino llegan al punto de haber mantenido conversaciones telefónicas entre sí altamente comprometedoras, tal como surge de escuchas ordenadas por la jueza López tras diferentes testimonios recogidos en el juzgado.
Uno de los casos flagrantes de la gente de Pedraza es Pablo Díaz, responsable del cuerpo de delegados de la UF en el Roca, quien estuvo en la patota que impidió a los manifestantes cortar las vías y luego los atacó. Hay fotos en el juzgado en las cuales Díaz está junto a personas sospechadas de ser los autores materiales del crimen.
Los hechos y sus explicaciones
Eduardo Montenegro, gerente de Relaciones Institucionales de Ugofe, declaró alegremente a los medios el miércoles por la tarde que la presencia de supuestos empleados ferroviarios en las vías del ex Roca en la Estación Avellaneda fue acordada por la empresa para evitar el corte de vías por parte de los trabajadores tercerizados despedidos. Esa confesión pone en evidencia que, en vez de dar parte a la Justicia respecto de lo que, a juicio patronal, podía constituir un posible delito federal, los ejecutivos del Roca prefirieron recurrir a una fuerza de choque que a las instituciones de la Nación.
Con tanta impunidad se teje la trama de vínculos entre jerarcas sindicales de la Unión Ferroviaria y los concesionarios que, el martes 19, desde la oficina de la Unión Ferroviaria en Constitución, se habría despachado un correo electrónico (algunos testigos agregan que también hubo un fax de igual tenor) a la oficina de Recursos Humanos de Ugofe con un insólito pedido: "La licencia de 120 empleados el miércoles 20 a efectos de participar en una actividad gremial en la Estación Avellaneda".
Los trabajadores tercerizados, que están organizados gremialmente y cuya cara visible es Diego Cardía, habían previsto cortar las vías al mediodía y enviaron correos electrónicos a varias redacciones y medios de prensa advirtiendo que esa medida la tomarían para reclamar por los despidos de unos 120 trabajadores que en la casi totalidad fueron marcados por los activistas de la Lista Verde de ferroviarios manejada por Pedraza.
El vínculo es casi burdo y constituye una prueba flagrante de los intereses político-empresariales-sindicales que llevaron al desguace del Estado en los noventa y que todavía perduran en muchos sectores de la vida nacional. (...)".

Basta de tantas tonterías y hay que buscar un poco de reflexión. 
Por eso, la columna de Rogelio Alaniz en el vespertino santafecino El Litoral:

"Al matón de antes hoy se le dice sindicalista",
Jorge Luis Borges.
 
         
Mariano Ferreyra no esperaba morir de un balazo en la calle.
          
Era un militante social, creía en sus ideas políticas y suponía que el compromiso incluía algún riesgo, pero no el de morir asesinado.
          
Se dice que a la muerte se la ve llegar en el instante último. Seguramente, Ferreyra la alcanzó a ver en ese breve segundo que tuvo de agonía mientras su amigo le rogaba que no cerrara los ojos. ¿Qué pensó, que recuerdos lo dominaron? Eso es algo que nunca lo sabremos, porque la muerte es la única experiencia que sólo se expresa a través del silencio.
 
La inmensa mayoría del país condenó la muerte de este muchacho. Una multitud se concentró en la Plaza de Mayo para protestar por el crimen. Ninguna de esas sinceras manifestaciones de congoja y de solidaridad con el muerto logrará devolverle la vida, pero el testimonio de que en la Argentina al asesinato político se lo repudia fue, una vez más, elocuente.
 
Los que tenemos algunos años recordamos que en otros tiempos se festejaba el crimen y hasta se hicieron campañas electorales insultando la memoria de los muertos y vivando a los asesinos. Entonces había muertos buenos y muertos malos, pero siempre había muertos. En ese jolgorio macabro, participaban amplias mayorías y el Estado se sumaba a la fiesta con sus sádicos y psicópatas a sueldo.
 
La Argentina que hoy vivimos no es la que más nos gusta, pero debemos admitir que algún aprendizaje hubo. Desde la presidente de la Nación hasta la más modesta agrupación estudiantil, todos condenaron la muerte de Ferreyra. Incluso, los burócratas sindicales más comprometidos con este crimen se vieron obligados a decir palabras de consuelo.
 
Objetivamente esto es bueno, pero no alcanza.
           
Es bueno que el asesinato sea condenado, pero hoy lo que se exige es que los asesinos vayan a la cárcel.

No sabemos quién mató a Ferreyra, pero sabemos que los disparos los hizo alguien que integraba el grupo de choque conchabado por la Unión Ferroviaria.
No sabemos quién fue el autor del disparo, pero el crimen huele a burocracia sindical peronista.
El matonaje sindical no es nuevo en la Argentina, tampoco son una novedad sus crímenes y la impunidad que disfrutan sus sicarios.
 
Muchas reformas ha habido en la Argentina desde 1983 a la fecha, pero las mafias sindicales se mantienen intactas.
            
Es más, en los últimos años han crecido alentadas por el poder oficial.

No creo que haya habido una orden puntual de matar a Ferreyra, pero sí creo que cuando estos dirigentes sindicales recurren a la canalla de la sociedad no les debe llamar la atención que alguno se aparte del libreto escrito. Sicarios y matones reclutados en el hampa, en los aguantaderos de los bajos fondos, entre la mano de obra desocupada de una policía venal y corrupta, no pueden hacer otra cosa que la que saben hacer.
 
A Ferreyra lo ultimó un balazo, pero básicamente fue la víctima de un clima, de un ambiente político donde todo se compra y se vende, pero lo más barato es la vida.
          
Puedo llegar a creer que Pedraza es inocente, que al enterarse de la muerte de Ferreyra se llevó las manos a la cabeza porque no ignora el precio político que puede llegar a pagar por culpa de la pulsión asesina de uno de sus matones, pero también me queda claro que quien vive en medio de la escoria inevitablemente se transforma en una escoria.
 
Creo en la sinceridad de la señora presidente cuando condena la muerte de Ferreyra, pero sus relaciones con los responsables de este crimen son demasiado evidentes como para creer que todo se arregla con una declaración de circunstancias.
           
El matonaje mafioso que responde a Pedraza no es diferente al que responde a Moyano y a la mayoría de los caciques sindicales que estuvieron presentes el viernes pasado en la cancha de River y aplaudieron a una presidente que lucía la camiseta de la Juventud Sindical Peronista.
           
Nadie debería haberse sorprendido. Una tradición histórica, una ideología política, una manera de concebir el ejercicio del poder los une. En esta rosca infame, no están comprometidos todos los peronistas, pero está claro que la marca en el orillo de esa rosca se llama peronismo.
 
Tampoco se pueden derramar lágrimas sinceras por la violencia desatada cuando todos los días desde la máxima autoridad política pronuncian palabras agraviantes y descalificadoras.
           
En la sociedad política y entre las clases medias, las tensiones por el momento son verbales, no van más allá de imputaciones más o menos duras, pero entre las clases populares -y sobre todo en el universo político que organiza a las clases populares- la violencia se multiplica.

La responsabilidad también incluye a una izquierda que supone que todo le está permitido hasta que se encuentra con quienes suponen lo mismo, pero además están armados y decididos a matar.
          
El Partido Obrero y Quebracho -entre otros- se han distinguido en los últimos años por atropellar instituciones y suponer que los conflictos se resuelven en la calle.
           
Mientras estas andanzas las perpetren contra consejeros universitarios, docentes o funcionarios políticos no habrá de qué lamentarse, pero la situación se complica cuando esa izquierda se las tiene que ver con una derecha violenta que también razona en esos términos.
 
Los militantes de Quebracho y Polo Obrero estaban decididos a cortar ramales ferroviales con la misma impunidad con que tomaban un colegio, destrozaban las instalaciones de una facultad o cortaban las calles. La diferencia es que en este caso se encontraron con el rostro real del enemigo. Allí estaban.
          
Como en la película italiana, son sucios, feos y malos y, además, odian con pasión instintiva a "zurdos, intelectuales y niños bien".
          
No han leído un libro para saber qué significa ser de izquierda, no saben qué proponen y tampoco les interesa saberlo, pero los odian, es algo visceral que los enerva, como si olieran sangre.
           
Este matonaje no actúa en nombre de ninguna ideología política, puede que a veces lo hagan por un puñado de pesos, pero en todos los casos lo hacen con alegría, con pasión salvaje. No es la política la que los moviliza, no creen en nada ni en nadie, pero si a alguna identidad política responden es al peronismo.
 
La izquierda ahora ha aprendido que cierta derecha como sinónimo de barbarie, prepotencia y muerte, existe.
          
Hace tiempo que la viene buscando y la encontraron.
          
Desde ya advierto que puede llegar a ser más dura y más salvaje.
 
Los dirigentes de izquierda se quejan porque la policía no intervino. ¿Qué esperaban? ¿Que los defendieran? ¿Por qué "el aparato represivo del capitalismo" iba a hacerlo? ¿No es acaso una contradicción que revolucionarios sociales que nunca han respetado las instituciones se quejen porque la policía no los defiende?
 
"Ferreyra ha ingresado en la puerta grande de los mártires", dijo un compañero de su partido. Con todo respeto, lo hubiera preferido vivo. Su modesta, única e intransferible vida valía más que todos los martirologios y banderas de lucha. Curiosa deuda ideológica de una izquierda laica y atea a la religión en su variante más alienada y fanática.
          
"Algunos buscaban un muerto", dijo la presidente. ¿Quiénes? ¿Sus amigos sindicalistas? ¿Duhalde? ¿O la izquierda?
            
No se puede hacer una imputación tan grave y no dar nombres.
            
No comparto las teorías conspirativas, pero no ignoro que en ese campo, al peronismo le gusta jugar al carnaval con nafta.
             
Por el lado de la izquierda, no creo que quieran recolectar muertos, pero no se me escapa que para militantes forjados en ideologías rígidas, los muertos justifican sus presunciones más sombrías respecto del capitalismo y, además, tienen la dudosa virtud de agudizar las contradicciones.
             
Los luchadores sociales han pagado un precio muy alto por creer en la teoría de la agudización de las contradicciones.
              
En 1976, los Montoneros y el PRT alentaban la llegada de los militares, no porque amaran a Videla sino porque suponían que para el pueblo iba a quedar en claro quiénes eran los verdaderos enemigos. Los resultados estuvieron a la vista.
             
Al "pueblo" lo único que le quedó en claro fue el miedo y la indiferencia, o las dos cosas juntas. Por su parte, los militares salieron a la calle e iniciaron la cacería salvaje que conocemos. Efectivamente, las contradicciones se agudizaron, pero de la peor manera.
 
También entonces parecía haber quedado en claro que, efectivamente, la derecha cuando se pone furiosa es temible. Se suponía que después de lo ocurrido en 1976 nadie desde la izquierda iba a subestimar las libertades "formales" de las democracias burguesas.
           
Es lo que se suponía, pero ya se sabe que el hombre es el único animal capacitado para tropezar dos o tres veces con la misma piedra.
 
Ninguna de esas manifestaciones de congoja y de solidaridad con el muerto logrará devolverle la vida, pero el testimonio de que en la Argentina al asesinato político se lo repudia fue elocuente.

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